domingo, 19 de marzo de 2017

No es el mundo cristiano el que se derrumba

El liberalismo individualista y ecléctico, radical y doctrinario, fué indudablemente durante gran parte del siglo, y aún lo es para algunos espíritus rezagados, el supremo ideal que pugnaba por entronizarse en los pueblos, y que explicaba con sus contiendas la convulsión de la sociedad moderna, período angustiosísimo que terminaría de un modo feliz cuando las nuevas ideas hubiesen pasado de los espíritus a los hechos y gracias a ellas Cristo bajase del altar para ceder el puesto a la razón emancipada del yugo de su Cruz.

 Mas sucedió al revés precisamente de lo que esperaban los modernos redentores de la Humanidad. El mundo por ellos combatido cayó al suelo en el orden político, manteniéndose firme en el social, a pesar de las violentas acometidas y de los sacudimientos con que trataron de remover sus cimientos seculares. En cambio, la nueva creación revolucionaria, dando muestras de la consistencia y solidez del principio racionalista que le sirvió de pedestal, no ha llegado a celebrar el primer centenario sin que ya aparezca cuarteada toda la fábrica, agrietados los muros y próxima a derrumbarse con estrépito, a pesar de haber empleado la mayor parte del tiempo, no en añadirle nuevas dependencias, sino en revocar la fachada y poner al edificio andamiaje, a fin de que pudiese prolongar su mísera existencia, retardando lo más posible el descrédito de los arquitectos. Todo fué en vano. El edificio político y económico ahí está arruinándose, como todos los edificios, por la techumbre, que es lo primero que se deteriora y destruye.

¡Cosa verdaderamente notable! La revolución política termina su evolución precisamente en el momento en que empieza a cundir por todas partes su descrédito. Diríase que Dios esperaba que los obreros de la nueva babel lanzasen el primer grito de júbilo al ver lo adelantado de su obra, para castigar su soberbia mostrándoles lo estéril y miserable de la empresa de que se enorgullecían.

Libertad de pensamiento y de palabra contra el deber de absoluta dependencia que liga al hombre con Dios; soberanía individual y colectiva contra la natural subordinación del súbdito a la autoridad legítima; libertad económica contra la relación de caridad y de justicia que liga a los fuertes y poderosos con los débiles y pobres; todas las libertades revolucionarias están ahí de cuerpo presente, demostrándonos con sus desastrosos efectos la aberración del principio que las alimenta.

 La lucha de sectas, escuelas y partidos, desgarrando los espíritus y encendiendo la guerra en la inteligencias y en los corazones; la serie interminable de oligarquías que con nombres diversos hacen pasar su voluntad tiránica por la que se suponía que había de brotar de la masa social, y, por último, la muchedumbre obrera, que dice a sus libertadores que le devuelvan la antigua reglamentación, porque tanta libertad liberal la ahoga con la argolla de la miseria; todo esto constituye el gran proceso de la revolución se forma, dándose la muerte con la piqueta con que se había propuesto no dejar en su sitio una sola piedra del antiguo alcázar, cuya belleza y majestad ni siquiera quiso comprender.

No es, por lo tanto, el mundo cristiano el que se derrumba para que sobre sus escombros se alce el paganismo restaurado.

La idea católica, a pesar de todas las propagandas revolucionarias, sigue siendo la savia de que todavía reciben las naciones la vida que les resta. Si ha perdido su influjo en los Estados, aún conserva la divina virtualidad para volver a ejercerla en tiempo no lejano con la misma eficacia de otros siglos. Lo que cae y se desmorona es el edificio liberal, apenas levantado.

Un nuevo orden social y económico, que en todo lo que encierra de bueno es la reproducción del antiguo régimen cristiano, y que en todo lo que encierra lo malo, que es mucho, es la exageración del principio liberal, cuyos efectos trata de evitar, es lo que ahora se levanta. La revolución liberal política desaparece, y se va a comenzar la social. Su triunfo será más efímero que la primera, pero no lo será la enseñanza que la sociedad deducirá de la catástrofe, porque el día en que se plantee la última consecuencia social de la revolución será el primer día de la verdadera restauración cristiana de la sociedad.

En la nueva lucha, los liberalismos individualistas y eclécticos serán apartados por los combatientes con desprecio, para que ambos adversarios puedan dirimir sin estorbos enojosos la suprema cuestión. Y es preciso estar ciegos para no ver que los nuevos y únicos contendientes serán el verdadero socialismo católico de la Iglesia, que proclama la esclavitud voluntaria de la caridad y el sacrificio, y el socialismo ateo de la Revolución, que afirma la esclavitud por la fuerza y la tiranía del Dios Estado.

Juan Vázquez de Mella, "La batalla que se aproxima" (El Correo Español, 9 de mayo de 1891).

jueves, 23 de febrero de 2017

Juan Sáenz-Díez, ejemplo de lealtad

Juan Sáenz-Díez fue un carlista gallego que nació en el seno de una familia que era propietaria del Banco Simeón, del que pronto se vería vinculado en un puesto directivo. Golpeado por el Crac de la Bolsa de 1929 de Nueva York, que presenció en vivo y en directo ya que, vivió unos cuantos años en Estados Unidos; aprovechó para conocer, de manera complementaria, el funcionamiento de la prensa norteamericana para fundar un periódico en España. Posteriormente, ya en la década de los años 30, se dedicaría al negocio de la fabricación de bombillas, siendo también presidente de "Coloniales Sáenz-Díez S.A", sociedad dedicada a artículos coloniales y ultramarinos.

