lunes, 9 de octubre de 2017

Crónica de la concentración en Vigo por la unidad de España

El día 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, los carlistas de Vigo nos unimos a una concentración en defensa de la unidad de España que tuvo lugar en la plaza del Ayuntamiento de la ciudad.


Fuimos convocados por WhatsApp por un anónimo para las 19:00 p.m. y a esa hora estábamos preparados con la bandera de España del Sagrado Corazón y con nuestra recién acabada pancarta que habíamos preparado para la ocasión. En esta pancarta se leía el tan augusto y tradicional lema carlista: «Todo por la Patria y la Patria por Dios».



Con esta idea e intención y, teniendo en cuenta las recomendaciones de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, así como de su Secretaría Política, habíamos preparado un discurso cuyo contenido estaba compuesto por fragmentos de los textos políticos de Vázquez de Mella (de rabiosa actualidad) y del comunicado del Señor. La base del breve texto (que a continuación ponemos a disposición) era la defensa de la verdadera catalanidad, de la armonía regionalista y del federalismo histórico de las Españas, como cauce y equilibro de la indivisible unidad Patria en el respeto absoluto a las libertades y peculiaridades de cada reino, principado y señorío hispánico:

   Hoy es siete de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario y por ello conmemoramos el aniversario de la heroica batalla de Lepanto. Tal fecha nos lleva a la gloriosa historia de España; una historia de Conquista y Reconquista, una Historia que forja su base en la Cruz y que une a pueblos y culturas diversas en la Verdad mayúscula. Porque espíritu nacional no es contrario al regional, sino que es la síntesis de los espíritus regionales. ¡Ay de aquel que, queriendo favorecer el espíritu de una nación, trate de mermar los atributos y caracteres de los espíritus regionales que, al comunicarse y unirse, la han engendrado!

   Tenemos una vida peculiar, propia, que cada región en mayor o menor grado conserva. Y tiene cada región rasgos comunes con todas las demás. Hay una historia colectiva común y otra propia, particular. Hay que afirmar íntegramente las dos. Debemos afirmar el espíritu regional en toda su pureza; pero también hemos de ser conscientes que, si se arrancase una sola historia regional, la común de España queda mutilada y se hace incomprensible.

   Cataluña es parte fundamental e inseparable de la Corona de Aragón, que integra la Monarquía española. Es una región españolísima. Cualquier argumentación en contrario ignora la realidad y contradice la historia. No caigamos en la negación de la catalanidad para conseguir una exaltación de España. Haciendo éso, sólo conseguimos caer en la trampa del separatismo enfermizo e histérico. Cataluña es región clave y protagonista de nuestra Historia y su sola afirmación implica de por sí una afirmación de España. Catalanidad es Hispanidad.

¡Viva Cataluña española!

¡Viva España!

Debido al pretendido carácter anónimo y apolítico de la concentración y a que el que la convocó no hizo acto de presencia, el silencio en la manifestación era, no sólo patente, sino palmario. Impulsados por la inquietud de una buena señora, que era ajena a la Santa Causa, nos dispusimos a abanderar el encuentro con la lectura de nuestro discurso frente a todos los concentrados. 

Ante el silencio y curiosidad de la multitud allí congregada nuestro compañero Jaime, custodiado por los demás compañeros, leyó el discurso, que, en justicia, hace honor al ideario que recibimos y por el que luchamos y al mismo tiempo es muy oportuno al momento que atraviesa nuestra patria. Tras los aplausos que siguieron al discurso y conminados por la fortaleza de otra buena señora improvisamos al final un breve reconocimiento a la labor de la Guardia Civil, la Policía Nacional y el Ejército español, al que añadimos los correspondientes vivas a cada uno.

Finalizado el acto, muchas personas se nos acercaron interesadas en conocer acerca de la Causa y  tuvimos ocasión de compartir impresiones sobre la grave situación de España.

viernes, 8 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (IV)

¿PUEDEN LOS CATÓLICOS?

La Francia católica atacada por los masones, dibujo de Achille Lemot 
para el periódico Le Pèlerin, 12 de octubre de 1902.

 Sentado que la funesta acción social del judaísmo no puede ser destruída por la revolución violenta, por la reacción de las clases proletarias perjudicadas por esta acción ó por obra del Catolicismo; demostrado que el anarquismo se prepara para llevarla á cabo, pero temerosos de la sangre y ruinas que ha de ocasionar tan fuerte sacudida social, nos preguntamos: ¿puede la acción católica poner fin al imperio del judaísmo, evitando así la tremenda crisis revolucionaria? A darle respuesta vamos á dedicar este artículo.

