martes, 14 de febrero de 2017

El protestantismo como germen del liberalismo

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.



Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

Dice el P. Leonardo Castellani que la frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal es. “!Déjeme en paz!”…y continua “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre”.

Poder político y fuerzas económicas, siempre con la pretensión de que se “les deje en paz”, esa es la esencia del liberalismo, consagrada por la fractura teológica de la escisión entre naturaleza y gracia del luteranismo.

El mismo P. Castellani escribe: “El protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia en el siglo XVI gracias a los esfuerzos del Imperio Romano Germánico de Carlos V. Pero entró en esos países en el siglo XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo…El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso es lo que ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo”.

La ficción del catolicismo, es decir un catolicismo liberal, burgués que ha renunciado a su doctrina social, repetidamente enseñada por los Pontífices. Un catolicismo hueco, totalmente desnaturalizado y ajeno a su secular tradición. Un maridaje antinatural de catolicismo y liberalismo en el que muchos están empeñados, en su intento (condenado por los Papas) de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno.



El último episodio de este lamentable proceso es el llamado”modernismo católico”, que hoy infecta por todas partes a la Iglesia y a su teología. Intento de reducir al catolicismo a la esfera de lo privado, de la conciencia individual. Resultado final de la máxima liberal-católica “de una Iglesia libre en una sociedad libre”.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Vázquez de Mella: un gallego por afinidad, por afecto y por espiritualidad

En Madrid acaba de morir D. Juan Vázquez de Mella, ilustre hombre público, publicista, pensador, orador elucuentísimo. Por su gran modestia y por sus arraigadas creencias políticas no quiso ocupar ningún alto puesto. Sin embargo, en la consideración nacional estuvo siempre en la línea de nuestras primeras mentalidades.


Nació en Cangas de Onís, pero estudió carrera mayor en Santiago. En la biblioteca universitaria formó su espíritu y con el corazón puesto en Compostela vivió toda su vida. Por ésto, con motivo de su muerte, la prensa de aquella ciudad le ha consagrado mucho espacio, desenterrando interesantes episodios de su vida.

"Mella -dice un periódico compostelano- no había nacido en Galicia aunque muchos diccionarios enciclopédicos señalan esta su tierra como la de su nacimiento; pero era igual. Si la casualidad quiso llevarle a nacer en la región vecina, de donde su difunta madre era nativa, aquí vivió siempre, aquí se educó y de aquí se consideraba él. ¡Con qué fervor hablaba siempre de Santiago!, de sus primeros años de estudiante, de su infancia discurriendo por las calles compostelanas, de los días agitados en que bajo lo porches de la monumental Compostela discutía y libraba batallas académico-políticas, y de las horas de paz y sosiego, en la tranquilidad virgiliana transcurridos en su casa de Boimorto.


Como todo lo que se ama, también Galicia fue ingrata con Mella, pues cuando quiso representarla en Cortes, siendo ya una figura sobresaliente en la política española, le volvió la espalda. Fue en el año 1919, gobernaban los mauristas y al encasillar los diputados que habían de formar aquel Parlamento hecho a semejanza del ilustre Maura, con las organizaciones antiguas, señalaron a Santiago como lugar más adecuado para que Mella luchase con los antiguos dominadores del distrito.

Unos días antes de la elección, en vísperas ya de la fecha señalada para ella, Mella llegó a Santiago. Fuimos de los pocos que acudimos a recibirle, porque nos ligaba a él una antigua amistad. Nos preguntó nuestra impresión y sinceramente, claramente, casi brutalmente, la expusimos al amigo.

A pesar de todos los pesares, con todas las simpatías del Gobierno de entonces y todas las seguridades del ministro de Gobernación, que lo era D. Antonio Goicoechea, Mella salió derrotado. Sin embargo, Vázquez de Mella obtuvo la mayoría de los votos de Santiago. Alcanzó aquí 1495 votos mientras que su contrincante lograra 1229. Entonces, como siempre, quien dio el triunfo ha sido la población rural".

De entonces -dice el mismo periódico- conocemos un episodio que muchos ignorarán y que, sin embargo, tiene mucha gracia por tratarse de los personajes que se trataba. Un sacerdote del Ayuntamiento de Enfesta, que aún vive en el vecino distrito, hombre de arraigo en el país, era dueño de la votación de toda aquella parte. y se sabía que estaba, por razones de parentesco con personajes liberales de Santiago, del lado de éstos. Mella, que fue apercibido de eso, procuró atraerse al cura y hasta se valió del Obispo Auxiliar, su gran amigo, el señor Valbuena (q.D.h).

-Yo no haré nada, no me enteré de nada, decía como última promesa.
-Si votan por V., aún añadió, será porque sabían de mis compromisos anteriores y creerán darme gusto en ello; pero yo nada les diré para que lo hagan.
La votación de Enfesta fue favorable al contrincante del señor Mella y dio el triunfo al señor Cotarelo.
-¡Cuándo yo diga en Madrid, exclamaba luego, que he sido derrotado por un cura, no van a creerlo!".

Sus primeros pasos por la vida pública los dio Mella desde las columnas del periódico. Ya lo recordábamos ayer en una breve nota. Comenzó aquí con "Franco Leal" (Fernández Suárez) Jamardo Crisman, Tarrío, Caldelas, Gallego y Calvelo redactando "El Pensamiento Galaico". Luego fue a Madrid llamado para dirigir "El Correo Español", órgano de D. Carlos. Allí, con el maestro de periodistas D. Beningo Bolaños "Eneas", con el malogrado Cirici Ventalló que manejaba la sátira y el humorismo como pocos y sin bajar a la chabacanería, y con otros muchos compañeros, Mella escribía sus impresiones acerca de la vida política española, que eran tenidas en alto aprecio y constituían los grandes sucesos.


Aún después, cuando venía a Santiago con cualquier motivo y aquí se quedaba con propósito de estar unos días, que a lo mejor se convertía en meses, Mella no sabía pasarse sin acudir a las redacciones de los periódicos.

Recuerda un diario santiagués los grandes éxitos parlamentarios de Vázquez de Mella y dice que se hizo célebre la frase con que terminó uno de sus discursos: desgraciados los pueblos que son gobernados por mujeres y niños. Nosotros -es ahora VIDA GALLEGA quién habla- podemos evocar aquel discurso con la autoridad y la emoción de testigos presenciales.

Se debatía en el Congreso el desastre colonial, y las oposiciones batían fieramente al Gobierno de Sagasta. Presidía la cámara el marqués de la Vega de Armijo. Vázquez de Mella pronunciaba una oración llena de fuego y en lo más ardoroso de ella lanzó aquel famoso apóstrofe que se hizo célebre y que el periódico compostelano recuerda ahora.

Eladio de Lema (Faro de Vigo)
11 de marzo de 1928

martes, 31 de enero de 2017

Digitalizados un gran número de ejemplares del periódico "La Integridad"

Están disponibles en la Biblioteca Digital de Galicia (Galiciana) una gran cantidad de publicaciones del periódico carlista (integrista) "La Integridad" de Tuy. (Ir al enlace)

La Integridad fue una de las principales referencias de la prensa del tradicionalismo gallego en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. 