Ya en los años 60 dirigió "Almacenes Simeón" y, en general, estuvo muy implicado en la empresa familiar del grupo Simeón. Con ello, contribuiría generosamente a la financiación de la Causa en su probadísima lealtad que a continuación se detalla. 


Durante la Cruzada Nacional de 1936, Sáenz-Díez formó parte de la Junta Nacional Carlista de Guerra, siendo su delegado de Intendencia. Pero, en febrero de 1937, a dos meses del fatídico Decreto de Unificación y oliéndose la artimaña militar y de los posibilistas de turno para liquidar una posible restauración legitimista, participó en la asamblea carlista de Portugal en la que se acordó que era necesario «afirmar nuestra personalidad (la del carlismo) ante el Poder Público, con todo nuestro contenido y con el acuerdo de que así hemos venido a la campaña». 

Ganada la Guerra, Sáenz-Díez fue uno de los firmantes de la Manifestación de los Ideales Tradicionalistas, que reclamaba la restauración de la monarquía tradicional. Después formó parte de la Junta Auxiliar del tradicionalismo, organización sustituta de la Junta de Guerra, fiel al jefe delegado Fal Conde y contraria al Decreto de Unificación, que en 1942 llegó a calificar al régimen franquista de «intruso y usurpador», acusándolo de haber «llevado el desgobierno y el malestar a todos los órdenes de la Administración pública y de la vida nacional». Coincidiendo con el declive del fascismo en Europa, la Junta reivindicaba la autoría del Alzamiento Nacional frente un régimen que, «contra toda razón y todo derecho, se ha impuesto bastardeando y contrariando los móviles que llevaron a derramar su sangre y a sufrir sacrificios de toda clase a tantos y tantos españoles». Ya en el verano de 1943 Sáenz-Díez fue también partícipe y firmante del manifiesto carlista Reclamación de poder, que reclamaba la restauración de la monarquía legítima y fue entregado por el General Vigón a Franco, quien haría caso omiso del documento.

Aprovechando sus conocimientos periodísticos y de prensa por su estancia en EE.UU, compró en 1936 El Correo Gallego y, en 1952, compró a título personal el diario madrileño Informaciones, el cuál terminó poniendo a disposición de la Comunión Tradicionalista. Tras la adquisición, según Manuel de Santa Cruz, «el periódico —sin ser portavoz oficial de la Comunión Tradicionalista— defendía y propugnaba en la medida legalmente posible las orientaciones carlistas». 

Habiendo cesado Manuel Fal Conde como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista en 1955, Sáenz-Díez fue nombrado por el rey legítimo Javier de Borbón Parma miembro de la nueva Secretaría Nacional de la Comunión, junto con José María Valiente, José Luis Zamanillo e Ignacio Hernando de Larramendi. Estuvo al frente de la comisión económica de la Comunión hasta ser destituido en el cargo en 1963 por Don Javier, tras oponerse, junto con otros dirigentes carlistas, a la nueva estrategia de la secretaría del príncipe Carlos Hugo.

Tomando parte de la estrategia de cierto sector del carlismo en aquellos años con la política colaboracionista, en 1967 se presentó sin éxito en La Coruña como candidato a procurador en Cortes en representación del tercio familiar, con una campaña que pedía el voto con el eslogan: «Vota a Juan Sáenz-Díez: Portavoz en Cortes de la Economía gallega. Defensor en ellas de los valores permanentes de la Patria. Servidor siempre de los principios espirituales».

Además de su labor política y empresarial, Sáenz-Díez fue uno de los redactores de la revista Misión, en la que también escribían otros escritores carlistas como Juan Peña Ibáñez, Máximo Palomar, Fernando Polo, Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, Agustín González de Amezúa y Manuel Senante.

Tras la expulsión de la familia Borbón Parma en 1968 por parte del gobierno, Sáenz-Díez manifestó su desacuerdo con la medida, así como con la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de rey. En una carta de diez folios escrita a Laureano López Rodó, fechada en 2 de mayo de 1969, afirmaba que Don Javier de Borbón Parma se había sumado, aún antes de su inicio, al Alzamiento del 18 de julio y ello le legitimaba para aspirar a la Corona.

Al producirse la división en el seno del carlismo a raíz de la expulsión de la familia Borbón Parma y los llamados Congresos del Pueblo Carlista (1970-1972), se le propuso en 1971 formar parte de la Hermandad de Antiguos Combatientes de Tercios de Requeté, organización opuesta a los Borbón-Parma, pero rehusó. No obstante, en 1972 escribió una carta a Don Javier, repudiando el programa revolucionario del recién creado "Partido Carlista" que lideraba el príncipe Carlos Hugo, sin embargo, en la misiva dejaba constancia de su lealtad a Don Javier, a quien consideraba ajeno a esa deriva y a los textos que se hacían circular en su nombre.

