lunes, 5 de diciembre de 2016

El Rey como vicario de Dios

1 - Concepto de “rey”: 

1.1 - Los dos elementos de este concepto. 

“Rey” tanto quiere decir como “regidor” [Part. II, 9]. Así define terminológicamente el concepto de “rey” la Partida Segunda. Y la BSF, en la “nota” de la ficha de esta página, apostilla que el rey “es el que rige el gobierno del reino”. Para hacernos con el montante conceptual de este término, sabemos ya que hemos de adentrarnos en esta página. De este modo nos percatarnos de que detrás de la definición hay una concepción sacralizada del nombre de “rey”. Definir qué significa “rey” será captar un nombre sagrado.

Dios no es llamado “rey de reyes” por una eventual extrapolación antropocéntrica que, en sentido ascendente, apelara a lo divino, sino que, antes al contrario, el concepto de rey proviene de arriba abajo. El rey, en sí, es Dios mismo. Ontológico-nominalmente, la realeza desciende de Dios sobre el hombre rey. Este concepto, pues, es sagrado. Dice así:

“...tomó el rey nombre de nuestro señor Dios, que así como es dicho rey sobre todos los reyes, por que de él han nombre, y los gobierna, y los mantiene en su lugar en la tierra para hacer justicia y derecho.” [Part. II, 9]


Son los reyes de la tierra quienes, por descenso metafórico, reciben la sacralidad del nombre. Sin embargo, la definición nos ha dicho ya algo más que nos pone sobre una nueva pista: Dios, a los reyes “los mantiene en su lugar en la tierra... ” Un nuevo elemento radical se suma a la sacralidad del nombre. El rey es el vicario de Dios sobre la tierra. Así, pues, hay, al menos, dos elementos:
1/-La sacralidad del término.
2/-El rey es el vicario de Dios en la tierra.

Ambos elementos se encuentran siempre entrelazados cuando el texto hace referencia a la esencia del nombre de “rey”. Otro ejemplo de esto es el siguiente:

“... como el nombre de rey es de Dios, y tiene su lugar en tierra para hacer justicia y derecho y merced.” [Part. II, 80]

Al nombre, que pertenece al propio Dios, le es anejo sustancialmente la virtualidad de la vicaría divina. El nombre es de Dios; su portador, también.

El término es un nombre de Dios sobre la tierra, de la misma manera que el hombre que lo detenta es el señor de Dios sobre la tierra.

1.2 - Tres competencias de este concepto.

Sabemos, entonces, que la sacralidad del nombre de rey tiene que ver profundamente con el lugar de Dios que ocupa en el mundo. Veremos ahora que el vicario de Dios despliega su quehacer mundano mediante el ejercicio de tres compentencias consustanciales. Éstas son: la competencia éticojurídica, la competencia ontológica y la competencia reguladora.

El texto clave al respecto dice así: Los reyes han de “guardar en justicia y en verdad a los de su señorío. ... Rey tanto quiere decir como regla, que ... así por el rey son conocidos los yerros y enmendados.” [Part. II, 9] [Subr. mío]

La figura del rey se contruye a imagen de la del Dios cristiano: Dios es justicia; Dios es verdad; Dios es ley. Paralelamente, el rey impone la justicia sobre los hombres, tanto como conoce la verdad e impone reglas a la convivencia naturalmente.

También parece claro que en las Partidas nos encontramos con un rey que ha de resolver las escisiones propias de la adecuación entre el ser y el deber-ser (justicia), la adecuación entre intellectus et res (verdad) y, por último, la adecuación entre el ser y la instancia ordenadora, pues, finalmente, compete al rey enmendar y castigar todo desajuste ético y veritativo que se produzca. Por formularlo del modo más sucinto: el rey imparte justicia, conoce y regula y castiga.

La eficacia de estas competencia ínsitas al concepto de rey no pueden ser aprehendidas sino sobre la base de su caracterización como vicario de Dios.

El rey ocupa el lugar de Dios sobre la tierra para impartir justicia. Aquí radica su legitimidad. Es el propio Dios quien hace de un hombre el señor natural sobre los hombres. La autoridad real proviene de una emanación divina. Los reyes “tienen lugar de Dios sobre la tierra para hacer justicia.” [Part. III, 202] Y porque Dios es justicia divina, también su vicario en la tierra ha de ser justo. El rey es el señor temporal que Dios pone, en su “nombre” sobre la tierra. [II, 80]. Por eso el pueblo, al respetarle, reverencia a Dios [Part. II, 103], y por eso también quien mata al rey, arrebata a Dios a su vicario [Part. II., 98] y se hace acreedor a la mayor condena del mismo modo que si atentara contra Dios.

Asimismo, la designación por la mano de Dios del rey alude ya a que su legitimidad es exclusiva y directamente de procedencia divina. El deber de amar y temer al rey es el deber de amar y temer a Dios, pues todo poder y toda autoridad proceden de Dios. [Part. II, 89]. La alusión y la influencia
aquí del pasaje de la Epístola a los romanos es decisiva. Dice san Pablo:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.” [Ad Rom., 13.1]

Si añadimos que “el emperador es vicario de Dios en el Imperio para hacer justicia en lo temporal, bien así como es el Papa en lo espiritual” [Part. II, 4] obtenemos una especie de división del poder que emana directamente de lo divino. El rey en su reino y el papa en su papado tienen delimitada su autoridad por el propio Dios que así ha repartido los deberes. Así, pues, de la concepción del rey como vicario de Dios no puede seguirse nunca la noción de la realeza como emanación del poder del papado. El “rey vicario de Dios” es una fórmula refractaria a toda intencionalidad censora en lo temporal por parte del papado. La autoridad del rey está garantizada siempre en la medida en que es Dios quien ha delegado en él directamente, sin mediaciones ulteriores. Como rezan los formalismos jurídicos, es “rey por la gracia de Dios” [Part. III, 204, 205] de un modo radical y sin fisuras.

Por último, hemos de hacer referencia a la definición del concepto de “rey: vicario de Cristo” que encontramos al menos en dos ocasiones en las Partidas y que, indirectamente, impregna el propio concepto de “rey: vicario de Dios”.

La designación del rey, no ya como vicario de Dios, sino de su propio Hijo, Jesucristo, no debe llevarnos a pensar que supone la entrada sin más de las categorías de la realeza cristocéntrica frente a su evolución teocéntrica. La comprensión del rey como vicario de Cristo en las Partidas es meramente sinonímica, y hace referencia a la competencia ontológica del rey sobre la verdad y su competencia reguladora. Jesucristo dijo: “Yo soy la verdad”. Por correspondencia directa, el rey no puede mentir ni dejarse llevar por palabras engañosas, pues se convertiría en sentido estricto en incompetente. Se ve, pues, que la figura del Hijo de Dios aquí se menta al servicio del concepto de “rey: vicario de Dios”

El modo indirecto en que la figura de Cristo sobrevuela el concepto de “rey: vicario de Dios”, se deja traslucir en la caracterización del rey como un juez que imparte justicia compasivamente, nunca de un modo vengativo. [Part. II, 30, 70] El Dios furibundo de los judíos hacía tiempo que había dado paso al Dios del amor de Jesucristo. El rey, como el Dios del amor, es inapelablemente justo, pero nunca vengativo, pues los criminales son sus hijos, como los pecadores lo son de Dios. Así, pues, el componente regulativo del “rey: vicario de Dios” hace de éste una figura paternal que impone el orden y la punición desde el amor, nunca desde el capricho despótico.


2 - Despliegue metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”:

Sobre la base de la metáfora orgánica cabeza/cuerpo, nos proponemos ahora apuntar, siquiera esquemáticamente, cuatro momentos del desarrollo metafórico del concepto de “rey: vicario de Dios”.

2.1 - Metáfora orgánica del linaje: Cabeza/cuerpo = Rey/linaje.

La cuestión de la traición es uno de los puntos más recurrentes en las Partidas. Encontramos un momento decisivo de esta cuestión, cuando el autor baraja la posibilidad de la alta traición que un familiar propio puede ejercer contra el rey. Se habla, entonces, de la condena al destierro del traidor en los términos de una amputación del cuerpo del rey.

“Que si el hombre hace cortar el miembro de su mismo cuerpo cuando es corrompido por que no le corrompa los otros, mucho más debe de sí alongar los parientes que le estorbasen manifiestamente, porque ellos ho hayan de hacer mal que deje su linaje mancillado, ni tomen los otros ejemplo para hacer otro tal.”[Part. II, 47]

El rey, aquí, aparece como la cabeza de su propio linaje, que haría las veces de su cuerpo. El cuerpo del rey es su linaje. Como consecuencia de la virtualidad de esta metáfora, el concepto político de castigo queda equidistante del concepto médico de curación. Castigo es curación como traición es enfermedad. El traidor es la parte enferma del linaje real que el rey ha de amputar antes de que se extienda el mal. Así, la propagación de la enfermedad física se corresponde con el proceso de extensión de la rebelión. La fórmula cortar por lo sano obtiene así una caracterización plástica radical.

Esta metáfora se ajusta a la competencia reguladora que las Partidas le han asignado al “rey: vicario de Dios”. En la medida en que el rey ajusta los procesos ético-jurídicos de adecuación (injusticia de la traición), percibe cuál es su deber regulador justo cuando capta el desajuste (la traición): el rey, en consecuencia, debe imponer un severo castigo que sirva a la salubridad del cuerpo de su propio linaje.

2.2 - Metáfora orgánica epistemológica: Cabeza/cuerpo = Entendimiento/sentidos.

La potencialidad de la metáfora orgánica tiene su correspondiente estructural a nivel del conocimiento. Aquí la identidad es funcional. El entendimiento sería el rey del cuerpo en la medida en que es el ordenador de los sentidos.

“...que así como Dios puso el entendimiento en la cabeza del hombre, que es sobre todo el cuerpo el más noble lugar, y lo hizo como rey y quiso que todos los sentidos y los miembros ... le obedecieran ... ” [Part. II, 47]

Las competencias sustanciales del rey se vehiculan en una imagen somática. La competencia ético-jurídica del rey equivaldría al orden que el entendimiento da a las imágenes que le proporcionan los sentidos; la competencia ontológica resulta de la correcta comprensión de la realidad por parte del entendimiento, y la competencia reguladora, de la capacidad para juzgar sobre el bien y la verdad propia del juicio. El vicario de Dios es aquél hombre cuyos sentidos y cuyo entendimiento han de obrar del modo más perfecto en lo temporal, en orden a impartir justicia y aprehender la verdad.

2.3 - Metáfora orgánica del Consejo: Cabeza/cuerpo = Rey/Consejo.

El rey aquí es la cabeza, mientras que su consejo de ricos-hombres son como su cuerpo. El rey más su consejo representan el Estado. 

“Cabeza del reino llamaron los sabios al rey ..., y a los hombres nobles del reino [su consejo] como miembros. ... los miembros deben ser bien sanos..., de seso y de entendimiento, pues han de aconsejar al rey en los grandes hechos.” [Part. II, 52]

Esta concreción de la metáfora orgánica es incongruente con la orgánica epistemológica, como veremos inmediatamente. Con ello trataremos de demostrar que no es posible establecer correlaciones lógicas inmediatas y totales que permitan un ajuste y un tránsito desde una concreción de la metáfora orgánica a otra.

Si el rey es la cabeza y su consejo el cuerpo, siendo como es uno de los atributos del consejo el buen entendimiento, ¿cómo puede residir el buen entendimiento en otro sitio que no sea la cabeza del rey? ¿Cómo puede estar el buen entendimiento a la vez en la cabeza (que es el rey) y en el cuerpo (que es el consejo)? Si tratáramos de ofrecer un ajuste entre ambas imágenes de la metáfora, obtendríamos un monstruo bicéfalo. Esto no es una dificultad de la metáfora, sino más bien un modo ilegítimo de abordar sus transformaciones, pues no es posible una adecuación radical y lógica de las múltiples fluctuaciones con que pueda presentársenos. La metáfora se puede “entender”, pero no reducir conceptualmente. Agrupa conceptos en múltiples imágenes, pero se escapa a todo deseo de conceptualización. Su despliegue plástico no sólo se nos escapa en el presente, sino que puede adoptar transfiguraciones insospechadas en el futuro.

Desde este punto de vista, la competencia ontológica y de juicio del rey, la compartiría con su consejo, al cual la metáfora le permite ser también poseedor de entendimiento careciendo de cabeza en sí mismo.


2.4 - Metáfora orgánica de los oficiales: Cabeza/miembros = Rey/oficiales servidores.

Los oficiales y servidores del rey son presentados como los miembros físicos del cuerpo del rey. Así, los merinos mayores serían como las manos del propio rey: 

“...tal oficial como este ... en semejanza de las manos rey, que se extienden por todas las tierras ... para hacer justicia ... y ... enderezar los yerros.” [Part.II, 63]

La continua complejización del dominio hizo necesario delegar en oficiales, cuya dignidad, no evidente por sí misma, se legitimó como si se tratara de la manifestación de una parte del cuerpo del propio rey. El merino, cuando imponía castigo, debía ser obedecido porque era la mano del rey quien lo imponía, haciendo uso de su competencia reguladora, como vicario de Dios. Esta delegación de funciones, pues, tiene su referente metafórico en la transustanciación de un oficial como parte de la corporeidad real. La función deliberativa que se pone de manifiesto en la metáfora del Rey/consejo, tiene su correspondencia en la función jurídica y coercitiva de esta. El consejo piensa y los oficiales, ajustándose a lo pensado por el rey con el consejo, lo ejecutan.

2.5 - Metáfora paternal: Rey/pueblo = Padre/hijos.

El rey es el padre del pueblo, el cual es definido como el “ayuntamiento de todos”, como Dios lo es de toda la humanidad. Y como un padre no puede castigar sino con amor al hijo, el rey nunca es vengativo al castigar. 

Mas aquí ya no estamos ante una metáfora orgánica. Ésta es más propia de las relaciones de parentesco universal que predicaba el Mesías. Es el Dios amoroso el que da el tono al ejercicio de la competencia reguladora del “rey: vicario de Dios.” Aquí el rey, sin embargo, no encarna la figura de Cristo, sino la del Padre. El rey no es uno más entre los hermanos; sino precisamente el Padre que vela por los hijos. De este modo, los atributos del vicario de Dios son los del Padre pero contrarrestados con el amor universal propugnado por el Hijo.

Asimismo, a esta metáfora habría que ponerla en correlación con la orgánica cabeza/cuerpo para comprender por qué la guerra civil es definida en las Partidas con la bella imagen de la guerra interna como guerra dentro del cuerpo. Aquí, también, vendrían a colación los componentes sobre la traición al rey como enfermedad del cuerpo del rey. Nos movemos ahora por las bifurcaciones de la metafórica corporativa. El cuerpo, que es la universitas del pueblo, cuando se desajusta, enferma del mismo modo que el Estado en que los hermanos se matan entre sí.

domingo, 16 de octubre de 2016

Constante lucha de la verdadera España contra el liberalismo

Manuel Senante Martínez

Gloria inmarcesible de Recaredo es haber proclamado en el Concilio III de Toledo la Unidad Católica en nuestra Patria.