El carlismo en Galicia, que experimentó un "resurgimiento" tras la tercera guerra carlista, especialmente con la vertiente integrista del gallego Cándido Nocedal, vio su creciente influencia en la sociedad gallega con la aparición y difusión de prensa que se adhería al ideario contrarrevolucionario. 



Con un perfil esencialmente católico, en sintonía con el Partido Católico Nacional (más conocido como "Partido Integrista") de Cándido Nocedal y su hijo Ramón Nocedal, se caracterizó por publicaciones de gran calidad literaria que incluía otras secciones de interés además de lo puramente católico y político.

Tuvo mucha difusión, no solamente en la comarca del Bajo Miño, sino también en otras localidades gallegas, de la España peninsular e incluso de la España americana. 


El periódico se mantuvo operativo desde 1888 hasta 1925.



martes, 24 de enero de 2017

Crónica de los actos en recuerdo de Luis XVI en París

París, 22 enero 2017, Domingo III después de Epifanía; Santos Vicente y Anastasio, mártires. El 21 de enero de 1793, en la plaza parisina de Luis XV, hoy llamada engañosamente de la Concordia, la guillotina segaba la vida del rey Luis XVI de Francia. Al hacerlo, la Revolución iniciada en 1789, y que aún debía pasar pasar por distintas fases, simbolizaba también la ruptura con el orden sacral que el rey representaba.

Contando con la aprobación de su primo el Rey Don Jaime, en 1914 el entonces Príncipe Javier de Borbón Parma y Braganza (hijo del Duque Roberto, último reinante en Parma e Infante de España), fundaba el Mémorial de France à Saint-Denys (Memorial de Francia en San Dionisio, Saint-Denis) para garantizar el ofrecimiento de Misas perpetuas por el alma de los reyes Luis XVI y María Antonieta en la Basílica de San Dionisio, necrópolis de los Reyes de Francia, según lo dispuesto en 1815 por el rey Luis XVIII. Durante muchos años el propio Don Javier presidió habitualmente la Misa solemne ofrecida el día 21 de enero, como tras él siguió presidiéndolas su hijo Don Sixto Enrique de Borbón. El Duque de Bauffremont, junto a Don Javier y Don Sixto Enrique, se ocupó de la gestión de la Obra Pía a través de una asociación que hoy gestiona su hijo.

El pasado año 2016, durante la misa (Novus Ordo, contra lo que era habitual en estas celebraciones) el abate Augustin Pic, conocido progresista, dio lectura a una salutación del "Duque de Anjou", atribuyendo tal título a un ausente Luis Alfonso de Borbón (rectius Puigmoltó) y Martínez-Bordiú, lo que motivó que S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón abandonara el acto. El Duque de Bauffremont escribió los días siguientes una carta de excusa a Don Sixto Enrique; aunque no parece que la tal excusa fuera total ni sincera, a la vista de su comportamiento anterior y posterior. A tal punto que este año invitó al tal Luis Alfonso a presidir la Misa de San Dionisio. Don Sixto Enrique, lamentando el comportamiento de Bauffremont, y sintiéndolo mucho, prefirió no acudir este año. Al final la Misa en Saint-Denis volvió a celebrarse por el rito tradicional, abandonando los cambios del año pasado, pero se vio deslucida por una extraña presidencia de Luis Alfonso Martínez y su mujer venezolana (hija del banquero chavista Víctor Vargas, para quien Luis Alfonso trabaja); ésta lució larga melena suelta, en desprecio al rito tradicional romano que se celebraba. Fue una ceremonia seguida por no demasiada gente, a la que jóvenes legitimistas franceses entregaron copias de la carta de Bauffremont a Don Sixto Enrique y la respuesta de éste, dejando claros el proceder de unos y la precedencia de otros.

Por el contrario, Don Sixto Enrique presidió primeramente la tradicional conmemoración del martirio del Rey Luis XVI en la Plaza de Luis XV (de la Concordia), a la que llegó escoltado por una treintena de carlistas tocados con la correspondiente boina roja y con las banderas rojigualda y blanca con la cruz de Borgoña, desfilando desde la Plaza de la Magdalena entre la curiosidad de parisinos y turistas y la adhesión de los no pocos que los reconocieron. La concentración estaba convocada por France Royaliste; se veía también alguna bandera de la Alliance Royale. Por France Royaliste intervino Pierre Jeanthon. A continuación Don Sixto Enrique de Borbón pronunció unas vibrantes palabras en francés y en español; cerró el turno de intervinientes el reverendo Paul Aulagnier. La lectura del testamento del Rey Mártir y los cantos cerraron este acto de su CCXXIV aniversario.


Acto seguido, acompañado de nuevo por los leales carlistas españoles, el Abanderado de la Tradición se desplazó a la iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia, llena a rebosar de fieles, donde el reverendo señor don Eric Iborra celebró una solemne Misa de réquiem según el rito romano tradicional. Cantada por la magnífica Schola Sainte Cécile, que interpretó la Misa de Réquiem a cinco voces llamada "de los reyes de Francia", del maestro de la real capilla Eustache du Caurroy (1549-1609), cantada en Saint Denis en todos los funerales reales desde 1610 hasta la Revolución. Don Sixto Enrique ocupó el lugar de honor junto al catafalco; la escolta carlista (encabezada por el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, profesor José Miguel Gambra) fue situada en lugar destacado cerca de Su Alteza al inicio de la nave lateral y, al terminar la ceremonia, le hizo un pasillo entre los vítores de los asistentes. El entusiasmo fue tal que hubieron de cantar el Oriamendi a solicitud de un grupo de franceses asistentes.



Finalmente, en un simpático bistrot del Barrio Latino, tuvo lugar un almuerzo de hermandad de los carlistas con los jóvenes de la Acción Francesa Universitaria en torno del Señor, quien saludó personalmente a todos los asistentes. En resumen, en un día frío y soleado de invierno, un digno homenaje a Luis XVI a los 224 años de su martirio, y una calurosa celebración tradicionalista en torno del Príncipe que mejor representa la Causa de la Cristiandad y de la Monarquía: el Abanderado de la Tradición carlista y legitimista, Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset.

Tanto la víspera, el viernes 20, como la tarde del mismo sábado 21, Don Sixto Enrique se reunió con los miembros de su Secretaría Política desplazados a París al frente de la nutrida delegación carlista.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El Rey como vicario de Dios

1 - Concepto de “rey”: 

1.1 - Los dos elementos de este concepto. 

“Rey” tanto quiere decir como “regidor” [Part. II, 9]. Así define terminológicamente el concepto de “rey” la Partida Segunda. Y la BSF, en la “nota” de la ficha de esta página, apostilla que el rey “es el que rige el gobierno del reino”. Para hacernos con el montante conceptual de este término, sabemos ya que hemos de adentrarnos en esta página. De este modo nos percatarnos de que detrás de la definición hay una concepción sacralizada del nombre de “rey”. Definir qué significa “rey” será captar un nombre sagrado.