En 1975 fue uno de los firmantes de unas cartas a modo de ultimátum dirigidas al rey Don Javier y después a Carlos Hugo, en quien el rey acababa de abdicar por coacciones y amenazas. Al no recibir respuesta, participó en la reorganización de la Comunión Tradicionalista (1975) bajo el liderazgo de Sixto Enrique de Borbón, que nombró a Sáenz-Díez jefe delegado. Como tal, fue uno de los firmantes que la legalizaron como partido político en 1977, junto con Antonio María de Oriol, José Luis Zamanillo y José Arturo Márquez de Prado. En 1975 formó parte también de la directiva de la Hermandad Nacional de Antiguos Combatientes de Requetés presidida por el general Luis Ruiz Hernández, con el cargo de tesorero.

Como nuevo dirigente tradicionalista, Juan Sáenz-Díez fue colaborador del histórico periódico carlista El Pensamiento Navarro. En él publicó el 7 de enero de 1978 un artículo titulado Con escarnio para el pueblo navarro, en el que criticaba la decisión del Consejo de Ministros de aceptar un texto "preautonómico" para las tres provincias vascas y Navarra. No por oposición a una autonomía necesaria y reivindicada desde siempre en el "federalismo histórico" de la foralidad carlista, sino por rechazo a la artificialidad de las llamadas Comunidades Autónomas y por la absorción de Navarra por parte del nacionalismo vasco, como poco después ocurriría.

Finalmente, en 1984 Sáenz-Díez fue sustituido como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista por Carlos Cort y Pérez Caballero. 

Sáenz-Díez moriría en Madrid, un 12 de octubre (día de la Hispanidad) de 1990.

martes, 14 de febrero de 2017

El protestantismo como germen del liberalismo

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.



Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

Dice el P. Leonardo Castellani que la frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal es. “!Déjeme en paz!”…y continua “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre”.

Poder político y fuerzas económicas, siempre con la pretensión de que se “les deje en paz”, esa es la esencia del liberalismo, consagrada por la fractura teológica de la escisión entre naturaleza y gracia del luteranismo.

El mismo P. Castellani escribe: “El protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia en el siglo XVI gracias a los esfuerzos del Imperio Romano Germánico de Carlos V. Pero entró en esos países en el siglo XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo…El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso es lo que ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo”.

La ficción del catolicismo, es decir un catolicismo liberal, burgués que ha renunciado a su doctrina social, repetidamente enseñada por los Pontífices. Un catolicismo hueco, totalmente desnaturalizado y ajeno a su secular tradición. Un maridaje antinatural de catolicismo y liberalismo en el que muchos están empeñados, en su intento (condenado por los Papas) de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno.



El último episodio de este lamentable proceso es el llamado”modernismo católico”, que hoy infecta por todas partes a la Iglesia y a su teología. Intento de reducir al catolicismo a la esfera de lo privado, de la conciencia individual. Resultado final de la máxima liberal-católica “de una Iglesia libre en una sociedad libre”.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Vázquez de Mella: un gallego por afinidad, por afecto y por espiritualidad

En Madrid acaba de morir D. Juan Vázquez de Mella, ilustre hombre público, publicista, pensador, orador elucuentísimo. Por su gran modestia y por sus arraigadas creencias políticas no quiso ocupar ningún alto puesto. Sin embargo, en la consideración nacional estuvo siempre en la línea de nuestras primeras mentalidades.


Nació en Cangas de Onís, pero estudió carrera mayor en Santiago. En la biblioteca universitaria formó su espíritu y con el corazón puesto en Compostela vivió toda su vida. Por ésto, con motivo de su muerte, la prensa de aquella ciudad le ha consagrado mucho espacio, desenterrando interesantes episodios de su vida.

"Mella -dice un periódico compostelano- no había nacido en Galicia aunque muchos diccionarios enciclopédicos señalan esta su tierra como la de su nacimiento; pero era igual. Si la casualidad quiso llevarle a nacer en la región vecina, de donde su difunta madre era nativa, aquí vivió siempre, aquí se educó y de aquí se consideraba él. ¡Con qué fervor hablaba siempre de Santiago!, de sus primeros años de estudiante, de su infancia discurriendo por las calles compostelanas, de los días agitados en que bajo lo porches de la monumental Compostela discutía y libraba batallas académico-políticas, y de las horas de paz y sosiego, en la tranquilidad virgiliana transcurridos en su casa de Boimorto.


Como todo lo que se ama, también Galicia fue ingrata con Mella, pues cuando quiso representarla en Cortes, siendo ya una figura sobresaliente en la política española, le volvió la espalda. Fue en el año 1919, gobernaban los mauristas y al encasillar los diputados que habían de formar aquel Parlamento hecho a semejanza del ilustre Maura, con las organizaciones antiguas, señalaron a Santiago como lugar más adecuado para que Mella luchase con los antiguos dominadores del distrito.