Desde entonces España ha luchado siempre denodadamente contra todos los errores que han querido arrebatarle esa joya preciadísima, que es el timbre más preclaro de su bandera y de su historia, y lo que constituye la esencia de nuestra nacionalidad.

Porque la Religión Católica, no es sólo un sentimiento, que se incorpora a nuestra vida nacional, como alguien ha dicho.

Es más, mucho más, infinitamente más que eso. Es la creencia, la norma de Fe que ha dado a España la unidad nacional, la cual sin ella no hubiera sido posible, y sólo por ella, como ha dicho Menéndez y Pelayo, adquirió nuestro pueblo vida propia y conciencia unánime; sólo por ella arraigaron nuestras instituciones y fue la Unidad Católica la que hizo la grandeza de España en el siglo de Oro.

La Religión Católica es, pues, el fundamento, la piedra angular del cimiento de la nación española.

Contra la Unidad Católica se han levantado muchos errores, pero quizás el más temible haya sido el liberalismo, verdadera lepra de la sociedad, como lo califica una doctísima pluma, error cuyos efectos y cuyas influencias han llegado hasta nuestros días.

Y decimos el más temible, porque afectando formas muy diversas, desde el liberalismo exaltado y declarado enemigo de la Religión, hasta el que, el gran Sardá y Salvany en su libro inmortal calificó de mojigato, semimístico arrullado y casi bautizado en Cádiz con la invocación de la Santísima Trinidad, ha arrastrado a muchas gentes de bien, que abominando de sus principios han aceptado sus consecuencias, y con su liberalismo de cirio en mano y cruz en rostro, como decía el mismo Sardá, han contribuido a que se mantuviese en el Gobierno de España y en las leyes tan grave error, cuyas funestas consecuencias, tantas veces previstas y anunciadas por escritores y diputados tradicionalistas, hemos desgraciadamente sufrido en nuestros días.

Pero antes de pasar adelante, y por lo mismo que hoy tanto se habla contra el liberalismo, conviene precisar brevemente lo que es y lo que no es liberalismo, aunque a muchas gentes lo parezca.

El liberalismo, en síntesis, es la emancipación social de la ley cristiana, o sea, el naturalismo político. Es decir que liberalismo es desconocer, ya en el orden de los principios ya en el de los hechos, la suprema autoridad de Dios, no sólo sobre el individuo, sino también sobre las naciones y los Estados, que deben acatar y someterse en todo a la ley natural y divina, contra lo cual nada pueden legislar ni establecer.

Por consiguiente, las formas de gobierno, de suyo no son liberalismo, como atinadamente expone el citado Sardá y Salvany, en su áureo libro El liberalismo es pecado que fue aprobado por muchos señores Obispos y también con muy laudatorias frases por la Sagrada Congregación del Índice. ¡Lástima grande que no sea más conocido y estudiado tan precioso libro en que se expone sólidamente con irrefutables argumentos, la doctrina sobre el liberalismo, siempre de actualidad!

Por tanto, ni la República ni la democracia, ni los Gobiernos populares ni la Monarquía absoluta o templada son de suyo liberalismo, «con tal que acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de Él y se sujeten en su ejercicio al criterio inviolable de la ley cristiana».

En cambio hay cosas que no pareciendo liberalismo lo son. En este caso se halla toda República o Monarquía por muy absoluta que sea, que no base su legislación sobre principios del derecho católico, sobre la rigurosa observancia y respeto a los derechos de la Iglesia, y vaya contra los dictados de la ley natural que reconoce los derechos y libertades legítimas de los pueblos. Tales Gobiernos, aunque tengan aherrojada a la Prensa, aunque azoten con barra de hierro a sus vasallos, serán Gobiernos perfectamente liberales, por más que no sean libres los pueblos que rijan.

Dedúcese de aquí que el llamado totalitarismo, hoy tan en boga, es un régimen verdaderamente liberal, porque atribuye al Estado una autoridad y un poder que van contra la ley natural y divina. Y así, la Sagrada Congregación de Seminarios y Estudios, declaró errónea la proposición que dice: «El hombre no existe sino por el Estado y para el Estado. Todo lo que él posea en derecho se deriva únicamente de una concesión del Estado».

El Excmo. señor Cardenal Arzobispo de Sevilla, en su Pastoral de 30 de diciembre de 1943 relativa a la condenación de errores modernos, añade a continuación de esta cita: «Al conjunto de doctrinas que constituyen esta paganización de los pueblos, y en las que se basa este principio erróneo, se le denomina con el nombre de totalitarismo».

Cierto que de ordinario el liberalismo ha escogido las formas democráticas y populares, pero también ha encarnado en formas monárquicas y autoritarias de las que tantos ejemplos hay en la Historia.

Tales son las Monarquías y los Gobiernos que prohíben la publicación y ejecución de bulas, breves y despachos pontificios sin el previo asentimiento del poder civil, incurriendo con ello en las proposiciones XX y XXVIII de las condenadas en el Syllabus, y son por tanto, eminentemente liberales.

No fue así la tradicional y venerada Monarquía española, que como dice Menéndez Pelayo, era cristiana en su esencia y democrática en su forma; es decir, reconocía y respetaba los derechos de los pueblos y las instituciones seculares, dique y valladar que hacía imposibles las extralimitaciones del poder real.

No ha de asustarnos, pues, el concepto de democracia, rectamente entendida, como nos enseña la Santidad de Pío XII en el mensaje radiado, con motivo de las fiestas de Navidad, sobre el problema de la democracia.

«Los pueblos, dice el Papa, por una amarga experiencia se oponen con mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, incontrolable e intangible y exigen un sistema de gobierno que sea más compatible con la dignidad y con la libertad de los ciudadanos». Y recuerda que, según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido preferir Gobiernos moderados de forma popular salvando, con todo, la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público.

No hay que confundir, pues, el liberalismo con las formas de gobierno. A todas se adapta y todas las puede convertir en instrumento de su obra destructora de la sociedad cristiana.

Presenta el liberalismo muy diferentes aspectos, grados y matices, desde el exaltado y como se dice anticlerical furibundo, al más moderado y conservador, llegando hasta el liberalismo católico o catolicismo liberal reiteradamente condenado por Pío IX, de santa memoria, en muy solemnes ocasiones, como condenó el liberalismo todo, sin distinción, en la proposición LXXX del Syllabus. Contra el liberalismo de todas clases y matices ha luchado siempre España con la espada y con la pluma, en los campos de batalla y en las Asambleas legislativas.

Puede afirmarse que la primera vez que con las armas se levantó España contra el liberalismo fue en la guerra de la Independencia que tanto como española y de independencia, fue guerra de religión contra las ideas del siglo XVIII difundidas por las legiones napoleónicas que las importaron a España.

Cierto que durante todo aquel siglo penetraron en nuestra Patria con la Enciclopedia y los resabios del jansenismo, ideas que, en realidad eran el substratum del liberalismo, pero fueron las armas francesas las que trajeron las influencias de la Revolución con los principios liberales y fue entonces, en España, donde se les dio este nombre, calificando de serviles a los defensores de la gloriosa tradición española y de liberales a los mantenedores de la soberanía nacional, y de todas las novedades revolucionarias.

Despertó valientemente España, y, como dice Menéndez Pelayo, se organizó la resistencia democráticamente y a la española, avivada y enfervorizada por el espíritu religioso que vivía íntegro en el pueblo, y acaudillada y dirigida en gran parte, por los frailes, pues los cortesanos, los abates, los literatos, los economistas y los filántropos tomaron muy desde el principio el partido de los franceses.

Reintegrado Fernando VII al trono de España y cumplidos con ello los deseos de los buenos españoles, cuyas aspiraciones se condensaban en el manifiesto que, firmado por buen número de diputados, le presentó en Valencia Nozo de Rosales, inspirado todo él en la doctrina tradicionalista, vieron defraudadas sus esperanzas, pues Fernando VII no acertó a restaurar la tradicional y venerada Monarquía española sino que entronizó un absolutismo ajeno por completo a ella y dio entrada a los afrancesados y a los amigos del «despotismo ilustrado» discípulos de la Enciclopedia, liberales como los legisladores de Cádiz, con todo lo cual acabó por sublevar los ánimos del verdadero partido tradicionalista.

Y comenzaron las insurrecciones realistas que algunos con razón han calificado de precarlistas y que siempre fueron en defensa de los intereses espirituales. No iban contra el Rey al que suponían secuestrado, sino contra los procedimientos de gobierno que con razón calificaban de liberales, y contra la conducta observada con la Iglesia a la que se ofendía con alardes de regalismo, retenciones de bulas y otros agravios.

Hubo levantamientos realistas en Álava (que fue el primero), Ávila, Burgos, Asturias, Galicia; el dirigido por don Jerónimo Merino, el famoso cura Merino que lo era de Villaviado, los de Vizcaya, Navarra, donde se constituye una junta gubernativa, Cataluña, capitaneada por el barón de Eroles, y en general en todas las regiones de España, multiplicándose por toda ella las juntas realistas. Se constituyó la Regencia de Urgel que dirigió una proclama a los españoles manteniendo los principios tradicionalistas, y prosiguieron la guerra contra el liberalismo los llamados ejércitos de la Fe; sin lograr el apetecido triunfo, aunque en muchas ocasiones obtuvieron señaladas victorias.

Estalla en Cataluña en 1827 la segunda guerra llamada "dels mal contents" o de los agraviados que pronto se extendió a toda España, y aunque tampoco logró la victoria, fue otra lucha del partido tradicionalista neto contra el liberalismo entronizado en las esferas del poder.

Justo es observar que en el tiempo de las primeras guerras no se luchó por la cuestión dinástica. Vivía Fernando VII y no había llegado el momento en que, faltando a la ley, se proclamó reina de España a Isabel, desconociendo los derechos de don Carlos al trono.

No fueron, pues, guerras dinásticas, sino verdaderas guerras contra el liberalismo, que informaba la actuación de aquellos Gobiernos y que había provocado desmanes y atentados, no sólo contra los tradicionalistas, sino contra personas y cosas sagradas atropellando los derechos de la Iglesia.

Cierto que en la tercera guerra, suscitada a la muerte de Fernando VII, se luchó también por el derecho de don Carlos a ocupar el trono, pero don Carlos abrazó la causa de la Tradición española y por eso esta guerra fue, como todas las anteriores, por la España católica, tradicional, contra el liberalismo que se amparaba en el trono de Isabel.

Lucharon, pues, los tradicionalistas en aquellas tres guerras, como han luchado en nuestros días, y como luchó España en la guerra de la Independencia, por Dios, por la Patria y por el Rey, lema de su bandera enaltecido por la sangre de tantos héroes; lucharon contra el liberalismo disolvente, que necesariamente lleva al socialismo y al comunismo, como han demostrado plumas autorizadas y como estamos viendo en nuestros días, en que se ha llegado a las funestas y necesarias consecuencias de la herejía liberal.

Pero como ya se ha dicho, no sólo ha luchado España contra el liberalismo con la espada en los campos de batalla, sino también con la pluma y en las asambleas legislativas.

En las tristemente famosas Cortes de Cádiz, detrás de la máscara de piedad con que fueron inauguradas, y a pesar de declararse en ellas que la religión del Estado era la católica, latía el espíritu liberal de la Revolución francesa con la declaración de los derechos del hombre. Contra ese espíritu, puesto bien de manifiesto en el artículo en que se decía que la soberanía reside esencialmente en la nación, se levantaron valientes impugnadores como Dorrull, Anguiriano, Obispo de Calahorra, Inguanzo, más tarde Arzobispo de Toledo. Todos ellos sostuvieron la doctrina tradicionalista sobre la soberanía, y todos ellos hicieron la apología de las Cortes tradicionales en que estaban representadas orgánicamente las clases de la sociedad e impedían cualquier posible extralimitación de los Reyes contra los derechos legítimos reconocidos por la ley natural a los pueblos. Si no fuera por no dar demasiada extensión a este artículo, merecerían ser copiados algunos pasajes muy elocuentes de aquellos beneméritos diputados, que con gran valor y gallardía afrontaron las voces y los insultos de la chusma, reclutada por los liberales, que llenaban la galería del local en que las Cortes deliberaban. 

Especial mención merece también el P. Fray Francisco Alvarado, que con el pseudónimo de "El Filósofo Rancio" escribió las que llamó Cartas críticas que han alcanzado merecidísima celebridad. En ellas impugna las novedades nocivas del liberalismo, aboga por la Monarquía y por las libertades legítimas del pueblo, reconocidas en nuestras antiguas leyes, por lo cual el Monarca, mediante sagrado juramento, se comprometía a guardar los fueros de las regiones españolas.

Otro campeón de la causa católica y española y por ende tradicionalista, fue Fray Rafael Vélez, después Arzobispo de Santiago. En su conocida obra Apología del Altar y del Trono que alcanzó inmensa popularidad por el cúmulo de noticias históricas que encierra, impugnó victoriosamente las doctrinas liberales de la Constitución y de algunos diarios y escritos en que tales novedades se sustentaban.

Años después impugnaron el liberalismo Balmes y Donoso Cortés quienes, en frase de un ilustre autor, comprendían el movimiento católico desde 1834.

Los Escritos políticos y El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización europea, de Balmes, son un manantial inagotable de doctrina sólida y en ellos pulveriza todos los errores del naturalismo y del liberalismo y ha vindicado a la Iglesia Católica en sus relaciones con la civilización de los pueblos.

De Donoso Cortés es famoso su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo en el que, a pesar de su estilo oratorio que le hacía incurrir a veces en inexactitudes de expresión, y de algunos conceptos que no pueden aprobarse, impugnó valientemente las disolventes doctrinas del liberalismo y expuso acertadamente una filosofía social, que ha dado grandísima celebridad al libro, el cual ha sobrevivido a todos sus impugnadores.

A pesar de los constantes atropellos que los Gobiernos liberales cometían o toleraban contra la Iglesia, sus ministros y las órdenes religiosas, se mantenía en la Constitución la unidad religiosa en España.

Ese texto legal no se traducía en los hechos, demostrando una vez más que el liberalismo sabe encubrirse con capa de religión cuando así conviene a sus fines. Por eso no podía darse crédito a las palabras de la Constitución, como no se pudo dar a las del intruso Pepe Botella, cuando dijo, en Bayona, que debía considerarse feliz a España porque en ella sólo se daba culto a la religión verdadera, que había de mantenerse con exclusión de toda otra.

Pero llegó el año 68, y en él se desataron las iras infernales, quemando iglesias, asaltando conventos, y asesinando a sacerdotes y religiosos. Era como un anticipo de lo que desgraciadamente hemos visto en nuestros días.