 Esta, en principio, es. decididamente afirmativa. La acción católica tiene fuerza y virtud para lograr este triunfo contra su pérfido enemigo, que lo es al mismo tiempo de la sociedad, la cual no puede sufrir por más tiempo su pesado yugo.

 Si no fuera posible no se esforzaría tanto la voz de la Iglesia por excitar á los católicos á que luchen por conseguirlo. De tal suerte, que sólo con obedecer á las enseñanzas de la Iglesia y poner en práctica sus amonestaciones, quedarían resueltas todas las cuestiones religiosas, políticas y sociales planteadas por el judaísmo, y que han destruido el orden moral y material de los pueblos.

 Toda la cuestión está, pues, en saber si el remedio será puesto en ejecución ó no, y si se encontrarán los elementos necesarios para crear con ellos una fuerza efectiva, práctica, que produzca el cambio que ha de realizarse en cada nación para conseguir el triunfo.

 Dejando por hoy la situación en que, respecto á este punto, se hallan los demás pueblos amenazados ó perturbados, vamos á fijarnos solamente en nuestra patria.

 Es indudable que España es la nación de Europa que cuenta con mayor número de católicos, donde la fe y el sentimiento religioso conservan más hondas raíces, aun en medio del espantoso indiferentismo que se ha producido en ella.

 Por esta razón debería ser el pueblo donde menos elementos revolucionarios habría de encontrarse; y así es. Lo que hay es que cada anarquista, cada revolucionario vale por dos ó tres, comparados con los de otras naciones. La razón es fácil de comprender.

 En España el que no teme á Dios, el que no encuentra un freno en su conciencia, no teme á la ley ni á la fuerza, porque ve que á la primera no la respeta nadie, y á la segunda le gusta hacerle frente, por efecto de los hábitos de lucha que han quedado después de ocho siglos de guerrear contra los moros, contra los invasores de nuestra patria y contra los enemigos de su honra ó de sus tradiciones, dentro y fuera de la Península.

 El español se apasiona por sus ideales; cuando penetran en su inteligencia, en seguida se apoderan de su corazón y arde en deseos de reducirlos á la práctica, sin discurrir, sin temer, sólo aprovechando la oportunidad que se le presente de obrar.

 En lo cual se distingue de los demás pueblos, en los cuales el respeto á la ley se ha infiltrado en las costumbres públicas por efecto de la seguridad de que su acción no puede burlarse, en los cuales la cabeza discurre con frialdad y la acción es calculada, y por consiguiente no siempre efectiva.

 Por esto en España es imposible la República ordenada y todo Gobierno popular dentro de la revolución, porque falta esta calma que contiene y este freno que evita los desbordamientos irreflexivos.

 Pues bien: en España existen mejores disposiciones para trabar la batalla definitiva que en ninguna otra nación, porque aquí todos los elementos de acción viven siempre con el fusil cargado y el gatillo levantado; los demagogos dispuestos alanzarse á la menor debilidad en el poder, y los católicos á salvar las tradiciones y los intereses patrios.

 ¿Quién diría que en el fondo todos aspiran á lo mismo? Pues es la verdad, porque todos se proponen matar lo que es causa de su desgracia, de los males de la nación, y sólo se distinguen en el fin, que para unos es de destrucción social contra toda autoridad, y en los otros de regeneración social por medio de la autoridad divina y humana.

 En las demás naciones los campos opuestos se hallan en muy distintas condiciones. Los anarquistas no encuentran en frente de sí un principio contrario; el Catolicismo no representa en ellas una fuerza social; los católicos son individualidades, grupos parlamentarios á lo más, pero no una comunión organizada, dirigida, armada y aguerrida. En esas naciones la demagogia no encuentra más que la fuerza material que la contenga, pero no una afirmación contraria radicalmente; luchan liberales contra liberales, nunca revolucionarios contra católicos. El vencedor, pues, no puede salvar nada.

 En España el parlamentarismo organiza y produce más daño que en ninguna otra nación, porque se implantó en terreno que le era adverso; ha vivido por la violencia, con la tiranía de sus explotadores, y no puede resistir á la hostilidad y repugnancia que encuentra en la masa de la nación. Muere y no dejará sucesión, porque no vivirá ninguno de los retoños que se reproduzcan, pues no los podrá resistir la nación; á la sombra de este árbol funesto no nacerá la hierba siquiera; no podrán vivir ni las almas ni los cuerpos.