Unos días antes de la elección, en vísperas ya de la fecha señalada para ella, Mella llegó a Santiago. Fuimos de los pocos que acudimos a recibirle, porque nos ligaba a él una antigua amistad. Nos preguntó nuestra impresión y sinceramente, claramente, casi brutalmente, la expusimos al amigo.

A pesar de todos los pesares, con todas las simpatías del Gobierno de entonces y todas las seguridades del ministro de Gobernación, que lo era D. Antonio Goicoechea, Mella salió derrotado. Sin embargo, Vázquez de Mella obtuvo la mayoría de los votos de Santiago. Alcanzó aquí 1495 votos mientras que su contrincante lograra 1229. Entonces, como siempre, quien dio el triunfo ha sido la población rural".

De entonces -dice el mismo periódico- conocemos un episodio que muchos ignorarán y que, sin embargo, tiene mucha gracia por tratarse de los personajes que se trataba. Un sacerdote del Ayuntamiento de Enfesta, que aún vive en el vecino distrito, hombre de arraigo en el país, era dueño de la votación de toda aquella parte. y se sabía que estaba, por razones de parentesco con personajes liberales de Santiago, del lado de éstos. Mella, que fue apercibido de eso, procuró atraerse al cura y hasta se valió del Obispo Auxiliar, su gran amigo, el señor Valbuena (q.D.h).

-Yo no haré nada, no me enteré de nada, decía como última promesa.
-Si votan por V., aún añadió, será porque sabían de mis compromisos anteriores y creerán darme gusto en ello; pero yo nada les diré para que lo hagan.
La votación de Enfesta fue favorable al contrincante del señor Mella y dio el triunfo al señor Cotarelo.
-¡Cuándo yo diga en Madrid, exclamaba luego, que he sido derrotado por un cura, no van a creerlo!".

Sus primeros pasos por la vida pública los dio Mella desde las columnas del periódico. Ya lo recordábamos ayer en una breve nota. Comenzó aquí con "Franco Leal" (Fernández Suárez) Jamardo Crisman, Tarrío, Caldelas, Gallego y Calvelo redactando "El Pensamiento Galaico". Luego fue a Madrid llamado para dirigir "El Correo Español", órgano de D. Carlos. Allí, con el maestro de periodistas D. Beningo Bolaños "Eneas", con el malogrado Cirici Ventalló que manejaba la sátira y el humorismo como pocos y sin bajar a la chabacanería, y con otros muchos compañeros, Mella escribía sus impresiones acerca de la vida política española, que eran tenidas en alto aprecio y constituían los grandes sucesos.


Aún después, cuando venía a Santiago con cualquier motivo y aquí se quedaba con propósito de estar unos días, que a lo mejor se convertía en meses, Mella no sabía pasarse sin acudir a las redacciones de los periódicos.

Recuerda un diario santiagués los grandes éxitos parlamentarios de Vázquez de Mella y dice que se hizo célebre la frase con que terminó uno de sus discursos: desgraciados los pueblos que son gobernados por mujeres y niños. Nosotros -es ahora VIDA GALLEGA quién habla- podemos evocar aquel discurso con la autoridad y la emoción de testigos presenciales.

Se debatía en el Congreso el desastre colonial, y las oposiciones batían fieramente al Gobierno de Sagasta. Presidía la cámara el marqués de la Vega de Armijo. Vázquez de Mella pronunciaba una oración llena de fuego y en lo más ardoroso de ella lanzó aquel famoso apóstrofe que se hizo célebre y que el periódico compostelano recuerda ahora.

Eladio de Lema (Faro de Vigo)
11 de marzo de 1928

martes, 31 de enero de 2017

Digitalizados un gran número de ejemplares del periódico "La Integridad"

Están disponibles en la Biblioteca Digital de Galicia (Galiciana) una gran cantidad de publicaciones del periódico carlista (integrista) "La Integridad" de Tuy. (Ir al enlace)

La Integridad fue una de las principales referencias de la prensa del tradicionalismo gallego en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. 

El carlismo en Galicia, que experimentó un "resurgimiento" tras la tercera guerra carlista, especialmente con la vertiente integrista del gallego Cándido Nocedal, vio su creciente influencia en la sociedad gallega con la aparición y difusión de prensa que se adhería al ideario contrarrevolucionario. 



Con un perfil esencialmente católico, en sintonía con el Partido Católico Nacional (más conocido como "Partido Integrista") de Cándido Nocedal y su hijo Ramón Nocedal, se caracterizó por publicaciones de gran calidad literaria que incluía otras secciones de interés además de lo puramente católico y político.

Tuvo mucha difusión, no solamente en la comarca del Bajo Miño, sino también en otras localidades gallegas, de la España peninsular e incluso de la España americana. 


El periódico se mantuvo operativo desde 1888 hasta 1925.



martes, 24 de enero de 2017

Crónica de los actos en recuerdo de Luis XVI en París

París, 22 enero 2017, Domingo III después de Epifanía; Santos Vicente y Anastasio, mártires. El 21 de enero de 1793, en la plaza parisina de Luis XV, hoy llamada engañosamente de la Concordia, la guillotina segaba la vida del rey Luis XVI de Francia. Al hacerlo, la Revolución iniciada en 1789, y que aún debía pasar pasar por distintas fases, simbolizaba también la ruptura con el orden sacral que el rey representaba.