Reunidas aquellas Cortes revolucionarias, se presentó el proyecto de Constitución en que abiertamente se proclamaba la libertad de cultos, uno de los postulados del liberalismo, aceptado también por los liberales católicos alegando que así lo piden los tiempos modernos. ¡Lamentable hipótesis, que tantos males ha ocasionado!

En aquellas Cortes desataron sus lenguas viperinas los liberales rabiosos, con tales ataques a la Religión Católica y a la Iglesia, que a la sesión del 26 de abril de 1869 se la ha llamado la «de las blasfemias».

En defensa de la Unidad Católica pronunciaron brillantísimos discursos el Cardenal Cuesta, el Cardenal Monescillo, entonces Obispo de Jaén, Manterola, Canónigo de Vitoria, Ortiz de Zárate, Ochoa, Vinader y otros, todos los cuales impugnaron valientemente los errores del liberalismo.

Y no sólo en las Cortes; también fuera de ellas tuvo ardientes defensores la Unidad Católica y remitieron a las Cortes una petición en favor de la misma con más de tres millones de firmas.

A pesar de tan gallarda defensa, se impuso el criterio del liberalismo sectario y en la sesión del 5 de junio de 1869 sucumbió la Unidad Católica en la Constitución liberal de España, una de las llamadas "de papel" que hemos padecido, tan contrarias a la Constitución secular de nuestro pueblo.

Siguió después desencadenada la persecución liberal contra la Iglesia en términos verdaderamente escandalosos, que los límites de un artículo no permiten relatar minuciosamente, en medio de la cual se destaca el valiente proceder del Episcopado español que no cesó de levantar su voz autorizada contra los atropellos y desmanes del liberalismo.

También tuvo éste decididos impugnadores en las Cortes del 71, en las cuales «la minoría católico-monárquica, o sea, carlista (son palabras de Menéndez Pelayo), fuerte y compacta en aquel congreso más que en ninguno y dirigida por un jefe habilísimo y nada bisoño en achaques parlamentarios (don Cándido Nocedal) alcanzó señalados triunfos contra el liberalismo hasta el punto de obtener como consecuencia forzosa de la libertad de asociación que la Constitución proclamaba el restablecimiento de las Comunidades religiosas».

En las mismas Cortes, don Cándido y don Ramón Nocedal, como dice también Menéndez Pelayo, defendieron valerosamente a la Compañía de Jesús, a la que algunos diputados querían incluir entre las asociaciones ilegales.

Brillante fue, pues, en aquellas Cortes la campaña de la minoría católico-monárquica, es decir, carlista, contra el liberalismo. En ellas estaban los Nocedal, padre e hijo, Aparisi Guijarro, Carbonero y Sol, Barrio y Mier, Martínez Izquierdo, después Obispo de Salamanca, Gabino Tejado, Sánchez del Campo, Vinader, y otros muchos hasta casi 70, todos ellos meritísimos.

En todas las Cortes posteriores hubo también valientes diputados y senadores de las minorías tradicionalistas que prosiguieron la lucha contra el liberalismo, incluso en las de la República última, de execrable memoria. En ellas brillaron, por citar sólo algunos de los que ya murieron Ramón Nocedal, Barrio y Mier, Feliu, Ramery, Lamamié de Clairac (don Juan), Pradera y Olozábal, mártires gloriosos, estos dos últimos, de nuestra cruzada, y el incomparable Mella, pensador profundo, orador elocuentísimo e invencible debelador del liberalismo.

No es posible pasar en silencio, hablando de la lucha contra el liberalismo, escritores que en la prensa periódica o en los libros arremetieron pluma en ristre contra el error liberal. Tales fueron entre otros muchos Gabino Tejado autor de El catolicismo liberal, Navarro Villoslada, Fernández Valbuena, Obispo auxiliar que fue de Santiago, autor de La herejía liberal, Aparisi y Guijarro, los PP. Juan Mir, Julio Alarcón y Fidel Fita, de la Compañía de Jesús, los dominicos Fray Joaquín de Larroca y Fray José Mª Fonseca, el franciscano Fray Francisco Manuel Malo, D. Pedro Casas, Obispo que fue de Plasencia y D. Pedro Rocamora, que lo fue de Tortosa, y el Sr. Marrodan, de Tarazona, Fr. Ezequiel Moreno, Obispo de Pasto, D. Zacarías Metola, Lectoral de Burgos, Roca y Ponsa, Canónigo de Sevilla, D. Manuel Sánchez Asensio, D. Cristóbal Botella, D. Prudencio de Lapaza Martiartu, Eneas y tantos y tantos que con gran valor y maestría combatieron con la pluma el funestísimo error liberal.

Y no podemos pasar en silencio el nombre de D. Francisco Mateos Gago, sabio orientalista, y polemista incansable que con su valiente y doctísima pluma arremetió siempre contra toda casta de liberales y mestizos.

También merece especial mención el que fue Decano del Tribunal de la Rota D. José Fernández Montaña, autor de las Lecciones sobre el Syllabus y afortunadísimo vindicador de la memoria de Felipe II, aquel gran Rey tan calumniado por liberales de toda laya; D. Luis María de Llauder, fundador de El Correo Catalán y El Correo Español; Rdo. D. Emilio Ruiz Muñoz (Fabio) y Rdo. D. Antonio Sanz Cerrada (Fray Junípero), ambos mártires de la Cruzada, así como D. Genaro Fernández Yánez.

De intento hemos dejado para citar el último al gran Sardá y Salvany, por lo mismo que en eficacia es el primero entre los que han combatido el error liberal. Dignos de leerse son sus obras y sus artículos, en todos los cuales hay sanísima doctrina antiliberal y en muchos pone de manifiesto cómo el liberalismo conduce necesariamente al socialismo y al comunismo, que es la peste de nuestros tiempos.

Sobre todos sus escritos descuella El Liberalismo es pecado que reiteradamente hemos citado, precioso opúsculo que fue aprobado por muchos señores Obispos y que, denunciado por los católicos-liberales, mereció la más laudatoria aprobación de la Sagrada Congregación del Índice; su doctrina, por tanto, es segura.

Es de desear la mayor difusión posible de este folleto. Así se disiparán muchos errores y se formará claro concepto de la gravedad del liberalismo, que en sus principios es una verdadera herejía.

Aún viven muchos y muy valientes escritores que no cesan en la campaña contra el error liberal, que tantos males ha acarreado en el mundo y a nuestra Patria amadísima.

Hablando de los impugnadores del liberalismo no se puede prescindir de los periódicos. Imposible citar todos los que en España se han publicado con este notabilísimo empeño. Recordemos por vía de ejemplo El Fuerista y La Constancia de San Sebastián en la cual hizo muy memorables campañas patrióticas D. Juan de Olazábal, asesinado, a causa de ellas en Bilbao; El Pensamiento Navarro, La Tradición Navarra, de Pamplona; El Diario de Sevilla; El Observador de Cádiz; La Integridad de Tuy"; La Libertad de Valencia; El Correo Catalán y El Diario de Cataluña, de Barcelona; El Norte Catalán, de Vich; El Diario de Lérida, y tantos más, que es imposible citar. Pero no se pueden omitir los periódicos radicalmente antiliberales de Madrid El Pensamiento Español, El Correo Español y El Siglo Futuro, fundado en 1875 por D. Ramón Nocedal, periódico, que ha vivido hasta el 18 de julio de 1936, en que fue asaltada y saqueada su redacción por las hordas marxistas. Se puede decir que murió mártir de la causa antiliberal, que siempre sostuvo, sin desfallecer, contra toda clase de enemigos.

No han faltado, como se ve por lo expuesto, valientes adalides de la España católica, contra el liberalismo en las Cortes y en la prensa; pero además también se le ha combatido del modo que, según dice Sardá en el citado El Liberalismo es pecado, es más práctico, eficaz y conveniente: por medio de un partido o agrupación política que personifique las ideas antiliberales. Este partido es el tradicionalista carlista.

Partido que no ha ido a la política, entendido en el sentido vulgar y mezquino que ordinariamente se ha dado a esta palabra de cacicazgo y modo de satisfacer apetencias personales. En este sentido es verdaderamente abominable.

El partido o Comunión tradicionalista fue a la política, en el verdadero y levantado sentido de la palabra, según el cual política o el arte de gobernar bien a los pueblos, no es más –dice Sardá– que la aplicación de los grandes principios de la Religión al ordenamiento de la sociedad, por los debidos medios a su fin.

Si no hubiera partidos o agrupaciones liberales, no hubiera sido necesario que existiera una agrupación o partido o Comunión antiliberal.

Aquellas hacen necesaria la existencia de éstas. Esta es la razón de ser del partido o Comunión Tradicionalista, verdadera y radicalmente antiliberal, por lo cual su misión fue combatir el liberalismo y para ello propugnan por la restauración, como exige nuestra constitución secular, de la tradicional Monarquía española, que no es absoluta ni autoritaria, como lo fue en Francia y también en España en el siglo XVIII, por la influencia francesa, sino católica ante todo, templada, representativa y limitada por los organismos propios de la nación española y de las regiones que la integran, que hacen imposible las extralimitaciones del poder real que sean atropellados los legítimos derechos y libertades de los pueblos.

Esta unión de todos los pueblos de España se basa en la Unidad Católica, rota en los procedimientos de gobierno desde 1812, rota en la ley desde la Constitución del 69, rota también en la Constitución del 76, a pesar de haberla votado o aceptado muchos piísimos varones, y contra la cual, en este punto, protestó Pío IX, de imperecedera memoria.

Por eso, porque el Cristianismo es el que dio unidad a España es por lo que la Comunión Tradicionalista ha propugnado siempre por el restablecimiento de la unidad católica, incluso contra los que, admitiéndola como tesis, sostienen que no es posible en la hipótesis.

El proceder de los tradicionalistas ha sido aprobado por la Santa Sede, pues Pío X, de santa memoria, en la primera norma que dio a los católicos españoles decía textualmente: «Debe tenerse como principio cierto que en España se puede siempre sostener, como de hecho sostienen muchos nobilísimamente, La Tesis Católica Y Con Ella El Restablecimiento De La Unidad Religiosa. Es deber, además, de los católicos el combatir todos los errores reprobados por la Santa Sede, especialmente, los comprendidos en el Syllabus y las libertades de perdición, comprendidas en el derecho nuevo o «Liberalismo».

La doctrina no puede ser más autorizada y más clara y terminante.

Cumplamos, pues, el deber que nos impone el Papa; imitemos el ejemplo de nuestros predecesores y con el Syllabus, por bandera, trabajemos y luchemos siempre contra el liberalismo de toda clase, donde quiera y como quiera que se manifieste, y contra sus necesarias consecuencias, el socialismo y el comunismo, que están destruyendo las naciones.

Manuel Senante Martínez

Cristiandad
Revista quincenal año II, nº 26, páginas 183-186
Barcelona-Madrid, 15 de abril de 1945


miércoles, 12 de octubre de 2016

En el Día de la Hispanidad: Tradición frente a nacionalismo

No es dable entender la historia de las Españas si nos empeñamos en juzgar la edad dorada en que fuimos bandera universal y poderosa con los criterios de nuestro siglo, ni mucho menos si nos empeñamos, como suele suceder por desgracia, en usar de las retrasadas perspectivas deciminónicas. Para calibrar la realidad de las Españas clásicas es necesario dar de lado a los estrechos conceptos de nacionalismo y abrir los ojos a los fecundos gérmenes del ideario tradicionalista.

El nacionalismo fue, en la historia de las ideas políticas, hijo del positivismo. En aras de repudiar aquel sentido de lo histórico, los positivistas, que ya redujeron el hombre a recortada biología, pretendieron postergar la historia a sencillo apéndice de la naturaleza. Saltóse desde la naturaleza a aquel saber nuevo bárbaramente llamado Sociología, buscando entender las conexiones humanas con uso exclusivo de los datos que la naturaleza aportó.(...)

Es la historia que perdura lo que caracteriza a los grupos humanos. Los rasgos físicos valen, sí, más no por sí mismos, ni inmediatamente; cuentan en la medida en que han sido capaces de incidir en el proceso histórico de un pueblo. La raza, la lengua o la geografía han servido para matizar un proceso humano secular, o sea, para caracterizar una Tradición. Y cuentan sólo en la proporción en que ayudaron al desenvolvimiento del proceso histórico que cuajó en la Tradición, pasado vivo, diferenciadora entre las gentes.


El orbe de las Españas no ha de ser mirado desde ese retrasado positivismo de las nacionalidades entendidas a lo positivista, sino desde el ángulo de un tradicionalismo que asuma las realidades del quehacer histórico. Porque las Españas fueron una Monarquía federativa y misionera, varia y católica, formada por un manojo de pueblos dotados de peculiaridades de toda especie, raciales, lingüísticas, políticas, jurídicas y culturales, pero, eso sí, todos unidos por dos lazos indestructibles: la fe en el mismo Dios y la fidelidad al mismo Rey. Tan cierto es esto que dos hechos aparecen con luminosidad cegadora a cualquier estudioso de nuestros años magnos: primero, la monarquía era tan varia que hasta en los títulos variaba, pues que no había Rey de España, sino rey de Castilla o de Nápoles, duque de Milán o del Brabante, señor de Vizcaya o de Kandi, marqués del Finale o de Oristán, conde de Barcelona o del Franco-Condado; segundo, cada una de estas arquitecturas políticas de las Españas supusieron la autonomía institucional y la libertad, autonomía y libertad perdidas por dichos pueblos desde Cerdeña al Artois o desde Flandes a Sicilia, cuando la fuerza de las armas --y quede claro que jamás la voluntad de los pueblos españolísimos siempre-- las hicieron salir de la confederación de las Españas.

Francisco Elías de Tejada. El Franco-Condado Hispánico. Ediciones Jurra, Sevilla 1975. Capítulo I Puntos de Partida. 1. Presupuestos doctrinales.

Fuente: http://elmatinercarli.blogspot.com.es/2011/09/la-configuracion-de-las-espanas-aureas.html

viernes, 30 de septiembre de 2016

Presentación de "Hijos del Trueno. La Tercera Guerra Carlista en Galicia y el Norte de Portugal".

Una convocatoria de interés: la presentación del libro "Hijos del Trueno. La Tercera Guerra Carlista en Galicia y el Norte de Portugal". Tendrá lugar en Santiago de Compostela hoy, viernes 30 de septiembre, a las 19 h. en el Auditorio del antiguo hospital de San Roque, sede del CSIC (calle San Roque nº2).



sábado, 17 de septiembre de 2016

Consecuencias del liberalismo en Galicia

El siguiente vídeo, muestra la situación actual de las aldeas gallegas. Aldeas perjudicadas por la despoblación; a causa de la falta de natalidad, la industrialización y la acción del capitalismo en general.