Dios no es llamado “rey de reyes” por una eventual extrapolación antropocéntrica que, en sentido ascendente, apelara a lo divino, sino que, antes al contrario, el concepto de rey proviene de arriba abajo. El rey, en sí, es Dios mismo. Ontológico-nominalmente, la realeza desciende de Dios sobre el hombre rey. Este concepto, pues, es sagrado. Dice así:

“...tomó el rey nombre de nuestro señor Dios, que así como es dicho rey sobre todos los reyes, por que de él han nombre, y los gobierna, y los mantiene en su lugar en la tierra para hacer justicia y derecho.” [Part. II, 9]


Son los reyes de la tierra quienes, por descenso metafórico, reciben la sacralidad del nombre. Sin embargo, la definición nos ha dicho ya algo más que nos pone sobre una nueva pista: Dios, a los reyes “los mantiene en su lugar en la tierra... ” Un nuevo elemento radical se suma a la sacralidad del nombre. El rey es el vicario de Dios sobre la tierra. Así, pues, hay, al menos, dos elementos:
1/-La sacralidad del término.
2/-El rey es el vicario de Dios en la tierra.

Ambos elementos se encuentran siempre entrelazados cuando el texto hace referencia a la esencia del nombre de “rey”. Otro ejemplo de esto es el siguiente:

“... como el nombre de rey es de Dios, y tiene su lugar en tierra para hacer justicia y derecho y merced.” [Part. II, 80]

Al nombre, que pertenece al propio Dios, le es anejo sustancialmente la virtualidad de la vicaría divina. El nombre es de Dios; su portador, también.

El término es un nombre de Dios sobre la tierra, de la misma manera que el hombre que lo detenta es el señor de Dios sobre la tierra.

1.2 - Tres competencias de este concepto.

Sabemos, entonces, que la sacralidad del nombre de rey tiene que ver profundamente con el lugar de Dios que ocupa en el mundo. Veremos ahora que el vicario de Dios despliega su quehacer mundano mediante el ejercicio de tres compentencias consustanciales. Éstas son: la competencia éticojurídica, la competencia ontológica y la competencia reguladora.

El texto clave al respecto dice así: Los reyes han de “guardar en justicia y en verdad a los de su señorío. ... Rey tanto quiere decir como regla, que ... así por el rey son conocidos los yerros y enmendados.” [Part. II, 9] [Subr. mío]

La figura del rey se contruye a imagen de la del Dios cristiano: Dios es justicia; Dios es verdad; Dios es ley. Paralelamente, el rey impone la justicia sobre los hombres, tanto como conoce la verdad e impone reglas a la convivencia naturalmente.

También parece claro que en las Partidas nos encontramos con un rey que ha de resolver las escisiones propias de la adecuación entre el ser y el deber-ser (justicia), la adecuación entre intellectus et res (verdad) y, por último, la adecuación entre el ser y la instancia ordenadora, pues, finalmente, compete al rey enmendar y castigar todo desajuste ético y veritativo que se produzca. Por formularlo del modo más sucinto: el rey imparte justicia, conoce y regula y castiga.

La eficacia de estas competencia ínsitas al concepto de rey no pueden ser aprehendidas sino sobre la base de su caracterización como vicario de Dios.

El rey ocupa el lugar de Dios sobre la tierra para impartir justicia. Aquí radica su legitimidad. Es el propio Dios quien hace de un hombre el señor natural sobre los hombres. La autoridad real proviene de una emanación divina. Los reyes “tienen lugar de Dios sobre la tierra para hacer justicia.” [Part. III, 202] Y porque Dios es justicia divina, también su vicario en la tierra ha de ser justo. El rey es el señor temporal que Dios pone, en su “nombre” sobre la tierra. [II, 80]. Por eso el pueblo, al respetarle, reverencia a Dios [Part. II, 103], y por eso también quien mata al rey, arrebata a Dios a su vicario [Part. II., 98] y se hace acreedor a la mayor condena del mismo modo que si atentara contra Dios.

Asimismo, la designación por la mano de Dios del rey alude ya a que su legitimidad es exclusiva y directamente de procedencia divina. El deber de amar y temer al rey es el deber de amar y temer a Dios, pues todo poder y toda autoridad proceden de Dios. [Part. II, 89]. La alusión y la influencia
aquí del pasaje de la Epístola a los romanos es decisiva. Dice san Pablo:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.” [Ad Rom., 13.1]

Si añadimos que “el emperador es vicario de Dios en el Imperio para hacer justicia en lo temporal, bien así como es el Papa en lo espiritual” [Part. II, 4] obtenemos una especie de división del poder que emana directamente de lo divino. El rey en su reino y el papa en su papado tienen delimitada su autoridad por el propio Dios que así ha repartido los deberes. Así, pues, de la concepción del rey como vicario de Dios no puede seguirse nunca la noción de la realeza como emanación del poder del papado. El “rey vicario de Dios” es una fórmula refractaria a toda intencionalidad censora en lo temporal por parte del papado. La autoridad del rey está garantizada siempre en la medida en que es Dios quien ha delegado en él directamente, sin mediaciones ulteriores. Como rezan los formalismos jurídicos, es “rey por la gracia de Dios” [Part. III, 204, 205] de un modo radical y sin fisuras.

Por último, hemos de hacer referencia a la definición del concepto de “rey: vicario de Cristo” que encontramos al menos en dos ocasiones en las Partidas y que, indirectamente, impregna el propio concepto de “rey: vicario de Dios”.

La designación del rey, no ya como vicario de Dios, sino de su propio Hijo, Jesucristo, no debe llevarnos a pensar que supone la entrada sin más de las categorías de la realeza cristocéntrica frente a su evolución teocéntrica. La comprensión del rey como vicario de Cristo en las Partidas es meramente sinonímica, y hace referencia a la competencia ontológica del rey sobre la verdad y su competencia reguladora. Jesucristo dijo: “Yo soy la verdad”. Por correspondencia directa, el rey no puede mentir ni dejarse llevar por palabras engañosas, pues se convertiría en sentido estricto en incompetente. Se ve, pues, que la figura del Hijo de Dios aquí se menta al servicio del concepto de “rey: vicario de Dios”

El modo indirecto en que la figura de Cristo sobrevuela el concepto de “rey: vicario de Dios”, se deja traslucir en la caracterización del rey como un juez que imparte justicia compasivamente, nunca de un modo vengativo. [Part. II, 30, 70] El Dios furibundo de los judíos hacía tiempo que había dado paso al Dios del amor de Jesucristo. El rey, como el Dios del amor, es inapelablemente justo, pero nunca vengativo, pues los criminales son sus hijos, como los pecadores lo son de Dios. Así, pues, el componente regulativo del “rey: vicario de Dios” hace de éste una figura paternal que impone el orden y la punición desde el amor, nunca desde el capricho despótico.


2 - Despliegue metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”:

Sobre la base de la metáfora orgánica cabeza/cuerpo, nos proponemos ahora apuntar, siquiera esquemáticamente, cuatro momentos del desarrollo metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”.

2.1 - Metáfora orgánica del linaje: Cabeza/cuerpo = Rey/linaje.

La cuestión de la traición es uno de los puntos más recurrentes en las Partidas. Encontramos un momento decisivo de esta cuestión, cuando el autor baraja la posibilidad de la alta traición que un familiar propio puede ejercer contra el rey. Se habla, entonces, de la condena al destierro del traidor en los términos de una amputación del cuerpo del rey.