Contando con la aprobación de su primo el Rey Don Jaime, en 1914 el entonces Príncipe Javier de Borbón Parma y Braganza (hijo del Duque Roberto, último reinante en Parma e Infante de España), fundaba el Mémorial de France à Saint-Denys (Memorial de Francia en San Dionisio, Saint-Denis) para garantizar el ofrecimiento de Misas perpetuas por el alma de los reyes Luis XVI y María Antonieta en la Basílica de San Dionisio, necrópolis de los Reyes de Francia, según lo dispuesto en 1815 por el rey Luis XVIII. Durante muchos años el propio Don Javier presidió habitualmente la Misa solemne ofrecida el día 21 de enero, como tras él siguió presidiéndolas su hijo Don Sixto Enrique de Borbón. El Duque de Bauffremont, junto a Don Javier y Don Sixto Enrique, se ocupó de la gestión de la Obra Pía a través de una asociación que hoy gestiona su hijo.

El pasado año 2016, durante la misa (Novus Ordo, contra lo que era habitual en estas celebraciones) el abate Augustin Pic, conocido progresista, dio lectura a una salutación del "Duque de Anjou", atribuyendo tal título a un ausente Luis Alfonso de Borbón (rectius Puigmoltó) y Martínez-Bordiú, lo que motivó que S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón abandonara el acto. El Duque de Bauffremont escribió los días siguientes una carta de excusa a Don Sixto Enrique; aunque no parece que la tal excusa fuera total ni sincera, a la vista de su comportamiento anterior y posterior. A tal punto que este año invitó al tal Luis Alfonso a presidir la Misa de San Dionisio. Don Sixto Enrique, lamentando el comportamiento de Bauffremont, y sintiéndolo mucho, prefirió no acudir este año. Al final la Misa en Saint-Denis volvió a celebrarse por el rito tradicional, abandonando los cambios del año pasado, pero se vio deslucida por una extraña presidencia de Luis Alfonso Martínez y su mujer venezolana (hija del banquero chavista Víctor Vargas, para quien Luis Alfonso trabaja); ésta lució larga melena suelta, en desprecio al rito tradicional romano que se celebraba. Fue una ceremonia seguida por no demasiada gente, a la que jóvenes legitimistas franceses entregaron copias de la carta de Bauffremont a Don Sixto Enrique y la respuesta de éste, dejando claros el proceder de unos y la precedencia de otros.

Por el contrario, Don Sixto Enrique presidió primeramente la tradicional conmemoración del martirio del Rey Luis XVI en la Plaza de Luis XV (de la Concordia), a la que llegó escoltado por una treintena de carlistas tocados con la correspondiente boina roja y con las banderas rojigualda y blanca con la cruz de Borgoña, desfilando desde la Plaza de la Magdalena entre la curiosidad de parisinos y turistas y la adhesión de los no pocos que los reconocieron. La concentración estaba convocada por France Royaliste; se veía también alguna bandera de la Alliance Royale. Por France Royaliste intervino Pierre Jeanthon. A continuación Don Sixto Enrique de Borbón pronunció unas vibrantes palabras en francés y en español; cerró el turno de intervinientes el reverendo Paul Aulagnier. La lectura del testamento del Rey Mártir y los cantos cerraron este acto de su CCXXIV aniversario.


Acto seguido, acompañado de nuevo por los leales carlistas españoles, el Abanderado de la Tradición se desplazó a la iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia, llena a rebosar de fieles, donde el reverendo señor don Eric Iborra celebró una solemne Misa de réquiem según el rito romano tradicional. Cantada por la magnífica Schola Sainte Cécile, que interpretó la Misa de Réquiem a cinco voces llamada "de los reyes de Francia", del maestro de la real capilla Eustache du Caurroy (1549-1609), cantada en Saint Denis en todos los funerales reales desde 1610 hasta la Revolución. Don Sixto Enrique ocupó el lugar de honor junto al catafalco; la escolta carlista (encabezada por el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, profesor José Miguel Gambra) fue situada en lugar destacado cerca de Su Alteza al inicio de la nave lateral y, al terminar la ceremonia, le hizo un pasillo entre los vítores de los asistentes. El entusiasmo fue tal que hubieron de cantar el Oriamendi a solicitud de un grupo de franceses asistentes.



Finalmente, en un simpático bistrot del Barrio Latino, tuvo lugar un almuerzo de hermandad de los carlistas con los jóvenes de la Acción Francesa Universitaria en torno del Señor, quien saludó personalmente a todos los asistentes. En resumen, en un día frío y soleado de invierno, un digno homenaje a Luis XVI a los 224 años de su martirio, y una calurosa celebración tradicionalista en torno del Príncipe que mejor representa la Causa de la Cristiandad y de la Monarquía: el Abanderado de la Tradición carlista y legitimista, Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset.