Un documental breve, pero conciso; sencillo, pero bien elaborado; que es fiel reflejo de la acción destructora que provoca la terciarización y la industrialización descontrolada; fruto del afán de "progreso" económico de las sociedades materialistas absorbidas por la mentalidad consumista y liberal.




sábado, 3 de septiembre de 2016

Solidaridad Gallega


Dado el éxito electoral de Solidaridad Catalana, marca política contraria al Sistema centralista, jacobino y liberal de la falsa "Restauración" en el año 1906, se produjo un intenso movimiento dentro de la fuerzas y sectores políticos gallegos con el fin de unirse para romper con el turnismo entre conservadores y liberales.

En el verano de 1907 se firmó el denominado Manifiesto Solidario, documento fundacional de Solidaridad Gallega. El grupo, como en el caso catalán, estuvo compuesto también por carlistas, aunque no era una marca política tradicionalista, sino que se trataba de un grupo heterogéneo, pues, estaban, desde los republicanos José Rodríguez Martínez y Segundo Moreno Barcia a políticos de la Tradición como el propio Juan Vázquez de Mella. 

Solidaridad Gallega tenía como principal objetivo el combate del caciquismo, pilar del sistema de la (falsa) "Restauración", y desarrollado hasta el paroxismo en Galicia. En esa línea se promovió la tradicional forma del asociacionismo rural, dada la importancia del campo y del poder caciquil en ese medio. Se llegaron a crear cientos de sociedades agrarias, aunque con el tiempo muchas dejaron de estar afiliadas a Solidaridad.

Pero Solidaridad Gallega no duró mucho más, habida cuenta de las divergencias fundamentales entre sus miembros. No tuvo éxito electoral más allá del nivel municipal, al contrario de lo que había conseguido la organización homónima catalana, pero es evidente que introdujo una nueva forma de hacer política en una Galicia dominada por el caciquismo y los partidos liberales del sistema.

El carlismo aprovechó esta coyuntura social para tratar de provocar una brecha que pudiera romper con la monarquía liberal. Por ello, aunque Solidaridad Gallega no se trataba de una entidad política propiamente carlista, ya que en ella había personas de muy diversas tendencias, sí es cierto que, en esencia, reivindicaba cuestiones promovidas por el tradicionalismo y, además, se trataba de una alternativa real que pudo haber sido una herramienta clave para alterar el orden liberal impuesto.

lunes, 29 de agosto de 2016

El galleguismo es antiliberal. Alfredo Brañas y el tradicionalismo regionalista

Alfredo Brañas Menéndez nació en Carballo (La Coruña) en el año 1859 y falleció en Santiago de Compostela en 1900. Brañas fue uno de los más destacados regionalistas gallegos. Catedrático de Economía y Hacienda Pública en la Universidad de Santiago de Compostela y periodista, Brañas defendió una postura descentralizadora frente al afán uniformizador y reformista del liberalismo imperante en la España del siglo XIX desde posicionamientos católicos y tradicionalistas, lo que le llevó a abrazar la causa carlista.

Participó en los Juegos Florales de Tuy, donde pronunciará un discurso en gallego, además de mantener contactos con el catalanismo, llegando a publicar artículos donde comparaba el galleguismo con el catalanismo en “La España Regional” y en “La Reinaxença”. Brañas adoptó una posición contraria al liberalismo, la industrialización, defendiendo la vuelta a una economía organizada en gremios.



Brañas fue concejal en Santiago entre 1890 y 1891. En 1890 participó en la creación de la Asociación Regionalista Gallega, escribiendo en su órgano “La Patria Gallega”. Consiguió integrar en la misma a sectores tradicionalistas de la sociedad de Galicia, como la baja nobleza y el clero. Conectó con estos sectores porque veían en Brañas una alternativa al galleguismo más progresista de Manuel Murguía y de Aureliano Pereira. Pero la AGR desaparecería muy pronto, precisamente por este enfrentamiento ideológico.

Alfredo Brañas redactó las “Bases generales del regionalismo y su aplicación a Galicia”. En esas Bases puede apreciarse la influencia de las Bases de Manresa, documento fundamental del catalanismo, planteando un modelo de descentralización. En el año 1893 participará en el acto de protesta que los regionalistas organizarán contra el traslado de la capitanía general de La Coruña a León. Por esa misma época viajará a Cataluña para participar en los Juegos Florales como miembro del jurado.

Brañas también participó en Galicia del espíritu de la doctrina social de la Iglesia establecida en la Rerum Novarum del papa León XIII, ya que fundó el Círculo Católico de Obreros.

También escribió varias obras. Podemos destacar las siguientes: El regionalismo. Estudio sociológico, histórico y literario, Barcelona, 1889; La Crisis económica en la época presente y la descentralización regional, que fue su discurso de apertura en la Universidad de Santiago en el curso 1892-93, y Las Bases del regionalismo y su aplicación a Galicia.

Estatua de Alfredo Brañas en su localidad natal de Carballo 

domingo, 17 de julio de 2016

Actuales tergiversaciones y superfetaciones del carlismo

Las palabras plasmadas en las actas del Vaticano II (Dignitatis humanae, § 3, en Concilio Vaticano II, B.A.C., Madrid 1966, p. 688), bastaron para sumir al carlismo en una crisis sin precedentes. Porque, entendidas a secas y sin más consideración, niegan la obligación de prohibir la libertad de cultos, que se sigue de lo que Mella llamaba principio católico [que dice: “La Iglesia es la depositaria de la revelación y su órgano social infalible, y tiene por tanto, derecho a que su dogma, su culto y jerarquía sean norma y límite de la libertad humana”]. Lo cual, en buena lógica, conllevaría necesariamente la negación del principio mismo. (…)

Ahora bien, como el carlismo se ha caracterizado por ser un partido cuyo programa, en palabras de Carlos VII, tiene como principio esencial la defensa de la unidad católica (Carta al Marqués de Cerralbo, 1899) y, por otra parte, eso lo hacía con la seguridad de ser fiel a Roma, no es de extrañar la dolorosa perplejidad en que este texto sumió al carlismo. Y, de tal perplejidad, a que el carlismo sufriera unas escisiones radicales -mucho más que cualquiera de las sufridas con anterioridad- no hubo más que un paso.

En esa tesitura, las opciones que quedaban al carlismo han venido a coincidir con sus divisiones efectivas. Divisiones que a veces no son ya accidentales y transitorias, como las que se debieron a diferencias de opinión sobre la política internacional, a disputas dinásticas o a enfrentamientos personales, sino que son diferencias esenciales y definitivas.

La primera discrepancia surgió de la dicotomía entre seguir las actuales directrices de los eclesiásticos o permanecer fieles a la enseñanza perenne de la Iglesia Romana. Puestos a adoptar la primera de estas opciones, lo más lógico y honrado hubiera sido desparecer: si para los nuevos eclesiásticos fueron errores históricos las cruzadas, las guerras de religión y la Inquisición, con igual razón debería declararse que el carlismo ha sido un error sólo justificable por la ignorancia. Si la libertad de cultos es una obligación de los gobernantes, al igual que la aconfesionalidad del Estado, las guerras que los carlistas mantuvieron contra todo ello fueron un error, un error sangriento, y tendríamos que arrepentirnos de haber militado en sus filas. Sin duda, muchos carlistas de antaño, convencidos en Navarra y en otro lugares por los párrocos del progresismo católico, han optado por esta solución y han abandonado en masa las filas del carlismo o, cuando menos, han quedado moralmente incapacitados para transmitir nuestros ideales a sus descendientes.

Pero quienes dirigen grupos de cualquier naturaleza son muy poco proclives a la disolución del grupo y a retornar a sus hogares, abandonando toda veleidad de poder. De tan laudable y humana inclinación nació, entre los parciales de esa primera opción, la idea de acomodar el carlismo a las nuevas directrices eclesiales. Dado que el carlismo es un grupo o, si se quiere, un partido político católico, cosa imposible según el espíritu de tales directrices, sólo cabe hacer la remodelación, bien quitando lo de católico, bien suprimiendo lo de político. Los seguidores de Carlos Hugo optaron por lo primero, y se olvidaron del catolicismo, para convertirse en el partido socialista-separatista que todos conocemos. Otros -y a partir de aquí no hablo de nadie en particular- mantuvieron lo de católico, pero dejaron lo de político, para substituirlo, unas veces, por lo folklórico y otras por lo parroquial. Así surgieron grupos de carlismo folklórico o histórico, similares a Sociedades de Amigos como la del Museo Paleontológico o la de la Comida China, que dedican sus desvelos a juegos florales, a excursiones y a la venta de chapelas e insignias, sin mayor preocupación. Y también nació el carlismo parroquial, entregado a la catequesis, a las obras de caridad, a formar grupos de boy-scouts y, todo lo más, a la defensa de la familia, que es lo más próximo a la política que se permite defender a los católicos activos de nuestros días.

Lejos de mí decir que en estas últimas cosas haya nada de reprochable, salvo que así entendidas las actividades del carlismo, serán lo que sea, pero no carlismo. Porque éste siempre ha sido una agrupación de fines políticos conforme a las enseñanzas de la religión católica. Es decir ha tenido por finalidad defender en la política activa y, en su defecto, con las armas, a la vez la Religión, la Patria y al Rey. (J. M. Gambra: “El carlismo y la libertad religiosa”. En A los 175 años de carlismo. M. Ayuso ed., Itinerarios, Madrid 2011, pp. 523-525).


domingo, 3 de julio de 2016

El XIII Centenario de la Unidad Católica promovido por el carlismo gallego

En el año 1889 los carlistas celebraron el XIII centenario de la conversión de Recaredo (rey de los Visigodos) al catolicismo y su abjuración del arrianismo en el III Concilio de Toledo (589), consiguiéndose de esa manera la unificación religiosa de visigodos e hispanorromanos en la Península. Hay que destacar que esta  magna celebración se había pensado, además de para conmemorar la unidad católica, para mostrar la oposición del carlismo a la Revolución Francesa, que cumplía su primer centenario. El carlista Partido Católico Nacional (más conocido como Partido Integrista) fue el organizador de tal acto, ya que el Partido Integrista (que más tarde volvería al seno de la Comunión Tradicionalista, dándole un fuerte impulso ortodoxo) tenía un apoyo considerable en el Reino de Galicia y su órgano de prensa El Siglo Futuro, fue el medio que trató de centralizar el protagonismo del evento del XIII Centenario.

Teniendo en cuenta que había sido el 8 de mayo del año 589 cuando Recaredo abjuraba del arrianismo, será en ese mes cuando se concentre el mayor número de actos religiosos del XIII Centenario a lo largo de más de mil lugares de toda la Península. Así, en la misa solemnemente celebrada en Orense, con motivo del centenario del establecimiento de la Unidad Católica en España, se cantó el Himno de Recaredo.



“Señor director de EL SIGLO FUTURO.

ORENSE (Proente), Junio, 1º de 1889.

Muy señor mío y de mi particular afecto:

Convencido de los sentimientos de Vd. hacia todo lo que contribuya al bien espiritual de las almas, me tomo la libertad de poner en su conocimiento, por si juzga conveniente publicarlo en el periódico de su digno cargo, un maravilloso hecho que, si otra mejor pluma describiera, podría ponerse al lado de las más elevadas manifestaciones que diariamente estamos leyendo en EL SIGLO FUTURO, relativas a la celebración del XIII Centenario de la Unidad Católica. Desde el 8 de Mayo último, que en la parroquia de San Miguel de Soutopenedo se celebró la primera y primorosa función del Centenario, todos los días festivos, y casi en todas las parroquias de este Arciprestazgo de la Merca, procuraron imitarla. En una de las funciones se dio a conocer una voz que en tono exclamatorio dijo: “¡Si esto se hiciese por todos en el Campo de las Maravillas!”. Aunque en el acto ni se esplanó ni se propuso ponerla en ejecución, hizo tal eco entre los asistentes, que hiriendo sus corazones cual chispa eléctrica, los puso en disposición de obrar, y con sólo un Párroco haber pedido licencia y consejo para celebrar la función en la magnífica capilla de Nuestra Señora de las Maravillas en el día 22 del dicho Mayo, para efectuarlo el 30, día de la Ascensión, fue lo bastante para que se verificase Io que a continuación consigno.


Santuario de Nuestra Señora de las Maravillas

Obtenido el permiso del Licenciado Don José Iglesias, Párroco de San Miguel de Espinoso, en donde radica dicha capilla, y ofreciendo cooperar a tan laudable obra con todas sus fuerzas (hizo algo sobrehumano), pasé a la villa de Allariz el 24, y con sólo indicar al ínclito hijo de San Francisco de Paula, don Ricardo Rodríguez Rivas, el pensamiento, aceptó predicar en la función, verificándolo con tanta elocuencia y maestría como pudiera hacerlo el que más en la mayor población del mundo católico.

Creo que a todos, aunque el tiempo era corto (¡¡¡seis días!!!) les pareció un año, por el gran deseo de presenciar tal acto. Apareció la aurora del 30, y las campanas de todas las iglesias en el radio de dos muy largas leguas, anunciaban la solemnidad del día. Cada parroquia emprendió su viaje al centro en la hora que juzgó necesaria para llegar a tiempo. Las más cercanas esperaban por las más lejanas, y fueron formándose gruesos grupos, que cantando desde la salida del Santísimo Rosario y varías coplas de la Misiones, llegaron a las alturas que coronan el lugar del santuario a las once de la mañana.

Bajaron al centro, entrando por tres partes, tres gruesas procesiones que, colocándose frente al altar formado en la parte posterior de los muros del grandioso templo, presentaba una visión arrebatadora. El campo es espaciosísimo. Pueden, sin exageración, maniobrar treinta mil hombres en simulacro de guerra, dejando sitio seguro para otros tantos espectadores y sin peligro.

La capilla está rodeada de robles y de seculares pinos. El altar, lujosamente formado por él señor Abad de Espinoso, y el de Santa Eulalia de Anfeoz, ayudados por los sacerdotes de sus parroquias, contuvo en lugares a propósito las varias preciosas imágenes que de las parroquias salieron en procesión. Al frente de este peregrino altar se hallaba la casi total gente de veinte y tres parroquias, presididas por sus Párrocos y sacerdotes, y muchísima gente que concurrió de otras parroquias lejanas que no se avisaron. Todo este inmenso gentío se hallaba rodeado de cuarenta pendones, cuarenta banderas, algunas con el lema “¡Viva el Papa!”, “¡Viva la Unidad Católica!”, treinta cruces, muchos estandartes y bonitos ramos.

Varios jóvenes, por ver y oír mejor el sermón, trepando por las gruesas ramas, se subieron a los árboles de enfrente, habiendo alguno de éstos que contenía cincuenta personas. De dos leguas de distancia llegó el señor Abad de Queiroás con varios coros de hijas de María, y tres de ellas representaban las tres virtudes, Fe, Esperanza y Caridad, y colocadas en la escalinata que daba acceso al altar, formaba una maravillosa perspectiva. Cuando estaba ultimándose la colocación de personas y cosas, un gran murmullo nos hizo mirar hacia la izquierda, y era procedido de la llegada del nunca bien ponderado señor Abad de Parderrubias*, capitaneando una gruesa procesión precedida de varios coros de hijas de María, montado en su yegua, y permaneciendo en este estado hasta dejar unida su gente a la que ya estaba colocada. No fue solo a mí a quien se le ocurrió, con tal visita, la frase “Santiago y Cierra España”. Se dio principio a la solemne Misa, cantada por preciosas voces y acompañada por música magnífica. A su tiempo subió al pulpito el predicador, y después de exponer el objeto de la reunión y de dividir su sermón en dos partes:

1º Celebración del XIII Centenario de la proclamación de la Unidad Católica en España por el rey Recaredo, y confirmada por el Concilio de Toledo.