 En las demás naciones el liberalismo ha nacido y crecido espontáneamente, porque el terreno se estaba preparando desde hace siglos para recibirlo; por esto cuando muere en una forma se reproduce en otra, y vive y vivirá, porque el suelo, que es poco católico, no le rechaza mientras conserve la prosperidad material y sea posible la vida siquiera del cuerpo á su sombra; lo cual también concluirá en su día, aunque más lejano.

 Y hemos entrado en este orden de consideraciones antes de estudiar cómo la acción católica puede lograr el triunfo sobre la obra del judaísmo prescindiendo de la acción del anarquismo, para demostrar que el problema que en otras naciones ofrece largas, porque ni el liberalismo está pereciendo en ellas, ni hay que pensar en que la acción católica tenga fuerzas todavía para dar la batalla definitiva, en España es problema de urgente resolución, que se desenvolverá por sí mismo y nos lo encontraremos el mejor día en mitad de la calle hablando por boca de la anarquía y de la crisis social.

 Dado que en España el problema es completo, pues abarca el orden moral y el material, ya que ha dejado á la sociedad sin creencias y sin dinero, y la salvación consiste en devolverle uno y otro, dándole virtudes, sin las cuales es imposible la moralidad en ningún terreno, y prosperidad, sin la cual no puede vivir; dado que el problema tiene tales condiciones que sólo el Catolicismo puede resolverlo, queda dicho con esto que sólo con establecer un Gobierno católico que viviera coa principios opuestos á los del liberalismo, siguiendo la tradición española, es decir, plantando el árbol gubernamental que el suelo de nuestra España apetece, por ser el natural suyo, quedaría destruida la obra del judaísmo en nuestra patria, como se seca el estanque al que se cortan las corrientes que lo alimentan.

 Y esto se comprenderá fácilmente desde el momento en que se estudie lo que sería un Gobierno de esta clase.

 El usurero no tiene que hacer en una casa rica; donde hace su negocio es en la casa pobre, á la cual saca de ahogos hasta que le ha chupado toda su sustancia y la ha puesto á vivir de limosna ó en el caso de emigrar.

 Pues bien: un Gobierno no parlamentario ni liberal, sino verdaderamente representativo, en que los Gobiernos no vivan de las mayorías ni necesiten alimentar el caciquismo, ni enriquecer á los amigos, ni cubrir sus inmoralidades, puede hacer economías, reprimir irregularidades, evitar despilfarros, cosa que ningún Gobierno parlamentario puede lograr, siendo prueba de ello el que desde que existe el sistema no lo ha hecho, y cada día le es más imposible hacerlo.

 Un Gobierno de esta clase forzosamente ha de ser económico; lo cual han confesado siempre los liberales al decir que su sistema es mejor aunque es más caro. Siendo más económico, no sólo habría de saldar el presupuesto sin déficit, sino que habría de disminuir los impuestos, que reformaría moralizándolos, y habría de atender al fomento de la riqueza pública con la construcción de vías de comunicación, canales y tantas otras facilidades que exige el estado de adelanto en que se hallan las demás naciones.

 No teniendo que hacer empréstitos ¿no cerraríamos la puerta al judaismo, que es el usurero de las naciones? Nada tendría que hacer aquí. ¿Qué inportaría que quisiera hacer subir ó bajar a Bolsa, si el Gobierno la pondría al tipo más alto á que puede llegar, con la seguridad de que los intereses están asegurados con la prosperidad y desahogo de la Hacienda publica?

 Cuando el papel del Estado no diera, como en Inglaterra, ni el 3 por 100, ¿no quedaría resuelto por sí misiio el problema capital de la economía moderna, que es el desequilibrio entre la renta que producen la propiedad y la industria, y lo que se saca de los valores de la Bolsa, que ha hecho improductivos tantos capitales y arruinado las fuentes de riqueza pública y privada?

 ¿No tendríamos resuelta la cuestión de los cambios con el desarrollo que tendría la producción nacional auxiliada con los capitales que ahora huyen de ella, y que volverían desde el momento que rindiera más la propiedad y el trabajo que los valores públicos?

 ¿No tendríamos resuelta la cuestión obrera, es decir, aliviada la suerte del trabajador, que es la víctima de todos estos desequilibrios económicos, los cuales le dejan sin trabajo y, por consiguiente, sin lo que necesita para satisfacer sus racionales necesidades?