“Que si el hombre hace cortar el miembro de su mismo cuerpo cuando es corrompido por que no le corrompa los otros, mucho más debe de sí alongar los parientes que le estorbasen manifiestamente, porque ellos ho hayan de hacer mal que deje su linaje mancillado, ni tomen los otros ejemplo para hacer otro tal.”[Part. II, 47]

El rey, aquí, aparece como la cabeza de su propio linaje, que haría las veces de su cuerpo. El cuerpo del rey es su linaje. Como consecuencia de la virtualidad de esta metáfora, el concepto político de castigo queda equidistante del concepto médico de curación. Castigo es curación como traición es enfermedad. El traidor es la parte enferma del linaje real que el rey ha de amputar antes de que se extienda el mal. Así, la propagación de la enfermedad física se corresponde con el proceso de extensión de la rebelión. La fórmula cortar por lo sano obtiene así una caracterización plástica radical.

Esta metáfora se ajusta a la competencia reguladora que las Partidas le han asignado al “rey: vicario de Dios”. En la medida en que el rey ajusta los procesos ético-jurídicos de adecuación (injusticia de la traición), percibe cuál es su deber regulador justo cuando capta el desajuste (la traición): el rey, en consecuencia, debe imponer un severo castigo que sirva a la salubridad del cuerpo de su propio linaje.

2.2 - Metáfora orgánica epistemológica: Cabeza/cuerpo = Entendimiento/sentidos.

La potencialidad de la metáfora orgánica tiene su correspondiente estructural a nivel del conocimiento. Aquí la identidad es funcional. El entendimiento sería el rey del cuerpo en la medida en que es el ordenador de los sentidos.

“...que así como Dios puso el entendimiento en la cabeza del hombre, que es sobre todo el cuerpo el más noble lugar, y lo hizo como rey y quiso que todos los sentidos y los miembros ... le obedecieran ... ” [Part. II, 47]

Las competencias sustanciales del rey se vehiculan en una imagen somática. La competencia ético-jurídica del rey equivaldría al orden que el entendimiento da a las imágenes que le proporcionan los sentidos; la competencia ontológica resulta de la correcta comprensión de la realidad por parte del entendimiento, y la competencia reguladora, de la capacidad para juzgar sobre el bien y la verdad propia del juicio. El vicario de Dios es aquél hombre cuyos sentidos y cuyo entendimiento han de obrar del modo más perfecto en lo temporal, en orden a impartir justicia y aprehender la verdad.

2.3 - Metáfora orgánica del Consejo: Cabeza/cuerpo = Rey/Consejo.

El rey aquí es la cabeza, mientras que su consejo de ricos-hombres son como su cuerpo. El rey más su consejo representan el Estado. 

“Cabeza del reino llamaron los sabios al rey ..., y a los hombres nobles del reino [su consejo] como miembros. ... los miembros deben ser bien sanos..., de seso y de entendimiento, pues han de aconsejar al rey en los grandes hechos.” [Part. II, 52]

Esta concreción de la metáfora orgánica es incongruente con la orgánica epistemológica, como veremos inmediatamente. Con ello trataremos de demostrar que no es posible establecer correlaciones lógicas inmediatas y totales que permitan un ajuste y un tránsito desde una concreción de la metáfora orgánica a otra.

Si el rey es la cabeza y su consejo el cuerpo, siendo como es uno de los atributos del consejo el buen entendimiento, ¿cómo puede residir el buen entendimiento en otro sitio que no sea la cabeza del rey? ¿Cómo puede estar el buen entendimiento a la vez en la cabeza (que es el rey) y en el cuerpo (que es el consejo)? Si tratáramos de ofrecer un ajuste entre ambas imágenes de la metáfora, obtendríamos un monstruo bicéfalo. Esto no es una dificultad de la metáfora, sino más bien un modo ilegítimo de abordar sus transformaciones, pues no es posible una adecuación radical y lógica de las múltiples fluctuaciones con que pueda presentársenos. La metáfora se puede “entender”, pero no reducir conceptualmente. Agrupa conceptos en múltiples imágenes, pero se escapa a todo deseo de conceptualización. Su despliegue plástico no sólo se nos escapa en el presente, sino que puede adoptar transfiguraciones insospechadas en el futuro.

Desde este punto de vista, la competencia ontológica y de juicio del rey, la compartiría con su consejo, al cual la metáfora le permite ser también poseedor de entendimiento careciendo de cabeza en sí mismo.


2.4 - Metáfora orgánica de los oficiales: Cabeza/miembros = Rey/oficiales servidores.

Los oficiales y servidores del rey son presentados como los miembros físicos del cuerpo del rey. Así, los merinos mayores serían como las manos del propio rey: 

“...tal oficial como este ... en semejanza de las manos rey, que se extienden por todas las tierras ... para hacer justicia ... y ... enderezar los yerros.” [Part.II, 63]

La continua complejización del dominio hizo necesario delegar en oficiales, cuya dignidad, no evidente por sí misma, se legitimó como si se tratara de la manifestación de una parte del cuerpo del propio rey. El merino, cuando imponía castigo, debía ser obedecido porque era la mano del rey quien lo imponía, haciendo uso de su competencia reguladora, como vicario de Dios. Esta delegación de funciones, pues, tiene su referente metafórico en la transustanciación de un oficial como parte de la corporeidad real. La función deliberativa que se pone de manifiesto en la metáfora del Rey/consejo, tiene su correspondencia en la función jurídica y coercitiva de esta. El consejo piensa y los oficiales, ajustándose a lo pensado por el rey con el consejo, lo ejecutan.

2.5 - Metáfora paternal: Rey/pueblo = Padre/hijos.

El rey es el padre del pueblo, el cual es definido como el “ayuntamiento de todos”, como Dios lo es de toda la humanidad. Y como un padre no puede castigar sino con amor al hijo, el rey nunca es vengativo al castigar. 

Mas aquí ya no estamos ante una metáfora orgánica. Ésta es más propia de las relaciones de parentesco universal que predicaba el Mesías. Es el Dios amoroso el que da el tono al ejercicio de la competencia reguladora del “rey: vicario de Dios.” Aquí el rey, sin embargo, no encarna la figura de Cristo, sino la del Padre. El rey no es uno más entre los hermanos; sino precisamente el Padre que vela por los hijos. De este modo, los atributos del vicario de Dios son los del Padre pero contrarrestados con el amor universal propugnado por el Hijo.

Asimismo, a esta metáfora habría que ponerla en correlación con la orgánica cabeza/cuerpo para comprender por qué la guerra civil es definida en las Partidas con la bella imagen de la guerra interna como guerra dentro del cuerpo. Aquí, también, vendrían a colación los componentes sobre la traición al rey como enfermedad del cuerpo del rey. Nos movemos ahora por las bifurcaciones de la metafórica corporativa. El cuerpo, que es la universitas del pueblo, cuando se desajusta, enferma del mismo modo que el Estado en que los hermanos se matan entre sí.

domingo, 16 de octubre de 2016

Constante lucha de la verdadera España contra el liberalismo

Manuel Senante Martínez

Gloria inmarcesible de Recaredo es haber proclamado en el Concilio III de Toledo la Unidad Católica en nuestra Patria.

Desde entonces España ha luchado siempre denodadamente contra todos los errores que han querido arrebatarle esa joya preciadísima, que es el timbre más preclaro de su bandera y de su historia, y lo que constituye la esencia de nuestra nacionalidad.