2º. Pedir a Dios nuestro Señor la restauración de la misma, hoy conculcada por las leyes, que autorizan la libertad de cultos y todo género de libertades infernales; probó en largo discurso con hechos históricos, antiguos y contemporáneos, los inmensos favores y gracias que han hecho a España la mayor de las naciones, al calor de la Unidad Católica, protegida por los reyes, y los aterradores males que acarreó y sigue acarreando con la protección de gobiernos impíos.

Probó también que el Liberalismo es la recopilación del Protestantismo, racionalismo e indiferentismo, así como de todas las herejías desde los primeros hasta el actual siglo. Estuvo admirable. Concluyó con la lectura de la indulgenciada oración “Omnipotente Dios…” diariamente regalada por Vd., encomiando su lectura, y coronó la obra con una atronadora pero suavísimo voz diciendo: ¡¡Viva el Papa León XIII!!, ¡¡Viva la Unidad Católica!!, ¡¡Viva la Virgen de las Maravillas!!, ¡¡Reine Jesucristo en todo el mundo!! Que, contestadas entre sollozos por la mayor parte de los concurrentes, presentó un magnífico cuadro de alegría y fervor.



No porque, señor director, haga especial mención de cuatro o cinco Párrocos, es mi ánimo ocultar los deseos y magníficos hechos de todos los demás, salvo la insignificancia, sin duda por imprescindibles ocupaciones, de las faltas de asistencia de algunos, sino porque me haría interminable. ¿Cómo ocultaría el celo del señor Arcipreste, D. Camilo Enríquez, Párroco de la Merced? ¿Cómo me olvidaría de la cooperación de los dignísimos Párrocos de San Victorio de Soutomayor, Santa Comba, Pereyra, Sabucedo, Entranbarrios, Penela, Barja, Bobadela, los dos Urrós San Mamed y Santa Eulalia, Olás, Corvillón, Mezquita y Rabal, representadas respectivamente te por los incansables y fervorosos sacerdotes D. José Saborido y D. Emilio Fernandez Atrio? ¿Cómo no consignaría los nombres y hechos de los demás dignos sacerdotes don Paulino, que a dos leguas de distancia fue con Misa, por si hacía falta, y la celebró también solemnemente antes de la principal; de don José González, de ésta, que tuvo que privarse de presenciar tan magnífico suceso por sustituir al predicador en una Misa solemne para lo que estaba comprometido D. Ramón Quintayros, D. Antonio Álvarez y otros muchos que no recuerdo, visto el celo que han desplegado para solemnizar la función?

El ayuntamiento, no sólo correspondió a la súplica de que mandase una comisión, sino que asistió en masa, y llamó guardias para la custodia del orden, que no se alteró en lo más mínimo, a pesar de la concurrencia, cooperando a esta obra afectuosamente el vecino y empleado D. Javier Blanco, a todos los que les damos las más rendidas gracias. Aún hay, señor director, fe en Israel. Si todos los que deseamos la restauración de la Unidad Católica obramos como deseamos, o mejor dicho, trabajamos eficazmente, con la ayuda de Dios, protección de José y María, y la de Santiago y Santos de España, podremos esperar ver la coronación de nuestros deseos. Mil veces sea Dios alabado y bendito por todo cuanto hemos recibido, estamos recibiendo y esperamos recibir; pero especialmente por haber coronado nuestros pequeños esfuerzos con tan prodigiosas obras.

Anticipa a Vd. las gracias, señor director, y le autoriza para publicar este tosco escrito, añadiendo o quitando todo lo que juzgue oportuno, su atento servidor Capellán y suscriptor, Q. B. S. M.,

JOSÉ ALVAREZ”.

El Siglo Futuro, 11 de junio de 1889.

lunes, 27 de junio de 2016

Emilia Pardo Bazán, escritora y carlista

El historiador y presidente de la Real Academia Galega (RAG), Xosé Ramón Barreiro, desveló ayer una de las facetas menos conocidas de la escritora coruñesa Emilia Pardo Bazán: sus coqueteos con el carlismo. José Quiroga, con quien la autora de Los Pazos de Ulloa se había casado en 1868, era carlista; su padre, José Pardo Bazán y Mosquera, había sido diputado carlista en las Cortes de 1854, aunque más tarde lo fue del partido progresista de Olózaga en las Constituyentes, y ella misma participaba de aquellas convicciones, como queda patente en algunos de los textos menos conocidos elaborados por la escritora.

Barreiro fue el encargado de inaugurar ayer en A Coruña el segundo simposio sobre Pardo Bazán, que este año se centra en los cuentos de la autora, y en el que participan expertos pardobazanistas que presentarán, hasta el viernes, cuatro comunicaciones y diez ponencias plenarias.


Dinastía legítima:

Esa simpatía hacia el carlismo que el presidente de la RAG atribuye a la escritora pasó por diversas fases, de modo que entre 1875 y 1887 remite. El repunte coincide con la muerte de Alfonso XII, quedando como regente María Cristina -"esa señora", como la llamaba despectivamente Pardo Bazán-. La autora -al igual que la mayoría de intelectuales de la época- cree que la Restauración fracasará y apuesta por restituir "a la dinastía legítima", hasta el punto de que viaja a Venecia para "arrodillarse" ante Carlos VII.

No obstante, manifestó Barreiro, "Pardo Bazán era un genio de acomodación social y por eso lo fue consiguiendo todo; ser carlista y amiga de Giner". "Ella calibró muy bien sus posibilidades, aunque sin hacer dejación de sus principios y jugaba entrambasaguas", señaló Barreiro. El historiador aseguró que su "intención" es recoger en un libro "los misterios del carlismo de Pardo Bazán".

Entre los asuntos que el presidente de la RAG prometió abordar en el estudio es el papel que jugó la escritora en el círculo carlista de Santiago. "Pardo Bazán estuvo en veladas con un papel destacado, aunque no consta nada de lo que leyó entonces", manifestó. Además, Barreiro recordó que la capital gallega fue la cuna del carlismo en Galicia.

Pese a sus vaivenes ideológicos, la condesa "fue maniobrera dentro de un eje vertical ideológico que mantuvo y explica que siempre estuviese en contra del parlamentarismo y de sufragio universal", consideró el presidente de la Academia.

En la primera jornada del simposio participaron, además de Barreiro, la profesora de la Universidad de A Coruña Olivia Rodríguez y la profesora del instituto Dámaso Alonso de Madrid Ángeles Quesada Novás, quien disertó sobre Los cuentos de Pardo Bazán en el aula.

Fuente: La Opinión de La Coruña (2008)

Elecciones Generales en España: triunfa la abstención, aunque no se reconozca

   Con el 100% de los votos escrutados y a falta de añadir los votos por correo, se conocen ya los resultados oficiales provisionales de las elecciones generales celebradas este domingo en España, a manera de segunda vuelta de las que tuvieron lugar hace apenas seis meses.

   Como señalaba un comunicado de la Junta Regional de la Comunión Tradicionalista de Asturias, estas elecciones "ponen de manifiesto el fracaso del sistema partitocrático y la inviabilidad y agotamiento del régimen juanista (de Juan Carlos y de Felipe Juan) impuesto a España hace ya más de cuarenta años. La oligarquía que detenta el poder, sin embargo, se enroca, y pretende mantener el fracasado sistema de partidos políticos, suscitándolos nuevos. Al mismo tiempo ha hecho los cambios legislativos precisos para dificultar o impedir la presentación de candidaturas no controladas".
   La abstención permanece casi invariable respecto del 20 de diciembre último: 30,16%, 10.435.955 españoles con derecho a voto que han rechazado utilizarlo. Si a ellos sumamos los votos nulos, que han crecido hasta un 0,93% (225.888) y el 0,75% de votos en blanco (178.521), tenemos a 10.840.364 españoles, un 31,84% de los votantes potenciales, que expresan su rechazo al proceso electoral. Aún se podrían añadir los 12.024 votos a las candidaturas de "Escaños en Blanco": rechazo por un total de 10.852.388 españoles, 31,89% del censo electoral. Y ello a pesar de la intensa campaña de miedo y rabia irracionales que ha precedido a las votaciones.

   Al lado de esa cifra palidecen los 7.906.185 votos recibidos por las listas más votadas, las del Partido Popular (PP, en algunas provincias en coalición con partidos de ámbito regional como UPN, PAR o FAC) que sorprendentemente se recupera en más de seiscientos mil votos, a pesar de ser el principal responsable de la dramática situación actual de España. Da una pista de la nula representatividad del sistema y del Parlamento resultante, aun si aceptáramos los presupuestos del sufragio universal e inorgánico: más de la mitad de los españoles con derecho a voto no han votado a ninguna de las candidaturas que han obtenido escaño. (Nos fijamos sólo en los resultados para el Congreso de los Diputados, dada la nula relevancia del Senado).

   Nuevamente sondeos y encuestas han evidenciado que su misión no es sino condicionar y dirigir el voto, y que no siempre lo logran. El Partido Socialista, PSOE, pierde poco más de cien mil votos y permanece como la segunda fuerza más votada. En cambio la coalición "Unidos Podemos", a la que se pronosticaba un crecimiento espectacular, obtiene cerca de un millón trescientos mil votos menos que la suma de los recibidos el pasado diciembre por sus integrantes: el nuevo partido de extrema izquierda Podemos más sus aliados  nacionalistas, independentistas y ultraizquierdistas varios, y la coalición comunista-feminista Izquierda Unida. El viejo Partido Comunista de España parece definitivamente enterrado.

   Pierden muchos votos también el nuevo partido Ciudadanos (una mezcla políticamente correcta de jacobinismo, oportunismo e improvisación) y los nacionalistas, a excepción de ERC (Izquierda Republicana de Cataluña) que gana unos pocos votos y mantiene nueve escaños en el Congreso.

   Se confirma el hundimiento de los partidos falsamente españolistas, como la jacobina UPyD ("Unión, Progreso y Democracia") y la escisión ultraliberal del PP, "Vox", respectivamente con el 0,21% y el 0,20% de los votos emitidos y aún más lejos de obtener representación que en la convocatoria anterior.

   El reparto de los 350 escaños del Congreso vuelve a hacer necesarios pactos, que se presumen difíciles, para alcanzar la mayoría absoluta (176). El PP y sus coaligados forman el grupo más numeroso, con 137. España vuelve a estar en manos incompetentes, corruptas, irresponsables y no representativas; aunque, al fin y al cabo, el Gobierno de verdad tenga sus sedes en Bruselas, Berlín y Washington D.C.


miércoles, 22 de junio de 2016

Entrevista a Miguel Ayuso

Miguel Ayuso Torres es un jurista y filósofo del derecho español, teórico y práctico. En el segundo de los ámbitos ha sido auditor de guerra del Ejército y  letrado del Gabinete Técnico del Tribunal Supremo. En febrero de 2014, a petición propia, pasó a la reserva. En el primero de los órdenes, es catedrático de Ciencia Política y Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, doctor honoris causa de la Universidad de Udine (Italia) y presidente de la Unión Internacional de Juristas Católicos. Es quizá el representante actual más característico del tradicionalismo hispánico.



P/Usted se declara carlista. ¿Podría explicarnos de manera resumida qué es el carlismo, desde sus orígenes hasta la actualidad?

R/Me voy a acoger a la descripción que uno de mis maestros, el gran escritor y filósofo del Derecho, Francisco Elías de Tejada, catedrático de la Universidad, primero de Salamanca, luego de Sevilla y finalmente de la Complutense de Madrid hizo en un libro, titulado precisamente ¿Qué es el carlismo?, en los años setenta del siglo XX. En él explicaba que el carlismo es un fenómeno que se puede aprehender a través de tres rasgos. En primer lugar, el legitimismo. Es decir, el carlismo comienza como un pleito dinástico a la muerte de Fernando VII y tiene una componente jurídica, en el sentido de que una serie de actos contrarios a  Derecho buscaron apartar de la sucesión al Infante Don Carlos, el hermano del Rey, para dejar que pudiera ser la hija, de cortísima edad, Isabel, la que pudiera acceder al trono. Pero este asunto del legitimismo, que tiene como digo una componente no solamente histórica sino jurídica, es un elemento que de alguna manera no deja de ser instrumental. Es decir, se trata de un banderín de enganche, de un fenómeno que hace emerger algo más profundo. Porque, en el fondo, esos conflictos dinásticos se producen en Portugal, luego en España, también de alguna manera en Francia.  En el fondo de ellos no solamente reside un problema dinástico, sino también otro filosófico, ideológico, podríamos decir, si utilizamos ya la palabra ideología, que tiene relación con los fenómenos políticos modernos, esto es, los que tienen lugar a partir de la Ilustración. Aparece así un segundo elemento: una continuidad histórica. La que a Elías de Tejada le gustaba llamar, en plural, de acuerdo con una vieja tradición española, las Españas. Que es la que permite ubicar el carlismo en el seno de una larguísima tradición, pues la monarquía hispánica no deja de ser una prolongación de la vieja cristiandad. La cristiandad muere en el ámbito de lo que geográficamente es Europa, para dar lugar al concepto moderno, cultural, de Europa, entre 1517 y 1648, a través de cinco rupturas, simbolizadas las cuatro primeras en los nombres de Lutero, pues el mundo moderno es de progenie protestante; Maquiavelo, que separa la política de la ética; Bodino, que con la soberanía  suprime la autonomía de la multiplicidad de cuerpos sociales; Hobbes, que vacía de sustancia comunitaria la vida sociopolítica con el mecanicismo del contrato social. Que se concretan históricamente en una quinta: la Paz de Westfalia, con la que se pone fin a los conflictos en los que la monarquía hispánica queda derrotada en su deseo del mantenimiento del viejo orden de la cristiandad. Esa cristiandad mayor que es la medieval queda derrotada en 1648 y queda reducida a lo que Elías de Tejada llamaba la christianitas minor y ésta es la monarquía hispánica.

Esta christianitas minor subsiste hasta que la revolución liberal la desmedula. Entonces, el carlismo se convierte en el heredero de la vieja España. El carlismo, en cuanto cultor y en cuanto custodio de la vieja cristiandad hispánica, se sitúa como un elemento de continuidad, que junto al elemento dinástico, que es el primero, constituye el segundo factor: la continuidad histórica de las Españas.