 Y que estas economía serían consecuencia natural y forzosa del cambio de sistema, se comprenderá, demás de lo dicho, con que muchas de las cargas que el Estado liberal ha acaparado para dominarlo todo, unas volverían á tener vida propia, y otras, con la descentralización, se satisfarían con menor gasto por las provincias y Municipios. ¿No se ha visto cómo las Provincias Vascongadas, las más pobres quizá de España, entregadas á sí mismas, estaban provistas de las mejores y más numerosas carreteras de España, la enseñanza pública era modelo, nada faltaba á las iglesias, la industria prosperaba y el bienestar las hacía unos oasis en medio de la aridez y penuria del resto de España?

 El Gobierno que consiguiera que entrase en las arcas del Tesoro lo que legalmente ha de entrar, esto es, que todos tributaran, que nada se ocultara por los caciques, que no hubiera arreglos y otros tratos, ni negocios escandalosos, ni otros agios, ¿no atraería á las arcas del Tesoro unos ingresos que le darían desahogo hasta para amortizar Deuda consolidada?

 Pues bien: un Gobierno católico, ajeno por completo al sistema liberal, rebajando las gabelas que harían gravosísimo el rigor en el cumplimiento de leyes tributarias tan gravosas como las actuales, que hiciera que no se defraudara en los ingresos ni en las salidas, ¡qué sobrantes más enormes no tendría!

 Resuelta la cuestión económica, ó sea la material, quedaría sólo la moral para destruir la acción del judaísmo... Pero como este punto no puede desarrollarse en este artículo, ya sobrado extenso, lo dejamos para otro día.

El Correo Español (18 de marzo de 1892). «¿Pueden los católicos?», Luis María de Llauder

jueves, 7 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (III)

¿CÓMO PUEDE SER VENCIDO?


Nos referimos al judaísmo, en cuyo estudio hemos de continuar hoy, pues tiene importancia tal, que de él depende la suerte definitiva del mundo moderno.

 El judaísmo, por medio del liberalismo, se ha apoderado de los pueblos, sustituyendo á la civilización cristiana la civilización materialista, con lo cual se ha hecho dueño de las conciencias y de los bolsillos de las generaciones presentes y futuras.

 Este poder lo ha conseguido y lo sostiene por medio de la prensa racionalista, impía, radical y pornográfica, de la cual son fomentadores y directores; por medio de la masonería, que constituye una fuerza política y social que les hace superiores á los Gobiernos, y por medio del parlamentarismo, que le da los empréstitos y los negocios, con los cuales tiene encadenada á su voluntad la suerte económica de los pueblos, su Hacienda pública, su Bolsa, sus especulaciones y su capital.

 Como hemos dicho otras veces, esta opresión se hace ya intolerable. Se rebelan contra ella las conciencias rectas, los espíritus nobles, que sienten el vacío de la idea católica y que echan á menos aquel lazo sublime que une amorosamente al hombre con Dios, y que de la insuficiencia de lo natural lo eleva, consolándolo, á lo sobrenatural y eterno.

 Y se rebelan contra la obra del judaísmo los que han perdido las riquezas que el judaísmo ha acaparado, y se ahogan en la necesidad que empiezan á sentir. A este número pertenecen clases enteras, como el proletariado, la clase media y las clases altas que no han hecho alianza con el judaísmo poniéndose á su servicio.

 De aquí el doble camino emprendido por las corrientes modernas: una corriente hacía Dios y los principios tradicionales destruídos por el judaísmo para lograr su entronizamiento, y otra contra Dios, extremando la idea sembrada por el judaísmo en busca del remedio en las teorías antisociales y ateas, corriente encarnada en el anarquismo, el socialismo, el nihilismo y todo cuanto puede saciar el odio, la envidia, la codicia y la sed de goce sembrados en todos los descontentos y desdeñados del festín de la civilización moderna.

 Hé aquí las dos corrientes que han de ahogar al judaísmo y poner fin á su explotación social.

 La corriente católica, por su naturaleza, será más lenta en su acción, porque sus armas son pacíficas y no cuenta con la fuerza externa que tiene el judaísmo para debilitar su acción. Verdad es que la Gracia de Dios puede en un instante cambiar los corazones y producir mudanzas que favorezcan la rapidez de su acción. Bien deseamos que así suceda, y las oraciones del pueblo cristiano pueden conseguirlo; pero esto entra en las esferas de lo sobrenatural, y no nos es dado entrar en los secretos de la Providencia.