Tanto la víspera, el viernes 20, como la tarde del mismo sábado 21, Don Sixto Enrique se reunió con los miembros de su Secretaría Política desplazados a París al frente de la nutrida delegación carlista.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El Rey como vicario de Dios

1 - Concepto de “rey”: 

1.1 - Los dos elementos de este concepto. 

“Rey” tanto quiere decir como “regidor” [Part. II, 9]. Así define terminológicamente el concepto de “rey” la Partida Segunda. Y la BSF, en la “nota” de la ficha de esta página, apostilla que el rey “es el que rige el gobierno del reino”. Para hacernos con el montante conceptual de este término, sabemos ya que hemos de adentrarnos en esta página. De este modo nos percatarnos de que detrás de la definición hay una concepción sacralizada del nombre de “rey”. Definir qué significa “rey” será captar un nombre sagrado.

Dios no es llamado “rey de reyes” por una eventual extrapolación antropocéntrica que, en sentido ascendente, apelara a lo divino, sino que, antes al contrario, el concepto de rey proviene de arriba abajo. El rey, en sí, es Dios mismo. Ontológico-nominalmente, la realeza desciende de Dios sobre el hombre rey. Este concepto, pues, es sagrado. Dice así:

“...tomó el rey nombre de nuestro señor Dios, que así como es dicho rey sobre todos los reyes, por que de él han nombre, y los gobierna, y los mantiene en su lugar en la tierra para hacer justicia y derecho.” [Part. II, 9]


Son los reyes de la tierra quienes, por descenso metafórico, reciben la sacralidad del nombre. Sin embargo, la definición nos ha dicho ya algo más que nos pone sobre una nueva pista: Dios, a los reyes “los mantiene en su lugar en la tierra... ” Un nuevo elemento radical se suma a la sacralidad del nombre. El rey es el vicario de Dios sobre la tierra. Así, pues, hay, al menos, dos elementos:
1/-La sacralidad del término.
2/-El rey es el vicario de Dios en la tierra.

Ambos elementos se encuentran siempre entrelazados cuando el texto hace referencia a la esencia del nombre de “rey”. Otro ejemplo de esto es el siguiente:

“... como el nombre de rey es de Dios, y tiene su lugar en tierra para hacer justicia y derecho y merced.” [Part. II, 80]

Al nombre, que pertenece al propio Dios, le es anejo sustancialmente la virtualidad de la vicaría divina. El nombre es de Dios; su portador, también.

El término es un nombre de Dios sobre la tierra, de la misma manera que el hombre que lo detenta es el señor de Dios sobre la tierra.

1.2 - Tres competencias de este concepto.

Sabemos, entonces, que la sacralidad del nombre de rey tiene que ver profundamente con el lugar de Dios que ocupa en el mundo. Veremos ahora que el vicario de Dios despliega su quehacer mundano mediante el ejercicio de tres compentencias consustanciales. Éstas son: la competencia éticojurídica, la competencia ontológica y la competencia reguladora.

El texto clave al respecto dice así: Los reyes han de “guardar en justicia y en verdad a los de su señorío. ... Rey tanto quiere decir como regla, que ... así por el rey son conocidos los yerros y enmendados.” [Part. II, 9] [Subr. mío]

La figura del rey se contruye a imagen de la del Dios cristiano: Dios es justicia; Dios es verdad; Dios es ley. Paralelamente, el rey impone la justicia sobre los hombres, tanto como conoce la verdad e impone reglas a la convivencia naturalmente.

También parece claro que en las Partidas nos encontramos con un rey que ha de resolver las escisiones propias de la adecuación entre el ser y el deber-ser (justicia), la adecuación entre intellectus et res (verdad) y, por último, la adecuación entre el ser y la instancia ordenadora, pues, finalmente, compete al rey enmendar y castigar todo desajuste ético y veritativo que se produzca. Por formularlo del modo más sucinto: el rey imparte justicia, conoce y regula y castiga.

La eficacia de estas competencia ínsitas al concepto de rey no pueden ser aprehendidas sino sobre la base de su caracterización como vicario de Dios.

El rey ocupa el lugar de Dios sobre la tierra para impartir justicia. Aquí radica su legitimidad. Es el propio Dios quien hace de un hombre el señor natural sobre los hombres. La autoridad real proviene de una emanación divina. Los reyes “tienen lugar de Dios sobre la tierra para hacer justicia.” [Part. III, 202] Y porque Dios es justicia divina, también su vicario en la tierra ha de ser justo. El rey es el señor temporal que Dios pone, en su “nombre” sobre la tierra. [II, 80]. Por eso el pueblo, al respetarle, reverencia a Dios [Part. II, 103], y por eso también quien mata al rey, arrebata a Dios a su vicario [Part. II., 98] y se hace acreedor a la mayor condena del mismo modo que si atentara contra Dios.