Y, en tercer lugar, decía Elías de Tejada, precisamente por el periodo en el que surge el carlismo, que es cuando ya se ha producido la revolución liberal y fundamentalmente la Revolución Francesa, que es la que en el mundo latino ha tenido un impacto mayor, al margen de las revoluciones previas que se producen en el mundo anglosajón, en este momento de la eclosión de las ideologías, el carlismo también instrumenta un conjunto de principios que yo me niego a llamar ideología, porque entiendo que ésta es de algún modo un subproducto de la realidad. Es decir, es un deseo irracionalista o idealista de sustituir la realidad de las cosas, mientras que el pensamiento tradicional es profundamente realista, profundamente aferrado a la realidad de las cosas. Por tanto, el carlismo no fue un fenómeno ideológico sino un fenómeno popular, ligado a un conjunto de realidades y verdades que están en la tradición española. Y estos principios doctrinales que el carlismo vehicula, es lo que podríamos llamar el tradicionalismo, aunque el sufijo ismo siempre es peligroso. La tradición española. Eso se ve perfectamente en el trilema o cuatrilema, «Dios, Patria, Rey», o «Dios, Patria, Fueros, Rey», que es donde encontramos una sabiduría política tradicional no solamente hispánica, porque lo nuclear de estas tradiciones se corresponden con todo el mundo católico y todo el mundo cristiano, incluso, pero que en España tienen una significación muy profunda porque España queda al margen de la Modernidad y vive un proyecto propio de cristiandad hasta su derrota precisamente por el liberalismo en el siglo XIX.

El carlismo es la continuidad histórica de las Españas y recoge una filosofía política tradicional, antiliberal, que podríamos llamar el tradicionalismo, y que está articulado en torno a este trilema o cuatrilema, en el que Dios no es solamente una afirmación de fe individual, sino que supone una afirmación comunitaria de matriz religiosa; en la que la patria no es la nación moderna y precisamente por eso puede articularse la patria grande con las patrias chicas y puede haber perfectamente una cohesión de tipo comunitario, pero al mismo tiempo una pluralidad de tipo foral, enlazando con el tercer elemento. Los fueros son sistemas de libertades políticas concretas, por eso el foralismo es un principio de autonomismo, pero no revolucionario a la moderna como los sistemas estatutarios recientes; y finalmente, el Rey implica la monarquía como sacralidad, el carácter sagrado de la monarquía y, al mismo tiempo, es un elemento de continuidad y de construcción o explicación familiarista de la vida política. La monarquía como forma política tiene la gran virtualidad de que es la familia real que corona el conjunto de familias. Es la familia como célula básica, como elemento esencial de la vida política, en vez del individuo.



P/¿Por qué tiene sentido ser carlista en la actualidad?

R/Superficialmente podría decirse que estamos en un mundo absolutamente alejado de lo que acabamos de describir. Pero al aproximarnos más hondamente al sentido del cuatrilema, ¿no aparecen implicadas una serie de respuestas a ciertos problemas que hoy se nos plantean inrresolubles? Por ejemplo, la unidad religiosa, la unidad católica, Dios como elemento estructurador de la vida política, tiene que ver con la necesidad de toda existencia humana y de toda realidad humana de tener una cierta base comunitaria. Lo que ha querido la política moderna, ha sido convertir las comunidades en sociedades voluntarias. Pretender que el orden político se base exclusivamente en la voluntad, el consentimiento. Pero, el problema es que la comunidad política, como la familia o como la propia Iglesia, no son tanto asociativas en el sentido de adhesión voluntaria, sino que de alguna manera la ley les viene impuesta por el orden divino y natural. No son los cristianos los que determinan las leyes de la Iglesia, sino que vienen determinadas por su fundador, por Nuestro Señor Jesucristo, que fijó una constitución a la Iglesia y los hombres de Iglesia tienen que servir pero no pueden cambiar. Lo mismo pasa con la familia: tiene una estructura que es natural y que no deriva de la voluntad de los hombres. Lo que es voluntad de los hombres es constituir una familia a través del matrimonio. Pero, una vez que se contrae el matrimonio, libremente consentido, se entra en la institución familiar que tiene sus propias reglas. Y la comunidad política también las tiene. Cuando el elemento comunitario viene arrumbado por el elemento voluntarista, que es lo que ha ocurrido en la revolución liberal y en nuestros días mucho más claramente, eso se aproxima mucho más a una pura coexistencia inestable que termina destruyendo a las sociedades. Hoy todavía esto es mucho más claro, porque la destrucción comunitaria ha sido profundísima. No solamente de tipo religioso sino de tipo cultural. Hoy las sociedades están escindidas y esta escisión determina, junto con otros fenómenos como las migraciones masivas, etc., lo que es el paradigma del multiculturalismo, que implica la decadencia de la civilización cristiana. La unidad católica, Dios como elemento político estructurante, es un elemento que tiene mucho que ver con la crisis contemporánea, y por tanto mucho que ver con los problemas de nuestros días.

Lo mismo ocurriría con el elemento patriótico. El patriotismo tornado en nacionalismo, desvirtúa lo que es una estructura de convivencia básica, de naturaleza cultural, no necesariamente política. Cuando cada nación pretende tener derecho a ser un Estado, según el principio de las nacionalidades, se altera profundamente el significado tradicional de la palabra patria.

Y de nuevo lo mismo ocurre con la monarquía. La idea de que la monarquía garantiza la continuidad y no el corto plazo; representa una cierta sacralidad y no su secularización completa… cada una de estas ideas daría para que habláramos largo tiempo. Así pues, puede parecer en una primera aproximación que la explicación que hemos dado en un primer momento sobre lo que es el carlismo, resulta algo alejado de la realidad. Pero si lo examinamos con un poco más de atención nos damos cuenta de otras cosas, nos damos cuenta de que probablemente por haber abandonado una serie de ideas esenciales de la tradición española, nos encontramos con la crisis epocal en la que nos estamos desenvolviendo y para la que precisamente ese viejo pensamiento, renovado a través de su lenguaje, creo que tiene muchas potencialidades.

P/Al intentar explicar ese viejo pensamiento, trasladándolo a la realidad, usted dice que es tradicionalista pero no es conservador y, sin embargo, seguramente parte de sus adversarios le sitúen como alguien conservador. Me gustaría que me explicara la diferencia entre ser un defensor de la tradición y ser un conservador.

R/El conservatismo es un producto de la revolución liberal. Una vez que se produce ésta, hay dos corrientes: una que desde el inicio, igual contra su voluntad, pero desde el inicio, la acepta y pacta con ella, y por tanto lo que pretende es al principio moderarla y luego conservarla; y hay otra que lo que pretende es radicalizarla, exasperarla y llevarla a su término. Por eso, hay un texto famoso de Balmes, refiriéndose al partido que en la década de los treinta lo bautizaron sus instintos y se llamó moderado, y en la década de los cuarenta (se está refiriendo al siglo XIX), lo bautizó su sistema y se llamó conservador. Es decir, que el partido conservador, de alguna manera, lo que conserva es la revolución. El conservatismo no es sino una corriente al interior de la revolución liberal, que pretende moderarlo, restringirlo, encauzarlo, pero conservándolo.

Esto me recuerda una anécdota de José de la Riva Agüero, un famoso pensador tradicional peruano de la primera mitad del siglo XX. Cuando un colega le pregunta, dando por hecho que es conservador, le responde que él no es conservador sino reaccionario: «¿Usted cree que en el Perú de hoy hay algo que conservar? ¿Y no cree, en cambio, que hay tanto contra lo que reaccionar?». El conservatismo implica la conservación de la revolución, mientras que la tradición implica naturalmente una reacción contra el régimen liberal, para la restauración, instauración en parte, de un orden de cosas que sea ajustado a las leyes de la naturaleza.

P/Ortega y Gasset afirmó lo siguiente: «los tradicionalistas no aman el pasado, porque lo quieren como presente y no como pasado».

R/Los tradicionalistas no aman el pasado. Lo que quieren es que los elementos nucleares de lo que vivificó el pasado, puedan seguir haciéndolo en las circunstancias de hoy, en el presente. Ortega y Gasset es el paradigma del liberalismo conservador y por tanto era incapaz de comprender lo que era el verdadero tradicionalismo.

P/En muchas de sus intervenciones habla siempre de la ley natural y el derecho natural. ¿Podría explicarnos, para los profanos en la materia qué es el derecho natural y en qué se diferencia del derecho positivo?

R/La tradición jurídica clásica, que es anterior al cristianismo y tiene su cima en Aristóteles, aunque fuera luego desarrollada magistralmente por Santo Tomás y la segunda escolástica española, y que es el elemento de continuidad al que me refería antes cuando hablaba del significado profundo de la tradición española, se basa en la idea de que hay un orden en la naturaleza. Ese orden de la naturaleza es asequible a la inteligencia humana. Inteligencia humana que no lo abarca en su plenitud y en su aproximación al mismo puede confundirse en muchas ocasiones. Creer que hay un orden en las cosas y que este orden debe ser descubierto por la inteligencia humana, no quiere decir que ésta sea infalible. Al contrario. Precisamente, la reelaboración de la ley natural y del derecho natural aristotélico por la teología católica insiste en la dificultad que para alcanzar muchas verdades existe, producto del pecado original. Precisamente como la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad humanas están heridas por el pecado, precisamente porque el hombre es desfalleciente, se confunde en muchas ocasiones y por eso necesita del apoyo o el sostén que le da el orden sobrenatural. Es decir, cuando se evoca la ley natural, como elemento central de la vida moral y de la vida política, no se trata de un naturalismo; sino que en el orden cristiano, la naturaleza está sobreelevada por la gracia. Entonces, el Derecho natural no es sino simplemente lo que es justo, de acuerdo a la naturaleza de las cosas. Es decir, que para alcanzar lo justo se precisa por una parte la indagación de lo que son las inclinaciones naturales del hombre, por otro de lo que es la naturaleza de las cosas ajenas al hombre, y finalmente la ubicación del hombre en relación con las cosas. Entonces, en ese orden natural que está gobernado por la ley eterna, hay una participación en la naturaleza humana, racional, que es la ley natural. Esto es lo que Santo Tomás de Aquino explica en la cuestión noventa y siguientes de la Prima secundae de la Suma teológica en el tratado de la ley, y luego completa la cuestión cincuenta y siete y siguientes de la Secunda secundae en el tratado de la justicia y que está nuclearmente expuesto en el libro V de la Ética a Nicómaco de Aristóteles y que luego la escolástica española ha desarrollado en nuestros días, y que no es la explicación del derecho natural racionalista que los autores modernos Grocio, Pufendorf, a partir del siglo XVII, y con una influencia muy grande del nominalismo y de Lutero, llevan a crear como una especie de código ideal-racional ajeno al derecho positivo. En la concepción clásica del derecho natural no existe una separación entre derecho natural y positivo, sino que el primero tiene que positivizarse. ¿Y por qué? Porque las inclinaciones básicas del hombre se pueden indagar, pero a partir de lo que son los primeros preceptos de la ley natural, conforme va interviniendo el razonamiento humano para ir desarrollándolos, para ir concretándolos, para ir extrayendo conclusiones o para ir determinándolos, es necesario que para la generalidad de los casos se establezcan límites y se pongan por escrito. El derecho natural y el derecho positivo son complementarios. El derecho natural necesita del complemento del derecho positivo y éste, cuando lo es de verdad, lo que tiene que hacer es concretar, determinar y concluir lo que procede del natural.

P/Relacionado con esto están los vínculos naturales, que usted ha dicho en alguna ocasión que no han llegado a ser destruidos por los vínculos cívicos. ¿A qué se refiere con esta afirmación?

R/Esto tiene que ver con lo que mencioné de la comunidad y la sociedad. Los vínculos naturales son esencialmente comunitarios, mientras que hay otros puramente asociativos o jurídicos, en el sentido de voluntarios o de consentidos. Cuando convertimos los elementos comunitarios en puramente voluntarios, estamos desnaturalizando realidades muy profundas. Lo que ha ocurrido en el mundo moderno es que las comunidades se han tendido a concebir como asociaciones, se tiende a reducir lo que es un elemento determinado por la naturaleza de las cosas, como un elemento determinado por la pura voluntad humana. Llevamos varios siglos en los que se ha ido produciendo esto, en la familia también. Los elementos naturales de la familia vienen a ser pretendidamente sustituidos por vínculos puramente jurídicos. Claramente en el matrimonio civil o incluso en las convivencias que hoy han sustituido al matrimonio y que lo han dejado prácticamente obsoleto. Ahora bien, lo que ocurre es que los vínculos naturales, por mucho que sean deteriorados, por mucho que se intenten superponer sobre ellos los de naturaleza puramente voluntaria, vuelven a emerger. Es como la metáfora aquella, referida a España, de Ramiro de Maeztu, de la encina y la hiedra: cuando lanza la revista Acción española, en tiempos de la Segunda República, comienza su famoso editorial, creo que era el número uno, diciendo que «España es una encina sofocada por la hiedra». Lo que pasa es que la hiedra no termina nunca de asfixiar el tronco de la encina y si fuéramos capaces de quitarla nos encontraríamos con el tronco de la encina, debilitado, ciertamente, pero que está ahí. Lo que es natural siempre vuelve. El dicho francés: «expulsad lo natural y vuelve al galope».

P/Ha dicho en alguna ocasión, que en el pasado hubo tiempos mejores en los que hubo una convivencia natural. ¿A qué se refiere con convivencia natural?

R/Rechazo la idea de una edad antigua áurea. Pero creo que ha habido tiempos mejores. Entendámonos: no creo en la ideología del progreso, que es la típica de la Ilustración. La filosofía de la historia de la Ilustración del siglo XVIII se basa en una especie de mito del progreso, en el que la razón humana va avanzando de manera incontenible y en este avance, va disipando las nieblas de la superstición. Los ídolos. Esta idea de que el progreso moral sería siempre creciente, que sería asintótico, que tendería a ser absoluto, es evidente que no es así. Una cosa es el progreso técnico, que hasta ahora sí ha sido siempre creciente, pero otra cosa distinta es el progreso moral. Hay veces que se han dado mejoras morales y otras en que se han producido grandes crisis morales. Esas grandes crisis pueden coincidir con el desarrollo técnico, pues no es incompatible que se pueda producir un deterioro moral con avances técnicos.

¿Que ha habido tiempos mejores? Sí. El propio León XIII, cuando escribe Immortale Dei, se refiere a la dichosa edad aquella en que la filosofía del evangelio gobernaba las naciones. Se está refiriendo a lo que antes yo llamaba la cristiandad y, efectivamente, ha habido periodos en los que el orden político se basaba en las comunidades naturales, sobre las que luego había comunidades o asociaciones voluntarias.

P/Usted dijo aquello en relación a la convivencia. Refiriéndose a que hoy en día parte de las élites deciden vivir en urbanizaciones fuera de la ciudad.