 Humanamente hablando, tardará más tiempo en producirse una corriente católica de fuerza tal que se imponga á la fuerza del judaísmo y la destruya ó la neutralice, del que puede esperar esta otra fuerza social que perece de necesidad moral y material y exige un pronto remedio.

 Todas las señales dicen que la acción revolucionaria se anticipará á la acción católica.

 Los pueblos más dominados por el judaísmo están en vísperas de la bancarrota, de no poder pagar sus deudas, ni siquiera los intereses de ellas; los presupuestos desequilibrados es imposible que se equilibren de una manera estable y fecunda, porque igualarlos suprimiendo obligaciones y atenciones necesarias es vivir artificialmente y sostener una mentira que no puede durar.

 El anarquismo se extiende, se organiza, se manifiesta, sin que ningún Gobierno se atreva á impedirlo, y apresura la explosión de su terrible venganza.

 Preguntándonos ahora: ¿cómo puede ser vencido el judaismo?, encontramos una respuesta doble: por el anarquismo y por el Catolicismo. Uno y otro pueden darle el golpe de muerte.

 El socialismo, que es una forma templada, y hasta puede ser gubernamental del anarquismo, tiene una doble misión que que nadie más que él puede desempeñar: la de destruir y la de castigar.

 Para poner fin á la funesta obra del judaísmo es preciso derribar las fortalezas desde las que impera; y para ello es preciso que venga un periodo revolucionario, violento, en que un poder imperante diga:

 —¿Por qué hemos de pagar nosotros los despilfarres de la burguesía, y reconocer mansamente los empréstitos y las deudas contraídas á nuestro nombre, es decir, á cargo de las generaciones venideras, extenuándonos para satisfacer intereses de cantidades que no se han empleado en nuestro beneficio ni en el de la nación, sino en agios y especulaciones de burgueses políticos y de banqueros enriquecidos con la sangre de la nación?

 Esto, que han de decir un día las generaciones presentes ó futuras, no hay quien en una situación normal lo diga; es preciso que venga un huracán social que lo haga, y éste ¿no lo vemos venir en el ciclón anarquista?

 Pero además de la abolición de las deudas son necesarias economías radicales y supresión de gastos y obligaciones creadas por el parlamentarismo, que tampoco puede hacer un Gobierno normal, y que sólo una situación violenta y revolucionaria puede realizar.

 Así como el liberalismo hizo por medio de revoluciones, antes que por medios ordenados, la destrucción del edificio social antiguo y cristiano, de la misma manera sólo una gran sacudida social puede destruir el edificio de la civilización moderna, en el cual se guarece el judaísmo.

 Los que temen, y con razón, este sacudimiento social, esta gran revolución que ha de preceder á la regeneración cristiana de la sociedad, única que puede salvarla, háganse cargo de que es necesaria é inevitable para el día en que la Providencia deje de consentir la rebelión moderna, representada y sostenida por el liberalismo y quiera volver á imperar en el mundo civilizado, como tiene derecho á ello y lo ha realizado hasta hace poco, habiéndole redimido con la sangre de Jesucristo.

 Y tengan en cuenta que si viene esta revolución como un hecho necesario es por culpa y voluntad de los católicos. Si se encargaran ellos de dar esta batalla y destruir la obra del judaísmo no dejaría la Providencia á los terribles ejecutores de esta obra el hacerse al mismo tiempo los instrumentos de la Justicia divina, castigando á los unos por el daño que han hecho, á los otros por el que han dejado hacer, y á los demás por no querer hacer los sacrificios que son necesarios para dar la batalla á los enemigos de Dios y de la patria.

 ¿Podrían los católicos dar y ganar esta batalla?

 Lo examinaremos otro día.

El Correo Español (14 de marzo de 1892). «¿Cómo puede ser vencido?», Luis María de Llauder

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (II)

¿QUIÉN LO VENCERÁ?

Sí; ¿quién vencerá al judaísmo, que tiene hoy esclavizado al pueblo de Dios?

 El judaísmo representa una idea; no puede vencerlo, pues, más que otra idea. Es, además, una fuerza; no puede dominarlo, pues, más que otra fuerza. Así es cómo se ha de presentar la cuestión.

 La idea que el judaísmo representa es la idea anticatólica; la idea, pues, que ha de luchar contra él no puede ser otra que, la idea católica.


 Que esta idea católica hoy está vencida en el orden del derecho público de las naciones, en las costumbres, en casi todas las manifestaciones de la vida social; sea. Pero téngase en cuenta que cuanto dure este vencimiento, tanto durará el poder y la tiranía del judaísmo.