Asimismo, la designación por la mano de Dios del rey alude ya a que su legitimidad es exclusiva y directamente de procedencia divina. El deber de amar y temer al rey es el deber de amar y temer a Dios, pues todo poder y toda autoridad proceden de Dios. [Part. II, 89]. La alusión y la influencia
aquí del pasaje de la Epístola a los romanos es decisiva. Dice san Pablo:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.” [Ad Rom., 13.1]

Si añadimos que “el emperador es vicario de Dios en el Imperio para hacer justicia en lo temporal, bien así como es el Papa en lo espiritual” [Part. II, 4] obtenemos una especie de división del poder que emana directamente de lo divino. El rey en su reino y el papa en su papado tienen delimitada su autoridad por el propio Dios que así ha repartido los deberes. Así, pues, de la concepción del rey como vicario de Dios no puede seguirse nunca la noción de la realeza como emanación del poder del papado. El “rey vicario de Dios” es una fórmula refractaria a toda intencionalidad censora en lo temporal por parte del papado. La autoridad del rey está garantizada siempre en la medida en que es Dios quien ha delegado en él directamente, sin mediaciones ulteriores. Como rezan los formalismos jurídicos, es “rey por la gracia de Dios” [Part. III, 204, 205] de un modo radical y sin fisuras.

Por último, hemos de hacer referencia a la definición del concepto de “rey: vicario de Cristo” que encontramos al menos en dos ocasiones en las Partidas y que, indirectamente, impregna el propio concepto de “rey: vicario de Dios”.

La designación del rey, no ya como vicario de Dios, sino de su propio Hijo, Jesucristo, no debe llevarnos a pensar que supone la entrada sin más de las categorías de la realeza cristocéntrica frente a su evolución teocéntrica. La comprensión del rey como vicario de Cristo en las Partidas es meramente sinonímica, y hace referencia a la competencia ontológica del rey sobre la verdad y su competencia reguladora. Jesucristo dijo: “Yo soy la verdad”. Por correspondencia directa, el rey no puede mentir ni dejarse llevar por palabras engañosas, pues se convertiría en sentido estricto en incompetente. Se ve, pues, que la figura del Hijo de Dios aquí se menta al servicio del concepto de “rey: vicario de Dios”

El modo indirecto en que la figura de Cristo sobrevuela el concepto de “rey: vicario de Dios”, se deja traslucir en la caracterización del rey como un juez que imparte justicia compasivamente, nunca de un modo vengativo. [Part. II, 30, 70] El Dios furibundo de los judíos hacía tiempo que había dado paso al Dios del amor de Jesucristo. El rey, como el Dios del amor, es inapelablemente justo, pero nunca vengativo, pues los criminales son sus hijos, como los pecadores lo son de Dios. Así, pues, el componente regulativo del “rey: vicario de Dios” hace de éste una figura paternal que impone el orden y la punición desde el amor, nunca desde el capricho despótico.


2 - Despliegue metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”:

Sobre la base de la metáfora orgánica cabeza/cuerpo, nos proponemos ahora apuntar, siquiera esquemáticamente, cuatro momentos del desarrollo metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”.

2.1 - Metáfora orgánica del linaje: Cabeza/cuerpo = Rey/linaje.

La cuestión de la traición es uno de los puntos más recurrentes en las Partidas. Encontramos un momento decisivo de esta cuestión, cuando el autor baraja la posibilidad de la alta traición que un familiar propio puede ejercer contra el rey. Se habla, entonces, de la condena al destierro del traidor en los términos de una amputación del cuerpo del rey.

“Que si el hombre hace cortar el miembro de su mismo cuerpo cuando es corrompido por que no le corrompa los otros, mucho más debe de sí alongar los parientes que le estorbasen manifiestamente, porque ellos ho hayan de hacer mal que deje su linaje mancillado, ni tomen los otros ejemplo para hacer otro tal.”[Part. II, 47]

El rey, aquí, aparece como la cabeza de su propio linaje, que haría las veces de su cuerpo. El cuerpo del rey es su linaje. Como consecuencia de la virtualidad de esta metáfora, el concepto político de castigo queda equidistante del concepto médico de curación. Castigo es curación como traición es enfermedad. El traidor es la parte enferma del linaje real que el rey ha de amputar antes de que se extienda el mal. Así, la propagación de la enfermedad física se corresponde con el proceso de extensión de la rebelión. La fórmula cortar por lo sano obtiene así una caracterización plástica radical.

Esta metáfora se ajusta a la competencia reguladora que las Partidas le han asignado al “rey: vicario de Dios”. En la medida en que el rey ajusta los procesos ético-jurídicos de adecuación (injusticia de la traición), percibe cuál es su deber regulador justo cuando capta el desajuste (la traición): el rey, en consecuencia, debe imponer un severo castigo que sirva a la salubridad del cuerpo de su propio linaje.

2.2 - Metáfora orgánica epistemológica: Cabeza/cuerpo = Entendimiento/sentidos.

La potencialidad de la metáfora orgánica tiene su correspondiente estructural a nivel del conocimiento. Aquí la identidad es funcional. El entendimiento sería el rey del cuerpo en la medida en que es el ordenador de los sentidos.