R/Eso tiene que ver con un cambio sociológico muy profundo que se ha dado sobre todo en la vida urbana y más concretamente en la burguesa. Pero incluso dentro de ella, hasta hace no tantísimo, en una misma casa podían coexistir en distintas plantas, personas de clases sociales muy diferentes. Se daba, por ejemplo, que en la planta principal vivía la persona de mayores medios de fortuna y en las superiores (hoy en cambio la gente quiere vivir en áticos) los que tenían menos. Hoy se da una especie de segmentación social mayor que la de otros tiempos, y por tanto la convivencia entre las distintas capas de la sociedad, que es profundamente natural, hoy está muy deteriorada. Esto tiene que ver con los barrios privados, efectivamente, que se están extendiendo por todas partes. En esto, creo firmemente que se ha producido un retroceso notabilísimo de la sociabilidad, y es consecuencia, en el fondo, de que la revolución liberal va agotando etapas. Va dando pasos hacia delante. El liberalismo durante mucho tiempo no demostró todos los elementos nocivos que contenía porque existía una estructura social suficientemente desarrollada aún, que lo frenaba, lo limitaba. El problema está en que el liberalismo se aplica precisamente a destruir los vínculos sociales y conforme lo va haciendo, va segando la hierba debajo de sus pies. Esta es una de las cuestiones que se evidencian cuando se ven los efectos del liberalismo actual, comparado con el de principios del siglo XIX, que era algo iniciático de ciertas élites intelectuales y sociales, completamente ajenas al pueblo. En cambio, hoy los fenómenos y los efectos destructivos de esa ideología son mucho más palmarios.

P/Vamos a lo que creo que es el nervio de su pensamiento: ha dicho que el origen de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano en 1789, también el de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 en la ONU y en general todas las constituciones liberales que han sido en el mundo, tienen un origen impúdico porque se basan en el concepto kantiano de libertad, que usted define como libertad negativa o libertad sin regla. ¿Qué quiere decir esto?

R/Me atrevo a decir libertad luciferina, dando un paso más para evidenciar lo que quiero decir. La idea de la libertad clásica, tiene diversos órdenes. Hay una libertad psicológica, que es el libre albedrío; hay una que tiene una dimensión moral, la libertad de adherirse al bien; y luego tiene unos aspectos políticos, jurídicos, económicos, etc.  Es decir, la libertad es un término que permite una serie de acepciones análogas. Pero el analogado principal de la libertad clásica era la facultad de elegir los medios, siempre que se respete el orden de los fines. Esto quiere decir que el hombre no puede determinar los fines de las cosas; puede, y en ello radica su libertad, libremente adherirse a las finalidades intrínsecas que tienen las cosas. Y puede, claro está, no hacerlo. Pero cuando no lo hace, está excediéndose de lo que puede hacer. No puede, desde un punto de vista físico, pero sí desde un punto moral, a eso me refiero. La libertad que consiste en trasladar la opción de los medios a los fines, consiste en darse a sí mismo la ley. El hombre se da a sí mismo la ley y ese hombre, a partir de ese momento ya no posee una libertad reglada, con una ley a la que asirse o someterse, sino que es puramente negativa, una pura libertad sin regla. La encontramos en Kant, entre otros. Cuando se dice eso que ha quedado vulgarizado en una frase común actual, pero de matiz kantiana, de que mi libertad termina donde empieza la de los demás. Esta idea es puramente mecánica, ¿verdad? Puramente exterior. Se basa en colisiones: a ver quién tiene más fuerza. Si yo consigo aumentar o extender mi ámbito de dominio hasta más lejos, el ámbito de dominio del otro tendrá que restringirse, de tal manera que parece una especie de muelle que puede expandirse o contraerse, pero no tiene una regla intrínseca que lo regule.

En cambio, la libertad profundamente humana consiste en una libertad de opción, pero que respecto de las cosas que están dadas a los hombres y que no consiste en darse a sí mismo la ley, ni permitir reglar las cosas que vienen regladas por Dios y por la naturaleza de las cosas.

P/En relación a esto, también señala que las constituciones se basan en un pseudoderecho, que consiste en la afirmación de que no hay más autoridad que la que emerja o surja del sufragio.

R/Tiene relación con la pregunta anterior, así que permítame expresar un corolario: las declaraciones de derechos, lo que hacen es transformar el concepto clásico de derecho, que es un estatuto objetivo que tienen las cosas, en un poder de la voluntad del hombre. Esto es lo que se llama el derecho subjetivo. Es verdad que éste se puede incluso entender en términos clásicos, aunque es una derivación del siglo XV. Lo que pasa es que el derecho subjetivo, después de Hobbes, Locke, Rousseau, Kant y el resto de los contractualistas, pasa a ser una pura pretensión individual. Y ésta, desde el punto de vista jurídico, destruye el derecho; pero desde el punto de vista político, tiene una importante consecuencia, que es precisamente la negación de cualquier base para la autoridad que no sea puramente voluntaria o consensual. Tiene que ver con varias de las cosas que he comentado antes: el papel esencial que se atribuye a la voluntad humana o el consentimiento humano en el orden político, y que lleva, por ejemplo, a considerar la idea de que el poder absoluto corrompe absolutamente. Vamos a ver, si el poder corrompe, ¿la patria potestad de los padres sobre los hijos es corruptora? ¿La potestad de organización que tiene el empresario en el seno de la empresa es corrupta? ¿El ejercicio del poder eclesiástico es corruptor? Eso se basa en una idea de la libertad negativa, por un lado, que tiene por corolario la idea del poder corruptor; y, por otro, en que no hay poder que no emane del sufragio, la voluntad humana expresada. Ese es probablemente el fundamento de las declaraciones de derechos moderna: una pretensión puramente voluntarista que impide reconocer que existe ningún tipo de poder que no se ejercite, a partir del consentimiento.

P/Ha nombrado a la Iglesia Católica. Afirma que ésta deja de ser el arca de la salvación y la verdad, cuando se pone en condición de igualdad con otros credos, con otras instituciones, con otros organismos, y por ello, en un primer momento, la Iglesia condenó las declaraciones de derechos humanos, pero sin embargo, terminó aceptando la de 1948 en tiempos de Juan Pablo II. A esta adaptación de la Iglesia a las categorías centrales del pensamiento moderno y, podríamos decir, también posmoderno, usted le llama clericalismo. ¿Qué quiere decir con ese concepto?

R/El clericalismo es una palabra con distintas acepciones. Yo la utilizo con un significado técnico que se debe a un filósofo italiano, Augusto del Noce. Explicaba que hay una tentación en la Iglesia, en relación con todo tiempo, pero que en la Modernidad ha tenido una trascendencia mayor. En todo tiempo, la Iglesia se encuentra en medio del mundo. Eso produce, y está en el propio Evangelio y Nuestro Señor Jesucristo lo dice, un equilibrio inestable al estar en el mundo sin ser del mundo. Ese equilibrio inestable, cuando se desenvuelve en medio de poderes y sociedades que todavía son cristianas, aunque imperfectas, pecadoras (esto no se discute), esa tentación que siempre existe, tiene riesgos menores. Pero cuando la Iglesia se desenvuelve en el seno de una civilización que ha apostatado y que se revuelve contra la propia Iglesia, la tentación de adaptarse al mundo, de bautizarlo, de bendecirlo, de acomodarse a él, es mucho más nociva y peligrosa.

Es verdad que hay un elemento que lo explica: es el deber de la Iglesia de la salvación de las almas. Si ésta es su suprema ley, la Iglesia tiende a buscar modos para aproximarse a las personas y esto es natural. Pero el problema está en que estas aproximaciones en muchas ocasiones implican precisamente un acomodamiento a las realidades existentes, ideológicas, de la Modernidad, que son incompatibles con la misión de salvación de la Iglesia Católica. En esto consiste el clericalismo: es una realidad de todo tiempo, pero que en nuestros días es particularmente nociva. Es el deseo de bautizar lo que no se puede bautizar; de hacer pasar como realidades cristianas, lo que son realidades anticristianas. Esto sirve para las declaraciones de derechos, sirve para las constituciones, sirve para la democracia moderna… Sirve para la cultura moderna.

La idea puede ser comprensible como decía, porque va llamada a la salvación de los fieles, pero finalmente eso, que es una táctica o una estrategia en el mejor de los casos, en muchas ocasiones trasciende lo que es la dimensión táctico-estratégica para implicar cesiones de doctrina, cosa mucho más peligrosa, porque ahí es donde la Iglesia comienza a traicionarse a sí misma. Además mi impresión sincera, desde ese punto de vista táctico-estratégico, es que ha sido un fracaso.

P/Desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia, el filósofo y matemático británico Bertrand Russel decía, al respecto de las creencias: «Los cristianos sostienen que su fe hace bien, pero las otras creencias hacen daño. Lo que yo digo es que todas las creencias hacen daño. Podemos definir fe como una creencia firme en algo que no se puede comprobar. Cuando hay pruebas no se habla de fe. No se habla de fe como de que dos más dos son cuatro y la tierra es redonda, solo hablan de la fe cuando queremos sustituir la emoción por las evidencias».

R/Las ideas y creencias son necesarias para la inteligencia humana. Decía Chesterton irónicamente que «los nabos son singularmente tolerantes y las hierbas no alientan dogmas». Y efectivamente, lo propio del hombre es elaborar ideas universales, y cuando el conocimiento universal no llega a todo, es necesario completar el conocimiento racional con un aporte que nos venga de la revelación divina. Pero estas creencias no son irracionales sino arracionales.

Un ejemplo significativo a este respecto es el del «pecado original». Este es un dogma de la fe católica cuya realidad, por una parte, nos viene dada por el lado de la revelación. Por otra parte, pensando un poco, sin el pecado original entenderíamos peor las cosas.  Es cierto, desde este punto de vista, que el racionalismo excluye la posibilidad de la fe, pero el racionalismo no es el ejercicio de la razón, es una pretensión de una razón que agota el conocimiento de la realidad. Nuestra experiencia sin embargo nos dicta que la razón no agota el conocimiento de la realidad, que es desfalleciente, falible. Los dogmas de la fe lo que hacen es ayudar, soportar, potenciar el ejercicio de la razón.

En el mundo de la Iglesia Católica esto anterior es muy claro. La tesis central de la teología es esa afirmación que está en la primera cuestión de la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino «gratia non tollit naturam, sed perficit eam», es decir, la gracia no quita la naturaleza sino que la perfecciona. Desde el punto de vista del racionalismo, por contra, no hay espacio para la fe.

P/Acercándonos al pensamiento marxista con respecto a la religión, el propio Karl Marx dijo que «la abolición de la religión como ilusoria felicidad del pueblo es la demanda de su verdadera felicidad. Para llamarlos a abandonar sus ilusiones sobre su condición es hacer un llamado para renunciar sobre su condición que requiere de ilusiones».

R/Sí, esta es la articulación de la idea de la religión como opio para el pueblo. Con Russel hablábamos de racionalismo, y con Marx de materialismo. Si nosotros entendemos que todo es reducible a materia, si negamos la existencia del alma, será imposible explicar el ejercicio de la razón. Si consideramos a la religión exclusivamente como una fuente de ilusiones o una especie de opiáceo que sirve para mitigar los dolores existenciales, seríamos coherentes con el materialismo, pero éste, el materialismo,  constituye un punto de partida infundado.

Yo no termino de comprender el dogma materialista, porque su propia explicación racional se autorrefuta. Explicar la razón humana y la condición humana en términos únicamente materiales implica una contradicción in terminis, como todo escepticismo. Cuando Aristóteles critica a los escépticos ya se plantea la imposibilidad de que estos argumenten, porque la argumentación se basa en sostener ideas, que se sostienen por ser verdaderas, lo que impide ser escéptico. No se ha demostrado que las facultades humanas sean puramente materiales, porque eso nos asimilaría al resto de seres de la creación, cuando está claro que el ser humano tiene una diferencia respecto de ellos.

P/¿Quién es más enemigo de la tradición, el liberalismo o el socialismo?

R/El socialismo es producto, hijo, del liberalismo. En un cierto orden ambos serían culpables, pero al ser producto y reacción, es comprensible la reacción socialista frente a la revolución liberal. Lo que ocurre es que el socialismo se entregó a la filosofía marxista y produjo un fenómeno nuevo. Si el socialismo hubiera sido simplemente un fenómeno reactivo frente al liberalismo, el liberalismo habría sido peor, pero el marxismo añadió una serie de factores que durante mucho tiempo tuvieron una gran repercusión a través de su concreción en el comunismo, que a mucha gente distrajo. El liberalismo es el origen de todo, y por tanto el verdadero mal, pero está claro que el socialismo participó en buena medida de los males de éste.

P/En alguna ocasión usted afirmó que en el denominado Antiguo Régimen la operatividad de la libertad se jugaba de un modo diferente, es decir, que no existían las libertades individuales de las sociedades modernas y postmodernas, pero que sí que había libertades.

R/El hombre nunca ha sido menos libre que hoy. Hoy en día estamos condicionados por una multiplicidad de fenómenos que hacen que la libertad, en buena medida, sea una ilusión. Tenemos, efectivamente, libertades que nos vienen dadas por la técnica, como tomar un avión o un automóvil para desplazarnos de un lugar a otro en pocas horas, pero también es verdad que desde muchos puntos de vista la libertad humana se encuentra condicionada no menos que en otros tiempos. Ha sido frecuente decir que los hombres del Antiguo Régimen vivían en un ambiente de gran conformismo social, que la estructura de la Iglesia había penetrado el resto de estructuras sociales, pero el conformismo que vivimos hoy, inducido por los poderes políticos, por los medios de comunicación y por la cultura de masas no es menor. Antes los reflejos sociales tenían muchísimos límites que derivaban de la propia incapacidad técnica para imponer muchas cosas.

La Edad Media se caracterizaba por una gran libertad de elección, porque ésta era participativa. De alguna manera es verdad que el signo de la libertad ha cambiado, que la libertad individualista es diferente, pero, concretada en libertades múltiples de otros tiempos, no solamente no era menor, sino que probablemente era mayor.

En ocasiones se habla de absolutismo, pero esto no se puede comparar con el totalitarismo. Alexis de Tocqueville, un liberal aristocratizante por cierto, en sus capítulos finales de De la democracia en América hace una descripción impresionante de lo que será el mundo futuro y no encuentra palabra para definirlo. Después de describir la opresión social del conformismo social, ni despotismo ni dictadura son las definiciones adecuadas para ese estatismo que interviene en todo. Ese mismo poder inmenso, tutelar, es hoy propio de nuestros tiempos. Y es producto de la ideología de la Ilustración. Ésta explica el progreso de una manera mítica en la que la razón humana va avanzando, así como su libertad creciendo, contraviniendo la realidad de las cosas. La libertad humana ha ido avanzando y retrocediendo, ha dependido de los periodos, ha habido siglos muy duros seguidos de otros áureos. No creo que el auge del siglo XIII, la catedral gótica, la Suma teológica y Dante, provengan de una época oscurantista. Este refinamiento del arte, de la filosofía, de la teología y la literatura no tiene parangón en ningún otro periodo, ni pueden emerger de ningún periodo opresivo. La explicación de cómo se articulaban las libertades en el Antiguo Régimen es muy compleja para nosotros. Es cierto que no todo el mundo disponía de las mismas oportunidades, al igual que hoy. Lo que sí está claro es que si nos aproximamos críticamente a lo que es la realidad profunda de las libertades del hombre en nuestros días y lo comparamos con otros tipos de vida del pasado, tendremos que relativizar, cuando menos, el significado de la libertad que el racionalismo nos predica.