 Hoy domina éste por medio de la masonería y del liberalismo. Pues mientras dure esta dominación durarán los males sociales que produce.

 Pero como los males no pueden permanecer estacionarios, siquiera porque la resistencia del enfermo va agotándose, tienen forzosamente que disminuir ó aumentar. Disminuir, los hechos demuestran que esto no es ni puede ser; tienen, por consiguiente, que aumentar.

 Y como á una acción social corresponde una reacción, siempre que aquélla sea violenta, de aquí que la acción deletérea y corrosiva del liberalismo ha de producir una reacción tanto más fuerte cuanto más nociva aquélla sea.

 Esta reacción toma dos formas: una es la reacción hija de la acción, y otra la reacción opuesta á la acción. O sea la anarquista y la católica. Y he aquí cómo hoy se nos presenta otra vez la lucha en el terreno religioso como el alma, el fondo de la cuestión social.

 El Catolicismo fué arrojado de la sociedad por el liberalismo, y ahora se nos presenta otra vez el Catolicismo en lucha contra todos los enemigos de la sociedad, como única salvación que le queda.

 De esto resulta que hoy el judaísmo se encuentra entre dos enemigos que quieren destruirlo: el anarquismo, por él creado, y el Catolicismo, superior y no aplastado, aunque aherrojado por él.

 El primero es enemigo según la carne, esto es, según la lógica y orden natural de los hechos; el otro es enemigo según Dios, esto es, enemigo superior. Desde el momento en que el judaísmo ha separado á los hombres de la obediencia al Evangelio, dejándoles sin esperanzas en una vida mejor, y no ha podido darles la felicidad sobre la tierra que otros poseen y única que les han enseñado á buscar, ha debido crearse enemigos envidiosos y desesperados en el pueblo y en los ambiciosos sin freno.

 A este pueblo le ha tomado hasta aquí por instrumento; ahora el instrumento quiere trabajar por su cuenta; quiere lograr por si mismo lo que halagándole y engañándole le habían prometido los que gobiernan el mundo en nombre de las conquistas de la razón humana libre é independiente.

 La anarquía era imposible que dejara de salir del liberalismo. Los explotados y degradados por el judaísmo, con auxilio de la falsa libertad ó del libertinaje que les concedió, no podían dejar de ser anarquistas.

 Y por más que los perspicaces hubieran de adivinarlo,no por esto se detuvieron, creyendo que esto tardaría en suceder y que no les faltarían medios para ir dominando la explosión del anarquismo.

 Pero el otro enemigo del judaísmo, que es enemigo según Dios, es decir, suscitado por Jesucristo, que ha dicho que la Iglesia triunfaría de todos sus perseguidores, éste va desarrollándose y preparándose para salvar á la sociedad después que el otro enemigo haya ejercido sus funciones de venganza y exterminio.

 No sabemos si habrá todavía quien diga que esto del anarquismo no es temible, y que á lo más puede producir sólo conflictos y explosiones pasajeras. Para los que tan escasos de raciocinio se hallan es inútil escribir.

 Nosotros decimos, y la historia consignará el valor de nuestros juicios, que si el anarquismo no hubiera venido por generación natural del liberalismo y del satanismo, vendría por obra de Dios, quien suscitaría la fuerza humana que ha de destruir la obra del judaísmo.

 Cuando llegó la hora de poner fin al degradado Imperio romano, no había anarquismo con fuerzas suficientes para obrar esta destrucción; y en falta de él la Providencia suscitó á los bárbaros del Norte, que por la fuerza destruyeron la obra del paganismo romano.

 Cuando la Providencia quiso acabar más tarde con el Imperio de Oriente, á falta de enemigos naturales con poder suficiente para derribarlo, consintió que este enemigo fuera el mahometismo, que todavía conserva las conquistas que entonces hizo.

 A un pueblo degradado por el paganismo lo hizo dominar por un pueblo bárbaro. Y porque este pueblo bárbaro abrió los ojos y el corazón á la ley del Catolicismo, civilizó á Europa y la hizo grande hasta darle el imperio del mundo.

 A un Imperio cismático lo hizo destruir por otro pueblo herético; y porque este pueblo no ha querido abrigar la verdad del Evangelio, continúa todavía en la degradación y en el embrutecimiento.