Porque la Religión Católica, no es sólo un sentimiento, que se incorpora a nuestra vida nacional, como alguien ha dicho.

Es más, mucho más, infinitamente más que eso. Es la creencia, la norma de Fe que ha dado a España la unidad nacional, la cual sin ella no hubiera sido posible, y sólo por ella, como ha dicho Menéndez y Pelayo, adquirió nuestro pueblo vida propia y conciencia unánime; sólo por ella arraigaron nuestras instituciones y fue la Unidad Católica la que hizo la grandeza de España en el siglo de Oro.

La Religión Católica es, pues, el fundamento, la piedra angular del cimiento de la nación española.

Contra la Unidad Católica se han levantado muchos errores, pero quizás el más temible haya sido el liberalismo, verdadera lepra de la sociedad, como lo califica una doctísima pluma, error cuyos efectos y cuyas influencias han llegado hasta nuestros días.

Y decimos el más temible, porque afectando formas muy diversas, desde el liberalismo exaltado y declarado enemigo de la Religión, hasta el que, el gran Sardá y Salvany en su libro inmortal calificó de mojigato, semimístico arrullado y casi bautizado en Cádiz con la invocación de la Santísima Trinidad, ha arrastrado a muchas gentes de bien, que abominando de sus principios han aceptado sus consecuencias, y con su liberalismo de cirio en mano y cruz en rostro, como decía el mismo Sardá, han contribuido a que se mantuviese en el Gobierno de España y en las leyes tan grave error, cuyas funestas consecuencias, tantas veces previstas y anunciadas por escritores y diputados tradicionalistas, hemos desgraciadamente sufrido en nuestros días.

Pero antes de pasar adelante, y por lo mismo que hoy tanto se habla contra el liberalismo, conviene precisar brevemente lo que es y lo que no es liberalismo, aunque a muchas gentes lo parezca.

El liberalismo, en síntesis, es la emancipación social de la ley cristiana, o sea, el naturalismo político. Es decir que liberalismo es desconocer, ya en el orden de los principios ya en el de los hechos, la suprema autoridad de Dios, no sólo sobre el individuo, sino también sobre las naciones y los Estados, que deben acatar y someterse en todo a la ley natural y divina, contra lo cual nada pueden legislar ni establecer.

Por consiguiente, las formas de gobierno, de suyo no son liberalismo, como atinadamente expone el citado Sardá y Salvany, en su áureo libro El liberalismo es pecado que fue aprobado por muchos señores Obispos y también con muy laudatorias frases por la Sagrada Congregación del Índice. ¡Lástima grande que no sea más conocido y estudiado tan precioso libro en que se expone sólidamente con irrefutables argumentos, la doctrina sobre el liberalismo, siempre de actualidad!

Por tanto, ni la República ni la democracia, ni los Gobiernos populares ni la Monarquía absoluta o templada son de suyo liberalismo, «con tal que acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de Él y se sujeten en su ejercicio al criterio inviolable de la ley cristiana».

En cambio hay cosas que no pareciendo liberalismo lo son. En este caso se halla toda República o Monarquía por muy absoluta que sea, que no base su legislación sobre principios del derecho católico, sobre la rigurosa observancia y respeto a los derechos de la Iglesia, y vaya contra los dictados de la ley natural que reconoce los derechos y libertades legítimas de los pueblos. Tales Gobiernos, aunque tengan aherrojada a la Prensa, aunque azoten con barra de hierro a sus vasallos, serán Gobiernos perfectamente liberales, por más que no sean libres los pueblos que rijan.

Dedúcese de aquí que el llamado totalitarismo, hoy tan en boga, es un régimen verdaderamente liberal, porque atribuye al Estado una autoridad y un poder que van contra la ley natural y divina. Y así, la Sagrada Congregación de Seminarios y Estudios, declaró errónea la proposición que dice: «El hombre no existe sino por el Estado y para el Estado. Todo lo que él posea en derecho se deriva únicamente de una concesión del Estado».

El Excmo. señor Cardenal Arzobispo de Sevilla, en su Pastoral de 30 de diciembre de 1943 relativa a la condenación de errores modernos, añade a continuación de esta cita: «Al conjunto de doctrinas que constituyen esta paganización de los pueblos, y en las que se basa este principio erróneo, se le denomina con el nombre de totalitarismo».

Cierto que de ordinario el liberalismo ha escogido las formas democráticas y populares, pero también ha encarnado en formas monárquicas y autoritarias de las que tantos ejemplos hay en la Historia.

Tales son las Monarquías y los Gobiernos que prohíben la publicación y ejecución de bulas, breves y despachos pontificios sin el previo asentimiento del poder civil, incurriendo con ello en las proposiciones XX y XXVIII de las condenadas en el Syllabus, y son por tanto, eminentemente liberales.

No fue así la tradicional y venerada Monarquía española, que como dice Menéndez Pelayo, era cristiana en su esencia y democrática en su forma; es decir, reconocía y respetaba los derechos de los pueblos y las instituciones seculares, dique y valladar que hacía imposibles las extralimitaciones del poder real.

No ha de asustarnos, pues, el concepto de democracia, rectamente entendida, como nos enseña la Santidad de Pío XII en el mensaje radiado, con motivo de las fiestas de Navidad, sobre el problema de la democracia.

«Los pueblos, dice el Papa, por una amarga experiencia se oponen con mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, incontrolable e intangible y exigen un sistema de gobierno que sea más compatible con la dignidad y con la libertad de los ciudadanos». Y recuerda que, según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido preferir Gobiernos moderados de forma popular salvando, con todo, la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público.

No hay que confundir, pues, el liberalismo con las formas de gobierno. A todas se adapta y todas las puede convertir en instrumento de su obra destructora de la sociedad cristiana.

Presenta el liberalismo muy diferentes aspectos, grados y matices, desde el exaltado y como se dice anticlerical furibundo, al más moderado y conservador, llegando hasta el liberalismo católico o catolicismo liberal reiteradamente condenado por Pío IX, de santa memoria, en muy solemnes ocasiones, como condenó el liberalismo todo, sin distinción, en la proposición LXXX del Syllabus. Contra el liberalismo de todas clases y matices ha luchado siempre España con la espada y con la pluma, en los campos de batalla y en las Asambleas legislativas.

Puede afirmarse que la primera vez que con las armas se levantó España contra el liberalismo fue en la guerra de la Independencia que tanto como española y de independencia, fue guerra de religión contra las ideas del siglo XVIII difundidas por las legiones napoleónicas que las importaron a España.

Cierto que durante todo aquel siglo penetraron en nuestra Patria con la Enciclopedia y los resabios del jansenismo, ideas que, en realidad eran el substratum del liberalismo, pero fueron las armas francesas las que trajeron las influencias de la Revolución con los principios liberales y fue entonces, en España, donde se les dio este nombre, calificando de serviles a los defensores de la gloriosa tradición española y de liberales a los mantenedores de la soberanía nacional, y de todas las novedades revolucionarias.