P/Otra de las patas importantes del pensamiento tradicional y carlista se refiere a la monarquía, lo que entronca con un tema muy de actualidad, que no es otro que el del eterno debate monarquía-república. Yendo un paso más allá, y siendo usted monárquico, desde el punto de vista del principio monárquico, no estaría de acuerdo con las monarquías parlamentarias actuales. ¿Podría definirnos qué es el principio monárquico, y en contraposición, qué es el principio democrático?

R/El principio monárquico es el que entiende las tres ideas a que antes me refería. La idea de la sacralidad del poder monárquico, es decir, en que el rey es un ministro de Dios. Todo gobernante lo es de alguna manera, pero en el caso del rey lo es más. En segundo lugar, el elemento de continuidad que da la monarquía. Cuando la monarquía es verdaderamente régimen y principio político implica un gobierno del rey y sus consejos, la llamada monarquía polisinodial, la vieja monarquía española, en que, por cierto, ni mucho menos tenía el rey un poder ilimitado, si no que estaba limitado además de por la ley de Dios por un entramado de asociaciones. Ese modo de gobierno asegura la continuidad. Se decía antiguamente que «la monarquía planta árboles y la república los tala», debido al predominio en ésta del corto plazo. Cuando el principio democrático es el esencial de la vida política, el principio monárquico queda reducido a una especie de hojarasca, de algo que recubre pero no es un verdadero principio político operativo. La tercera idea sería la de la centralidad de la familia en la monarquía. Mientras que la democracia se basa en que el único sujeto que tiene peso político es el individuo, en la aristocracia algunas familias conservan el peso político frente al de los individuos. Pero sólo la monarquía se basa en el relieve político de la familia, situando a la cabeza de esas familias la familia real. Pero este es un sistema que hoy ya no existe. Por tanto hoy no hay monarquías, porque las que se llaman así se basan en el principio democrático. El principio monárquico y el democrático, en definitiva, son incompatibles puesto que uno excluye al otro. Otra cosa distinta sería que el principio monárquico tenga que ver con la representación, con el pueblo. No olvidemos que la monarquía era esencialmente popular, como la iglesia. Por eso el grito de guerra de todos los movimientos tradicionales contra la revolución liberal siempre es «Dios, Patria, Rey», no hay otro. Por tanto, a mí me parece, que hoy no existen monarquías.

P/En relación al concepto de patria, según usted, no es lo mismo la nación histórica o cultural, que es apolítica, que la nación política, nacida de las revoluciones liberales y por tanto del racionalismo, en que el estado fagocita la comunidad política tradicional. ¿Cuáles serían los rasgos que configuran y caracterizan a la nación histórica según su óptica?

R/Desde la perspectiva racionalista, la nación política es ideológica. La nación histórica ha sido liquidada por el racionalismo. Consiste en una adhesión afectiva, existencial, lo que permite la integración del hombre en múltiples grupos humanos. No hay incompatibilidad entre ser madrileño, castellano o español, porque ninguna de esas identificaciones se hace contra otra, sino que son adhesiones acumulativas, como cuando se arroja una piedra a un estanque y produce una serie de ondas concéntricas. La nación histórica es fruto de la virtud de la piedad. Que Santo Tomas de Aquino afirma «se extiende a la patria». El cuarto mandamiento, «honrarás a tu padre y a tu madre», tiene que ver con esto mismo, y de esto participa la patria como virtud moral.

La nación moderna se ha basado en su identificación con el Estado, en la voluntad general, en el principio de nacionalidades en que cada nación tiene derecho a ser un Estado. Ese es el mundo en que hemos vivido después de la Revolución Francesa. En el momento en que la nación política se superpone a la nación histórica la desvirtúa y la desnaturaliza, quedando ésta alterada. En Francia Jean de Viguerie escribió un libro titulado Las dos patrias, en que venía a decir que tanto se había superpuesto la nación revolucionaría a la vieja nación tradicional, que hoy los propios defensores de la tradición en Francia estaban inficionados por las ideas nacionalistas modernas. Esto en España no ha ocurrido, porque el mundo tradicionalista ha seguido cultivando siempre la virtud de la piedad en la nación histórica, pero en cambio ha ocurrido en otros movimientos modernistas, como la Falange, en que se intenta prescindir de la nación histórica con la nación política revolucionaria. En otros países esta situación es más complicada, puesto que nacieron con la nación política, como Italia, Alemania o los países hispanoamericanos.

P/¿Qué opinión le merecen los movimientos independentistas catalanes y vascos?

R/En España se dan dos posiciones equivocadas al respecto. Por un lado, los separatismos que parecía se afincaban en la diferencia étnica o cultural, pero acaban inventando una pseudo-tradición y rindiéndose al estatismo, de un Estado al fin y al cabo, aunque de radio más pequeño. Por otra parte, la defensa frente a los separatismos se plantea equivocadamente desde el punto de vista del patriotismo constitucional, invento socialdemócrata que ahora curiosamente defienden los liberales, que implica una exasperación de la nación política. Son concepciones aparentemente opuestas que tienen un punto de conexión entre dos modos de ver la nación política, es decir, tanto constitucionalistas como separatistas beben del concepto de nación política del liberalismo, y no del de nación histórica o cultural.

P/Siguiendo este racionamiento, la ideología liberal, por su raíz protestante, sería la causante de la destrucción de España desde su punto de vista. ¿Qué sería España según su óptica y en qué sentido estaría siendo destruida por esta ideología?

R/España es un conjunto de pueblos en que hay una superposición de vínculos a través de la historia. Es verdad que tienen elementos comunes desde muy antiguo, si bien la Reconquista contra la invasión mahometana aportó un elemento decisivo determinando los reinos cristianos que llegan hasta nuestros días. Podríamos decir que España es un conjunto plural de pueblos que han tenido en común el servicio al mismo Dios y la fidelidad al mismo rey.  Ya que se trataba de pueblos que tenían constituciones políticas distintas, lo que ni siquiera cambió con el matrimonio de los Reyes Católicos, que no determinó una unión entre Castilla y Aragón, sino una unión personal entre los Reyes a que luego se sumó Navarra, los reinos de Indias, Portugal, Nápoles. Cuerpos políticos diferentes que tenían un mismo rey y un modo común de concebir la fidelidad al mismo Dios, es decir, la unidad católica. Este conjunto de pueblos constituye un entramado complejo que no es de naturaleza estatal, porque de alguna manera es imperial. España, así, no llega a ser nunca un Estado, sólo en el siglo XIX los liberales lo intentan, con poco éxito, y en el siglo XX Franco, pero llega tarde y cuando el Estado está en decadencia es cuando España construye cierto conato de estado. Pero podemos decir que lo que es España es un conjunto múltiple de pueblos con una historia, tradición, cultura y rey común, unido bajo la idea de unidad católica, en combate frente al protestantismo, en defensa de la vieja cristiandad. La Gran España de la Edad Moderna lo que pretendió fue defender la vieja cristiandad principalmente frente a Francia, y en ocasiones, frente a la connivencia del Papado con Francia, dado que los papas veían que la Monarquía Hispánica tenía demasiado poder y deseaban un contrapeso. Cuando uno no explica el tema nacional desde un punto de vista ideológico o estatal, sino que lo plantea desde un punto de vista existencial, se vuelve una cosa mucha más rica, aunque es cierto que mucho más indefinida, que creo que es la definición histórica y tradicional de España.

P/Usted, como tradicionalista es católico, sin embargo reniega del franquismo y el nacional-catolicismo, afirmando que produjo una inversión perversa en la que lo religioso se puso al servicio de la nación, y no la iluminación de la nación a través de lo religioso.

R/Cuando se habla de nacional-catolicismo hay que distinguir si se trata de poner lo religioso al servicio de la nación, que es lo que parecería estar en el origen de ciertos jerarcas de la Falange, o de subordinar la nación a la religión, que es lo tradicional. Franco, por su parte, era un liberal, un liberal conservador militar, sin gran cultura política, pero que descansó sobre la Iglesia en buena parte para la institucionalización del régimen. No soy nada simpatizante del Régimen de Franco. Recordemos que en Canarias, cuando a última hora decide participar en el alzamiento nacional del 18 de julio, firma por «la libertad, la igualdad y la fraternidad», y termina con un «viva la república». Luego, en una de sus primeras declaraciones después de asumir la jefatura del estado el 1 de octubre de 1936, defiende la separación de Iglesia y Estado, a lo que reaccionó el Cardenal Gomá y la Junta Carlista de Guerra obligándole a rectificar. En el franquismo, en su evolución, en un primer momento hay una defensa de la Iglesia, pero mezclada con otras cosas, porque el franquismo primero empieza siendo principalmente un sistema totalitario que no dura mucho tiempo, fascistizante de acuerdo con Italia o con Alemania; luego pasa a ser simplemente una dictadura militar en la que los católicos tienen mucho peso, pero es verdad que en buena medida son los católicos que han sido demócrata-cristianos antes, es decir, los émulos del nefasto Ángel Herrera; que luego da lugar a una especie de tecnocracia liberal en la que el Opus Dei lleva la voz cantante; que acepta la libertad religiosa del Vaticano II, un desastre total… En fin, digamos que es un tema inmenso…

P/Dado que el tradicionalismo tiene vigencia en la actualidad según usted, para llegar a ser dominante o hegemónico, ¿cómo piensan los carlistas propagar el tradicionalismo y cuál sería la estrategia carlista al respecto?

R/Todos los temas que tienen que ver con la praxis política son temas dificilísimos, puesto que dependen de la aprehensión de las circunstancias. En el mundo de hoy, estas circunstancias reclaman la vuelta a la tradición, pero no son proclives a la restauración de la mentalidad tradicional, por muchas razones. En primer lugar, porque las sociedades de masas destruyen la sociabilidad natural, porque la urbanización moderna dificulta los vínculos sociales, porque los medios de comunicación inducen una serie de pautas de comportamiento de un cierto tipo, etcétera. Un  análisis sociológico de la realidad contemporánea demuestra que sus tendencias militan en sentido opuesto a las del tradicionalismo, que son el arraigo, la cohesión, la comunidad, el orden social, la jerarquía, contra lo que toda la civilización de masas va en sentido opuesto.


Hay un factor adicional además que dificulta mucho las cosas, que es la actitud actual de la Iglesia. De alguna manera, la Iglesia fue un valladar frente a la revolución liberal en sus primeros pasos, pero cuando la Iglesia ceja en ese combate, de alguna manera deja a la intemperie a quienes lo sostenían con ella. Resulta difícil pensar en una restauración de la cristiandad histórica o de la España tradicional en unos tiempos como estos en que tanto los elementos sociológicos como teológicos van en contra, en el sentido de la decadencia evidente de la Iglesia Católica en España, producto probablemente de su estrategia equivocada. España ha sufrido más que otros países, o al menos de una forma más neta o más clara, todas las transformaciones que se han producido potenciadas por el Concilio Vaticano II, que es primero consecuencia y luego causa. Causa potenciadora y multiplicadora, pero también consecuencia. Está claro que los padres conciliares no se habían formado en la doctrina del Vaticano II, que aún no existía, sino en una previa que era la del modernismo, que el Concilio acoge de una manera inconsciente, difusa y compleja. Entonces sin el apoyo de la Iglesia, y con una sociedad profundamente debilitada y que milita en sentido contrario de la tradición, es muy difícil pensar en la restauración de esta.

Lo que ocurre es que la vida política es extraordinariamente compleja. No es como la vida personal, que es muy limitada, pues unos pocos elementos la configuran, de manera que en ocasiones pueden llevarnos a la desesperación, a no ver salida desde el punto de vista humano. Pero la vida política es tan complicada, tan distinta y cambiante… ¿Quién iba a pensar que el comunismo se acabaría, quién iba a pensar que la potencia sucesora del comunismo iba a ser, con todos los defectos que se quiera, la única potencia cristiana en el orden internacional, como es Rusia?. Es decir, claramente, la teología de la historia nos demuestra que la historia es lineal, no cíclica ni progresiva, sino que comienza con la creación y termina con la segunda venida de Nuestro Señor y entre tanto está el tiempo y se va produciendo su desarrollo. ¿Quién nos dice que no pueda haber una restauración de la España católica, producto del fiasco del mundo liberal? El mundo liberal está llegando a su agotamiento, y bien por desfondamiento interno, bien por agresión externa, no hay que excluir una reacción.

Todo esto es cierto, yo lo único que digo que los carlistas no nos engañamos en el sentido de la dificultad que tiene cualquier tipo de acción apostólica, cultural, social, política, en un mundo en que todas las tendencias van en sentido opuesto a lo que predica la tradición católica.

P/¿Es posible, haciendo el ejercicio de la historia comparada, que igual que se puede decir que el periodo actual al que más se parece en la historia es al periodo del Imperio Romano, llegará un momento en que este periodo caiga dando paso a una especie de Edad Media?

R/La idea de Edad Media es un concepto de la ilustración, usado para desprestigiar a la amplia edad cristiana.

P/Me refiero a que algún día caiga el mundo de hoy en día según los parámetros actuales y se abandone la época del progreso tecnológico para dar paso a un momento histórico más centrado en lo espiritual y menos en lo material. ¿Qué le parece esta tesis?

R/Lo que está claro es que hay periodos en que se evidencia el agotamiento. El de Roma duró siglos, tal vez ahora el agotamiento de la civilización actual dure menos. Efectivamente, hay signos de decadencia y exacerbación de las consecuencias de la postmodernidad. Siempre digo que ésta es un fenómeno complejo, que combina un aspecto cronológico (el periodo que sigue a la modernidad) con otro axiológico (reacción que a su vez combina decadencia y radicalización). Hay muchos vectores, que en buena medida son contradictorios entre sí  y que son los que caracterizan nuestro tiempo, oscilante entre signos contradictorios, uno de los cuales es claramente el agotamiento.

El agotamiento del paradigma moderno puede llevar a la emergencia de otro paradigma, eso no lo sabemos y ni siquiera se puede hacer una cábala. Pero es verdad que el estudio de la historia nos puede llevar a formular, con toda cautela, hipótesis como la que usted plantea, y efectivamente se podría llegar a dar un nuevo período, pero no sabemos si acaso no pudiera ser de radicalización del nihilismo, o de puro caos. En buena medida, hay veces en que parece que ciertos amos del mundo lo que desean en nuestros días es una especie de gobierno por el caos. Cuando uno ve la política de los Estados Unidos, secundada por la Unión Europea, tiene la impresión de ver la estrategia del caos, que pretenden gobernar a través de un caos complejo. Podría ser.