 Pues bien: de esta misma manera, á una sociedad como la actual, paganizada por el judaísmo, la Providencia le prepara la invasión de masas aún más paganizadas y más revolucionarias que las que crearon al liberalismo, para que destruya á éste y tras él desaparezca el judaísmo. Esto está ya en ejecución, y por consiguiente debe estar á la vista de todos.

 La reacción católica, que se manifiesta por la importancia cada vez mayor que adquiere el Pontificado romano, por el eco cada día más fuerte que responde á la voz de la Iglesia y por la actividad que se nota en su vida social, indica claramente que la Providencia no quiere dejar á la raza latina en poder del anarquismo, sino que prepara su obra de regeneración para cuando éste haya concluido su tarea demoledora.

 Si el anarquismo no destruyera las fortalezas del judaísmo, ¿quién podría destruirlas sin la intervención directa de la Providencia?

 El carlismo, única fuerza que queda en Europa contraria á la revolución creada por el judaísmo, ha intentado varias veces darle la batalla y ha acometido la empresa de vencerle; pero no pudo conseguirlo porque el mismo judaísmo proporcionó todos los elementos necesarios para rechazarlo, desde el dinero, que es el nervio de la guerra y el dominador de las conciencias enfermas, hasta las influencias diplomáticas, el auxilio de la prensa y las simpatías y las ceguedades de gentes que se creen de orden.

 Libre de este enemigo, quedó de nuevo dominante el judaísmo. Mas hoy se presenta otro enemigo enfrente de él; enemigo que no se dirige expresamente contra el judaísmo, sino contra esa masa inmensa de burgueses que rodean el Trono donde impera el judaísmo y donde reparte sus beneficios sobre los que le sirven y defienden. Con lo que se encuentran todos esos burgueses, enemigos jurados del carlismo, con una cosa que no esperaban: con que estos otros enemigos de los carlistas, llamados el socialismo y el anarquismo, en lugar de agradecerles el habernos impedido el triunfo, se vuelven contra ellos, y puñal y cartucho de dinamita en mano les piden el reparto de cuanto poseen y además su sangre para saciar en ella sus rencorosas venganzas.

 ¿Con qué fuerzas cuentan los burgueses para defender á los judíos que les han esclavizado y para defenderse ellos mismos?

 ¿Con la fuerza material?

 ¡Bah! Los anarquistas cuentan contra ellos con tres fuerzas, y bien valen más tres fuerzas que una.

 Estas son: la fuerza moral, que les asiste contra los que los han engañado, corrompido y dado el ejemplo que quieren seguir; la fuerza del número, que es una fuerza material de alto poder, y la fuerza que reciben de Dios, que les hace instrumentos de sus venganzas.

 Duerman, pues, tranquilos los burgueses, y sigan odiando á los carlistas, sin pensar en quién les defenderá; que los que gobiernan, cuando se vean impotentes, con echar á correr al Extranjero ya procurarán salvarse.....

 Por hoy no decimos más.

El Correo Español (2 de marzo de 1892). «¿Quién lo vencerá?», Luis María de Llauder

martes, 5 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (I)

Reproducimos a continuación desde Carlismo Galicia una serie de artículos del periodista y político tradicionalista Luis María de Llauder, que analiza, desde la óptica de los problemas de su tiempo (que son también los de hoy, aunque mucho más degenerados) quién es el verdadero enemigo de la Cristiandad (hoy mínima y representada por el carlismo). 

Desde un inicial análisis de los problemas más rudimentarios y próximos, va hilando hasta llegar al punto de inflexión donde da con el verdadero enemigo que, desde la muerte de Cristo, de forma directa en su intención pero casi siempre indirecta en su ejecución, por la espalda y utilizando innumerables veces la conspiración; ha tratado de dinamitar la civilización cristiana. 

Sin duda hoy, en la crisis más grave que ha vivido la Cristiandad, tanto en lo temporal como en lo espiritual, son esta serie de artículos de Luis María de Llauder de rabiosa actualidad. Ya que contamos con la confirmación histórica de lo que nos alertaba el notable periodista carlista.


EL ENEMIGO VERDADERO


Salgan Uds. por estas calles y plazas diciendo que esta sociedad tiene las entrañas enfermas y que por esto se está disolviendo, y el que le oiga se tentará el cuerpo y seguirá su camino diciendo:—¡Pse!.... ¡que le hemos de hacer!

 Pero digan Uds.:—¡Esto está mal, no se gana un cuarto!—y ya tienen Uds. conversación para rato, con caras largas y exclamaciones interminables.