Despertó valientemente España, y, como dice Menéndez Pelayo, se organizó la resistencia democráticamente y a la española, avivada y enfervorizada por el espíritu religioso que vivía íntegro en el pueblo, y acaudillada y dirigida en gran parte, por los frailes, pues los cortesanos, los abates, los literatos, los economistas y los filántropos tomaron muy desde el principio el partido de los franceses.

Reintegrado Fernando VII al trono de España y cumplidos con ello los deseos de los buenos españoles, cuyas aspiraciones se condensaban en el manifiesto que, firmado por buen número de diputados, le presentó en Valencia Nozo de Rosales, inspirado todo él en la doctrina tradicionalista, vieron defraudadas sus esperanzas, pues Fernando VII no acertó a restaurar la tradicional y venerada Monarquía española sino que entronizó un absolutismo ajeno por completo a ella y dio entrada a los afrancesados y a los amigos del «despotismo ilustrado» discípulos de la Enciclopedia, liberales como los legisladores de Cádiz, con todo lo cual acabó por sublevar los ánimos del verdadero partido tradicionalista.

Y comenzaron las insurrecciones realistas que algunos con razón han calificado de precarlistas y que siempre fueron en defensa de los intereses espirituales. No iban contra el Rey al que suponían secuestrado, sino contra los procedimientos de gobierno que con razón calificaban de liberales, y contra la conducta observada con la Iglesia a la que se ofendía con alardes de regalismo, retenciones de bulas y otros agravios.

Hubo levantamientos realistas en Álava (que fue el primero), Ávila, Burgos, Asturias, Galicia; el dirigido por don Jerónimo Merino, el famoso cura Merino que lo era de Villaviado, los de Vizcaya, Navarra, donde se constituye una junta gubernativa, Cataluña, capitaneada por el barón de Eroles, y en general en todas las regiones de España, multiplicándose por toda ella las juntas realistas. Se constituyó la Regencia de Urgel que dirigió una proclama a los españoles manteniendo los principios tradicionalistas, y prosiguieron la guerra contra el liberalismo los llamados ejércitos de la Fe; sin lograr el apetecido triunfo, aunque en muchas ocasiones obtuvieron señaladas victorias.

Estalla en Cataluña en 1827 la segunda guerra llamada "dels mal contents" o de los agraviados que pronto se extendió a toda España, y aunque tampoco logró la victoria, fue otra lucha del partido tradicionalista neto contra el liberalismo entronizado en las esferas del poder.

Justo es observar que en el tiempo de las primeras guerras no se luchó por la cuestión dinástica. Vivía Fernando VII y no había llegado el momento en que, faltando a la ley, se proclamó reina de España a Isabel, desconociendo los derechos de don Carlos al trono.

No fueron, pues, guerras dinásticas, sino verdaderas guerras contra el liberalismo, que informaba la actuación de aquellos Gobiernos y que había provocado desmanes y atentados, no sólo contra los tradicionalistas, sino contra personas y cosas sagradas atropellando los derechos de la Iglesia.

Cierto que en la tercera guerra, suscitada a la muerte de Fernando VII, se luchó también por el derecho de don Carlos a ocupar el trono, pero don Carlos abrazó la causa de la Tradición española y por eso esta guerra fue, como todas las anteriores, por la España católica, tradicional, contra el liberalismo que se amparaba en el trono de Isabel.

Lucharon, pues, los tradicionalistas en aquellas tres guerras, como han luchado en nuestros días, y como luchó España en la guerra de la Independencia, por Dios, por la Patria y por el Rey, lema de su bandera enaltecido por la sangre de tantos héroes; lucharon contra el liberalismo disolvente, que necesariamente lleva al socialismo y al comunismo, como han demostrado plumas autorizadas y como estamos viendo en nuestros días, en que se ha llegado a las funestas y necesarias consecuencias de la herejía liberal.

Pero como ya se ha dicho, no sólo ha luchado España contra el liberalismo con la espada en los campos de batalla, sino también con la pluma y en las asambleas legislativas.

En las tristemente famosas Cortes de Cádiz, detrás de la máscara de piedad con que fueron inauguradas, y a pesar de declararse en ellas que la religión del Estado era la católica, latía el espíritu liberal de la Revolución francesa con la declaración de los derechos del hombre. Contra ese espíritu, puesto bien de manifiesto en el artículo en que se decía que la soberanía reside esencialmente en la nación, se levantaron valientes impugnadores como Dorrull, Anguiriano, Obispo de Calahorra, Inguanzo, más tarde Arzobispo de Toledo. Todos ellos sostuvieron la doctrina tradicionalista sobre la soberanía, y todos ellos hicieron la apología de las Cortes tradicionales en que estaban representadas orgánicamente las clases de la sociedad e impedían cualquier posible extralimitación de los Reyes contra los derechos legítimos reconocidos por la ley natural a los pueblos. Si no fuera por no dar demasiada extensión a este artículo, merecerían ser copiados algunos pasajes muy elocuentes de aquellos beneméritos diputados, que con gran valor y gallardía afrontaron las voces y los insultos de la chusma, reclutada por los liberales, que llenaban la galería del local en que las Cortes deliberaban. 

Especial mención merece también el P. Fray Francisco Alvarado, que con el pseudónimo de "El Filósofo Rancio" escribió las que llamó Cartas críticas que han alcanzado merecidísima celebridad. En ellas impugna las novedades nocivas del liberalismo, aboga por la Monarquía y por las libertades legítimas del pueblo, reconocidas en nuestras antiguas leyes, por lo cual el Monarca, mediante sagrado juramento, se comprometía a guardar los fueros de las regiones españolas.

Otro campeón de la causa católica y española y por ende tradicionalista, fue Fray Rafael Vélez, después Arzobispo de Santiago. En su conocida obra Apología del Altar y del Trono que alcanzó inmensa popularidad por el cúmulo de noticias históricas que encierra, impugnó victoriosamente las doctrinas liberales de la Constitución y de algunos diarios y escritos en que tales novedades se sustentaban.

Años después impugnaron el liberalismo Balmes y Donoso Cortés quienes, en frase de un ilustre autor, comprendían el movimiento católico desde 1834.

Los Escritos políticos y El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización europea, de Balmes, son un manantial inagotable de doctrina sólida y en ellos pulveriza todos los errores del naturalismo y del liberalismo y ha vindicado a la Iglesia Católica en sus relaciones con la civilización de los pueblos.

De Donoso Cortés es famoso su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo en el que, a pesar de su estilo oratorio que le hacía incurrir a veces en inexactitudes de expresión, y de algunos conceptos que no pueden aprobarse, impugnó valientemente las disolventes doctrinas del liberalismo y expuso acertadamente una filosofía social, que ha dado grandísima celebridad al libro, el cual ha sobrevivido a todos sus impugnadores.

A pesar de los constantes atropellos que los Gobiernos liberales cometían o toleraban contra la Iglesia, sus ministros y las órdenes religiosas, se mantenía en la Constitución la unidad religiosa en España.

Ese texto legal no se traducía en los hechos, demostrando una vez más que el liberalismo sabe encubrirse con capa de religión cuando así conviene a sus fines. Por eso no podía darse crédito a las palabras de la Constitución, como no se pudo dar a las del intruso Pepe Botella, cuando dijo, en Bayona, que debía considerarse feliz a España porque en ella sólo se daba culto a la religión verdadera, que había de mantenerse con exclusión de toda otra.