“...que así como Dios puso el entendimiento en la cabeza del hombre, que es sobre todo el cuerpo el más noble lugar, y lo hizo como rey y quiso que todos los sentidos y los miembros ... le obedecieran ... ” [Part. II, 47]

Las competencias sustanciales del rey se vehiculan en una imagen somática. La competencia ético-jurídica del rey equivaldría al orden que el entendimiento da a las imágenes que le proporcionan los sentidos; la competencia ontológica resulta de la correcta comprensión de la realidad por parte del entendimiento, y la competencia reguladora, de la capacidad para juzgar sobre el bien y la verdad propia del juicio. El vicario de Dios es aquél hombre cuyos sentidos y cuyo entendimiento han de obrar del modo más perfecto en lo temporal, en orden a impartir justicia y aprehender la verdad.

2.3 - Metáfora orgánica del Consejo: Cabeza/cuerpo = Rey/Consejo.

El rey aquí es la cabeza, mientras que su consejo de ricos-hombres son como su cuerpo. El rey más su consejo representan el Estado. 

“Cabeza del reino llamaron los sabios al rey ..., y a los hombres nobles del reino [su consejo] como miembros. ... los miembros deben ser bien sanos..., de seso y de entendimiento, pues han de aconsejar al rey en los grandes hechos.” [Part. II, 52]

Esta concreción de la metáfora orgánica es incongruente con la orgánica epistemológica, como veremos inmediatamente. Con ello trataremos de demostrar que no es posible establecer correlaciones lógicas inmediatas y totales que permitan un ajuste y un tránsito desde una concreción de la metáfora orgánica a otra.

Si el rey es la cabeza y su consejo el cuerpo, siendo como es uno de los atributos del consejo el buen entendimiento, ¿cómo puede residir el buen entendimiento en otro sitio que no sea la cabeza del rey? ¿Cómo puede estar el buen entendimiento a la vez en la cabeza (que es el rey) y en el cuerpo (que es el consejo)? Si tratáramos de ofrecer un ajuste entre ambas imágenes de la metáfora, obtendríamos un monstruo bicéfalo. Esto no es una dificultad de la metáfora, sino más bien un modo ilegítimo de abordar sus transformaciones, pues no es posible una adecuación radical y lógica de las múltiples fluctuaciones con que pueda presentársenos. La metáfora se puede “entender”, pero no reducir conceptualmente. Agrupa conceptos en múltiples imágenes, pero se escapa a todo deseo de conceptualización. Su despliegue plástico no sólo se nos escapa en el presente, sino que puede adoptar transfiguraciones insospechadas en el futuro.

Desde este punto de vista, la competencia ontológica y de juicio del rey, la compartiría con su consejo, al cual la metáfora le permite ser también poseedor de entendimiento careciendo de cabeza en sí mismo.


2.4 - Metáfora orgánica de los oficiales: Cabeza/miembros = Rey/oficiales servidores.

Los oficiales y servidores del rey son presentados como los miembros físicos del cuerpo del rey. Así, los merinos mayores serían como las manos del propio rey: 

“...tal oficial como este ... en semejanza de las manos rey, que se extienden por todas las tierras ... para hacer justicia ... y ... enderezar los yerros.” [Part.II, 63]

La continua complejización del dominio hizo necesario delegar en oficiales, cuya dignidad, no evidente por sí misma, se legitimó como si se tratara de la manifestación de una parte del cuerpo del propio rey. El merino, cuando imponía castigo, debía ser obedecido porque era la mano del rey quien lo imponía, haciendo uso de su competencia reguladora, como vicario de Dios. Esta delegación de funciones, pues, tiene su referente metafórico en la transustanciación de un oficial como parte de la corporeidad real. La función deliberativa que se pone de manifiesto en la metáfora del Rey/consejo, tiene su correspondencia en la función jurídica y coercitiva de esta. El consejo piensa y los oficiales, ajustándose a lo pensado por el rey con el consejo, lo ejecutan.

2.5 - Metáfora paternal: Rey/pueblo = Padre/hijos.

El rey es el padre del pueblo, el cual es definido como el “ayuntamiento de todos”, como Dios lo es de toda la humanidad. Y como un padre no puede castigar sino con amor al hijo, el rey nunca es vengativo al castigar. 

Mas aquí ya no estamos ante una metáfora orgánica. Ésta es más propia de las relaciones de parentesco universal que predicaba el Mesías. Es el Dios amoroso el que da el tono al ejercicio de la competencia reguladora del “rey: vicario de Dios.” Aquí el rey, sin embargo, no encarna la figura de Cristo, sino la del Padre. El rey no es uno más entre los hermanos; sino precisamente el Padre que vela por los hijos. De este modo, los atributos del vicario de Dios son los del Padre pero contrarrestados con el amor universal propugnado por el Hijo.

Asimismo, a esta metáfora habría que ponerla en correlación con la orgánica cabeza/cuerpo para comprender por qué la guerra civil es definida en las Partidas con la bella imagen de la guerra interna como guerra dentro del cuerpo. Aquí, también, vendrían a colación los componentes sobre la traición al rey como enfermedad del cuerpo del rey. Nos movemos ahora por las bifurcaciones de la metafórica corporativa. El cuerpo, que es la universitas del pueblo, cuando se desajusta, enferma del mismo modo que el Estado en que los hermanos se matan entre sí.