domingo, 19 de julio de 2015

Treinta años de esclavitud (por Juan Manuel de Prada)

   Se anda celebrando en estos días el trigésimo aniversario de la «adhesión de España» a la Unión Europea, que es tanto como si el sifilítico terminal celebrase la fecha en la que contrajo el treponema. Treinta años de sometimiento y esclavitud, de desnaturalización y extrañamiento que han dejado a España convertida en un harapo en todos los órdenes, una colonia de cipayos que, mientras son ordeñados concienzudamente, mientras son despojados de sus tradiciones, mientras contemplan los muros desmoronados de la patria, siguen farfullando memeces sobre los años de «prosperidad» que la «adhesión» nos ha brindado y (risum teneatis) sobre una Europa de fantasía fundada en el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. Como diría Manolo Morán en Bienvenido, míster Marshall: «Cursiladas y mamarrachadas».

   Europa (la Europa verdadera, no esa versión de merengue que se han inventado los noños y los meapilas) nació de la ruptura con el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. La Europa verdadera nació como muy bien explica Elías de Tejada de la ruptura religiosa de Lutero, la ruptura ética de Maquiavelo, la ruptura política de Bodino, la ruptura jurídica de Hobbes y la ruptura social de la Paz de Westfalia; y estas cinco rupturas hallarían su desembocadura común en los procesos revolucionarios, de neta inspiración antiespañola. Pues el propósito de Europa fue siempre destruir España, algo que empezó a lograr a comienzos del XIX, hasta la rendición definitiva, consumada con la «adhesión» (en realidad rendición) de España a la UE.

   El profesor Miguel Ayuso, en El Estado en su laberinto, ha estudiado los destrozos políticos que ha causado nuestra rendición a la UE. Europa ha sido, en efecto, la culpable principal del clima «postestatal» que se respira en España, mediante la «transferencia de competencias estatales que implican su abandono y no una simple delegación» a brumosos organismos burocráticos con sede en Bruselas; así como de la dispersión del poder político en grotescos entes autonómicos que sólo se reconocen en una supranacionalidad europea igualmente grotesca. Toda esta desnaturalización y desintegración política nos refiere Ayuso nos ha convertido en rehenes de «organismos supranacionales que se han evidenciado vacíos de toda idea moral, como no lo sea la muy vaga y hasta aniquilante del pacifismo a ultranza». Esta debilitación del Estado señala también Ayuso ha culminado con «la rendición de la política a la administración del economicismo» al servicio de un neolibelismo globalizador que favorece a las grandes corporaciones multinacionales, a costa de desbaratar la economía natural de las naciones.

   La UE nos ha destruido políticamente; ha arruinado nuestra economía natural (sobornando a agricultores y ganaderos, cerrando nuestras fábricas y convirtiéndonos en suministradores de «servicios»); ha aniquilado todo vestigio de justicia social (todas las reformas laborales que hemos padecido han sido impuestas por los peleles de Bruselas, al servicio de la plutocracia internacional); y, en fin, ha arrasado nuestras tradiciones seculares, convirtiéndonos en masa cretinizada, desdiosada y «multicultural». ¡Ah, y nos ha facilitado el «acceso libre al porno», como señaló orgulloso el botarate que preside el Partido Popular Europeo!

   Ese descenso a la mierda es lo que celebramos en estos días. Pobre España, humillada, mendicante y genuflexa, convertida en sanatorio de sifilíticos terminales que le ponen una tarta con velitas al treponema que los convirtió en eunucos.

miércoles, 1 de julio de 2015

Carlismo: democracia directa

  Félix Igoa Garciandía, nacido en Echarri-Aranaz, Navarra, en 1917. Fue voluntario de la Partida Barandalla y del Tercio de Santiago. En el libro "Requetés" (Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga) nos muestra su testimonio y nos narra cómo era la vida en Echarri a comienzos de los años 30. Es curioso ver como, en los pueblos donde pervivía el carlismo, la participación municipal era mucho más democrática que la de los pueblos donde regía el sistema democrático liberal. Con sus propias palabras, Félix nos cuenta cómo se gestionaban entonces los municipios:

"Mi padre era analfabeto, un buen padre y muy trabajador, siempre en el monte, y aunque era carlista y poco hablaba de política, sí contaba de los antiguos auzos, unas casas donde se reunía todo el pueblo para tomar las decisiones. Allí se juntaban los vecinos de cara a eligir el ayuntamiento y el alcalde, a opinar sobre cosas importantes. Allí tenían voto todos: el más pobre y el más miserable tenían el mismo voto que el primero. Si no había arreglo, se hacía votación, y en caso de que no se ganara la votación por mayoría, si empataban, la gente mayor, los viejos, eran los que decidían. Eso era auténtica democracia, y oí mucho a mi padre hablar de eso. 

   Luego, de los auzos salía el auzolán: trabajos en balde de todos los vecinos en beneficio del pueblo. Se pagaba algún jornal: dos pesetas por día, y si aportabas mula o buey para el trabajo, cuatro pesetas. Entonces había más solidaridad entre la gente.

   Después de la guerra carlista fue un desastre para el pueblo: nos quitaron la propiedad comunal de la sierra, el derecho a montes; nos quitaron cosas esenciales para la vida del pueblo."