Pero llegó el año 68, y en él se desataron las iras infernales, quemando iglesias, asaltando conventos, y asesinando a sacerdotes y religiosos. Era como un anticipo de lo que desgraciadamente hemos visto en nuestros días.

Reunidas aquellas Cortes revolucionarias, se presentó el proyecto de Constitución en que abiertamente se proclamaba la libertad de cultos, uno de los postulados del liberalismo, aceptado también por los liberales católicos alegando que así lo piden los tiempos modernos. ¡Lamentable hipótesis, que tantos males ha ocasionado!

En aquellas Cortes desataron sus lenguas viperinas los liberales rabiosos, con tales ataques a la Religión Católica y a la Iglesia, que a la sesión del 26 de abril de 1869 se la ha llamado la «de las blasfemias».

En defensa de la Unidad Católica pronunciaron brillantísimos discursos el Cardenal Cuesta, el Cardenal Monescillo, entonces Obispo de Jaén, Manterola, Canónigo de Vitoria, Ortiz de Zárate, Ochoa, Vinader y otros, todos los cuales impugnaron valientemente los errores del liberalismo.

Y no sólo en las Cortes; también fuera de ellas tuvo ardientes defensores la Unidad Católica y remitieron a las Cortes una petición en favor de la misma con más de tres millones de firmas.

A pesar de tan gallarda defensa, se impuso el criterio del liberalismo sectario y en la sesión del 5 de junio de 1869 sucumbió la Unidad Católica en la Constitución liberal de España, una de las llamadas "de papel" que hemos padecido, tan contrarias a la Constitución secular de nuestro pueblo.

Siguió después desencadenada la persecución liberal contra la Iglesia en términos verdaderamente escandalosos, que los límites de un artículo no permiten relatar minuciosamente, en medio de la cual se destaca el valiente proceder del Episcopado español que no cesó de levantar su voz autorizada contra los atropellos y desmanes del liberalismo.

También tuvo éste decididos impugnadores en las Cortes del 71, en las cuales «la minoría católico-monárquica, o sea, carlista (son palabras de Menéndez Pelayo), fuerte y compacta en aquel congreso más que en ninguno y dirigida por un jefe habilísimo y nada bisoño en achaques parlamentarios (don Cándido Nocedal) alcanzó señalados triunfos contra el liberalismo hasta el punto de obtener como consecuencia forzosa de la libertad de asociación que la Constitución proclamaba el restablecimiento de las Comunidades religiosas».

En las mismas Cortes, don Cándido y don Ramón Nocedal, como dice también Menéndez Pelayo, defendieron valerosamente a la Compañía de Jesús, a la que algunos diputados querían incluir entre las asociaciones ilegales.

Brillante fue, pues, en aquellas Cortes la campaña de la minoría católico-monárquica, es decir, carlista, contra el liberalismo. En ellas estaban los Nocedal, padre e hijo, Aparisi Guijarro, Carbonero y Sol, Barrio y Mier, Martínez Izquierdo, después Obispo de Salamanca, Gabino Tejado, Sánchez del Campo, Vinader, y otros muchos hasta casi 70, todos ellos meritísimos.

En todas las Cortes posteriores hubo también valientes diputados y senadores de las minorías tradicionalistas que prosiguieron la lucha contra el liberalismo, incluso en las de la República última, de execrable memoria. En ellas brillaron, por citar sólo algunos de los que ya murieron Ramón Nocedal, Barrio y Mier, Feliu, Ramery, Lamamié de Clairac (don Juan), Pradera y Olozábal, mártires gloriosos, estos dos últimos, de nuestra cruzada, y el incomparable Mella, pensador profundo, orador elocuentísimo e invencible debelador del liberalismo.

No es posible pasar en silencio, hablando de la lucha contra el liberalismo, escritores que en la prensa periódica o en los libros arremetieron pluma en ristre contra el error liberal. Tales fueron entre otros muchos Gabino Tejado autor de El catolicismo liberal, Navarro Villoslada, Fernández Valbuena, Obispo auxiliar que fue de Santiago, autor de La herejía liberal, Aparisi y Guijarro, los PP. Juan Mir, Julio Alarcón y Fidel Fita, de la Compañía de Jesús, los dominicos Fray Joaquín de Larroca y Fray José Mª Fonseca, el franciscano Fray Francisco Manuel Malo, D. Pedro Casas, Obispo que fue de Plasencia y D. Pedro Rocamora, que lo fue de Tortosa, y el Sr. Marrodan, de Tarazona, Fr. Ezequiel Moreno, Obispo de Pasto, D. Zacarías Metola, Lectoral de Burgos, Roca y Ponsa, Canónigo de Sevilla, D. Manuel Sánchez Asensio, D. Cristóbal Botella, D. Prudencio de Lapaza Martiartu, Eneas y tantos y tantos que con gran valor y maestría combatieron con la pluma el funestísimo error liberal.

Y no podemos pasar en silencio el nombre de D. Francisco Mateos Gago, sabio orientalista, y polemista incansable que con su valiente y doctísima pluma arremetió siempre contra toda casta de liberales y mestizos.

También merece especial mención el que fue Decano del Tribunal de la Rota D. José Fernández Montaña, autor de las Lecciones sobre el Syllabus y afortunadísimo vindicador de la memoria de Felipe II, aquel gran Rey tan calumniado por liberales de toda laya; D. Luis María de Llauder, fundador de El Correo Catalán y El Correo Español; Rdo. D. Emilio Ruiz Muñoz (Fabio) y Rdo. D. Antonio Sanz Cerrada (Fray Junípero), ambos mártires de la Cruzada, así como D. Genaro Fernández Yánez.

De intento hemos dejado para citar el último al gran Sardá y Salvany, por lo mismo que en eficacia es el primero entre los que han combatido el error liberal. Dignos de leerse son sus obras y sus artículos, en todos los cuales hay sanísima doctrina antiliberal y en muchos pone de manifiesto cómo el liberalismo conduce necesariamente al socialismo y al comunismo, que es la peste de nuestros tiempos.

Sobre todos sus escritos descuella El Liberalismo es pecado que reiteradamente hemos citado, precioso opúsculo que fue aprobado por muchos señores Obispos y que, denunciado por los católicos-liberales, mereció la más laudatoria aprobación de la Sagrada Congregación del Índice; su doctrina, por tanto, es segura.

Es de desear la mayor difusión posible de este folleto. Así se disiparán muchos errores y se formará claro concepto de la gravedad del liberalismo, que en sus principios es una verdadera herejía.

Aún viven muchos y muy valientes escritores que no cesan en la campaña contra el error liberal, que tantos males ha acarreado en el mundo y a nuestra Patria amadísima.

Hablando de los impugnadores del liberalismo no se puede prescindir de los periódicos. Imposible citar todos los que en España se han publicado con este notabilísimo empeño. Recordemos por vía de ejemplo El Fuerista y La Constancia de San Sebastián en la cual hizo muy memorables campañas patrióticas D. Juan de Olazábal, asesinado, a causa de ellas en Bilbao; El Pensamiento Navarro, La Tradición Navarra, de Pamplona; El Diario de Sevilla; El Observador de Cádiz; La Integridad de Tuy"; La Libertad de Valencia; El Correo Catalán y El Diario de Cataluña, de Barcelona; El Norte Catalán, de Vich; El Diario de Lérida, y tantos más, que es imposible citar. Pero no se pueden omitir los periódicos radicalmente antiliberales de Madrid El Pensamiento Español, El Correo Español y El Siglo Futuro, fundado en 1875 por D. Ramón Nocedal, periódico, que ha vivido hasta el 18 de julio de 1936, en que fue asaltada y saqueada su redacción por las hordas marxistas. Se puede decir que murió mártir de la causa antiliberal, que siempre sostuvo, sin desfallecer, contra toda clase de enemigos.

No han faltado, como se ve por lo expuesto, valientes adalides de la España católica, contra el liberalismo en las Cortes y en la prensa; pero además también se le ha combatido del modo que, según dice Sardá en el citado El Liberalismo es pecado, es más práctico, eficaz y conveniente: por medio de un partido o agrupación política que personifique las ideas antiliberales. Este partido es el tradicionalista carlista.

Partido que no ha ido a la política, entendido en el sentido vulgar y mezquino que ordinariamente se ha dado a esta palabra de cacicazgo y modo de satisfacer apetencias personales. En este sentido es verdaderamente abominable.

El partido o Comunión tradicionalista fue a la política, en el verdadero y levantado sentido de la palabra, según el cual política o el arte de gobernar bien a los pueblos, no es más –dice Sardá– que la aplicación de los grandes principios de la Religión al ordenamiento de la sociedad, por los debidos medios a su fin.

Si no hubiera partidos o agrupaciones liberales, no hubiera sido necesario que existiera una agrupación o partido o Comunión antiliberal.

Aquellas hacen necesaria la existencia de éstas. Esta es la razón de ser del partido o Comunión Tradicionalista, verdadera y radicalmente antiliberal, por lo cual su misión fue combatir el liberalismo y para ello propugnan por la restauración, como exige nuestra constitución secular, de la tradicional Monarquía española, que no es absoluta ni autoritaria, como lo fue en Francia y también en España en el siglo XVIII, por la influencia francesa, sino católica ante todo, templada, representativa y limitada por los organismos propios de la nación española y de las regiones que la integran, que hacen imposible las extralimitaciones del poder real que sean atropellados los legítimos derechos y libertades de los pueblos.

Esta unión de todos los pueblos de España se basa en la Unidad Católica, rota en los procedimientos de gobierno desde 1812, rota en la ley desde la Constitución del 69, rota también en la Constitución del 76, a pesar de haberla votado o aceptado muchos piísimos varones, y contra la cual, en este punto, protestó Pío IX, de imperecedera memoria.

Por eso, porque el Cristianismo es el que dio unidad a España es por lo que la Comunión Tradicionalista ha propugnado siempre por el restablecimiento de la unidad católica, incluso contra los que, admitiéndola como tesis, sostienen que no es posible en la hipótesis.

El proceder de los tradicionalistas ha sido aprobado por la Santa Sede, pues Pío X, de santa memoria, en la primera norma que dio a los católicos españoles decía textualmente: «Debe tenerse como principio cierto que en España se puede siempre sostener, como de hecho sostienen muchos nobilísimamente, La Tesis Católica Y Con Ella El Restablecimiento De La Unidad Religiosa. Es deber, además, de los católicos el combatir todos los errores reprobados por la Santa Sede, especialmente, los comprendidos en el Syllabus y las libertades de perdición, comprendidas en el derecho nuevo o «Liberalismo».

La doctrina no puede ser más autorizada y más clara y terminante.

Cumplamos, pues, el deber que nos impone el Papa; imitemos el ejemplo de nuestros predecesores y con el Syllabus, por bandera, trabajemos y luchemos siempre contra el liberalismo de toda clase, donde quiera y como quiera que se manifieste, y contra sus necesarias consecuencias, el socialismo y el comunismo, que están destruyendo las naciones.

Manuel Senante Martínez

Cristiandad
Revista quincenal año II, nº 26, páginas 183-186
Barcelona-Madrid, 15 de abril de 1945


miércoles, 12 de octubre de 2016

En el Día de la Hispanidad: Tradición frente a nacionalismo

No es dable entender la historia de las Españas si nos empeñamos en juzgar la edad dorada en que fuimos bandera universal y poderosa con los criterios de nuestro siglo, ni mucho menos si nos empeñamos, como suele suceder por desgracia, en usar de las retrasadas perspectivas deciminónicas. Para calibrar la realidad de las Españas clásicas es necesario dar de lado a los estrechos conceptos de nacionalismo y abrir los ojos a los fecundos gérmenes del ideario tradicionalista.

El nacionalismo fue, en la historia de las ideas políticas, hijo del positivismo. En aras de repudiar aquel sentido de lo histórico, los positivistas, que ya redujeron el hombre a recortada biología, pretendieron postergar la historia a sencillo apéndice de la naturaleza. Saltóse desde la naturaleza a aquel saber nuevo bárbaramente llamado Sociología, buscando entender las conexiones humanas con uso exclusivo de los datos que la naturaleza aportó.(...)

Es la historia que perdura lo que caracteriza a los grupos humanos. Los rasgos físicos valen, sí, más no por sí mismos, ni inmediatamente; cuentan en la medida en que han sido capaces de incidir en el proceso histórico de un pueblo. La raza, la lengua o la geografía han servido para matizar un proceso humano secular, o sea, para caracterizar una Tradición. Y cuentan sólo en la proporción en que ayudaron al desenvolvimiento del proceso histórico que cuajó en la Tradición, pasado vivo, diferenciadora entre las gentes.


El orbe de las Españas no ha de ser mirado desde ese retrasado positivismo de las nacionalidades entendidas a lo positivista, sino desde el ángulo de un tradicionalismo que asuma las realidades del quehacer histórico. Porque las Españas fueron una Monarquía federativa y misionera, varia y católica, formada por un manojo de pueblos dotados de peculiaridades de toda especie, raciales, lingüísticas, políticas, jurídicas y culturales, pero, eso sí, todos unidos por dos lazos indestructibles: la fe en el mismo Dios y la fidelidad al mismo Rey. Tan cierto es esto que dos hechos aparecen con luminosidad cegadora a cualquier estudioso de nuestros años magnos: primero, la monarquía era tan varia que hasta en los títulos variaba, pues que no había Rey de España, sino rey de Castilla o de Nápoles, duque de Milán o del Brabante, señor de Vizcaya o de Kandi, marqués del Finale o de Oristán, conde de Barcelona o del Franco-Condado; segundo, cada una de estas arquitecturas políticas de las Españas supusieron la autonomía institucional y la libertad, autonomía y libertad perdidas por dichos pueblos desde Cerdeña al Artois o desde Flandes a Sicilia, cuando la fuerza de las armas --y quede claro que jamás la voluntad de los pueblos españolísimos siempre-- las hicieron salir de la confederación de las Españas.

Francisco Elías de Tejada. El Franco-Condado Hispánico. Ediciones Jurra, Sevilla 1975. Capítulo I Puntos de Partida. 1. Presupuestos doctrinales.

Fuente: http://elmatinercarli.blogspot.com.es/2011/09/la-configuracion-de-las-espanas-aureas.html