 Es que hemos llegado á un tiempo en que se prefiere estar enfermo de alma y cuerpo que de bolsillo. Aunque este achaque es ya antiguo, pues se contrajo cuando el liberalismo vendió su alma y su cuerpo para llenarse los bolsones; esto es, desde su origen y nacimiento, desde que empezó á perderse la fe.

 Lo malo es que hoy, después de tantas bajezas, crímenes é indignidades como ha cometido el liberalismo para lograr esto último, repartir el dinero, despojando á los legítimos poseedores de sus bienes, trastornando las leyes morales de la riqueza y alterando las relaciones ordenadas de las clases sociales, se encuentra enfermo y miserable; porque todo su trabajo ha dado por resultado único empobrecer á la clase alta y media, envilecer á la proletaria y crear un feudalismo del dinero, en cuyo obsequio ha redundado todo el provecho material de la revolución.

 Cuantos extremos se hacen hoy en esta lucha por la vida, esto es, por llenar los bolsillos, se estrellan ante la impotencia. El árbol de las manzanas de oro que plantó la revolución está ya esterilizado por el público; los frutos que, aun cuando menguados, sigue dando, los cogen los jardineros que lo cultivan y tienen cerrada la verja del jardín, y se los reparten amigable ó violentamente.

 Quiere el ciudadano trabajar, y no puede vender lo que produce ó no encuentra en qué emplearse; quiere vivir del producto de sus rentas ó del sudor de su rostro, y se encuentra con que el dios Estado, ó los ministros liberales en su nombre, le exige la mayor parte de lo que gana, y con lo que le resta no puede vivir; quiere dedicarse á una industria ó comercio, y un tratado internacional, una ley ó real orden, que con tanta frecuencia vienen á trastornar los intereses creados, le arruinan; quiere lanzarse á este nuevo mercado abierto por la civilización moderna á los valores fiduciarios y á esa riqueza más ó menos ficticia representada por hojas de papel, y viene el agio, la inmoralidad, lo imprevisto á derribar las fortunas con la misma rapidez con que se levantaron.

 Hoy el pueblo económico viene reduciendo sus términos; para el que tiene consiste en preguntarse: ¿cómo conservaré lo que tengo de modo que pueda vivir con ello?; y para el que no tiene en esta otra: ¿dónde hallaré la manera de vivir? Y no decimos vivir honradamente, porque hasta la manera de vivir deshonradamente se va agotando por el gran número de los que se hacen la competencia en este terreno.

 Un día es la cuestión obrera representada por el anarquismo; otro día es la cuestión de los cambios, otro la de los tratados, otro la de la Bolsa, otro la de los empréstitos, y otro la de los impuestos, las que tienen el privilegio de inquietar los ánimos, porque todas vienen á traducirse por una crisis doble: la del Tesoro público y la de los bolsillos españoles.

 ¿No sería ya hora de empezar á buscar la causa de esta mortal enfermedad para llegar á su destrucción y emprender los únicos caminos de salvación que quedan, si es que los hay practicables?

 Porque nosotros barruntamos que no hay más que uno; precisamente el que á todos causa espanto: la revolución social; pero no una revolución de mentirijillas, sino una revolución radical, profunda, que no deje nada del funesto edificio creado por el error moderno, por el liberalismo. La razón de esto es fácil de comprender.

 ¿Quién ha introducido y entronizado este error en los pueblos? El judaísmo, por medio de la masonería.

 El judaísmo, en su guerra tradicional contra Jesucristo, fué vencido por la civilización cristiana. Para triunfar tenía que destruir esta civilización y crear otra que satisficiera su inflexible anhelo.

 Porque el judaísmo tiene una idea constante: la de poseer la tierra. Pero tiene que luchar contra la maldición del cielo que recibió al cometer el Deicidio; de ahí que sus triunfos no puedan ser definitivos, y en esto está nuestra única esperanza. Hoy se ha hecho demasiado fuerte contra Dios para que no tenga que sentir el poder de su brazo el día en que haya de dejar de ser el castigo de los pueblos que han caído bajo su yugo por haber cedido á sus halagos.

 El judaísmo es enemigo del nombre cristiano; pero no sólo del alma, sino del bolsillo de los cristianos. Quiere perder sus almas y arrebatarles sus riquezas.

 Para lograr lo primero empezó haciendo escribir contra la Religión y halagando al hombre, recordándole sus derechos y entusiasmándole por la libertad. Poco á poco fueron así perdiendo almas; y como en este mundo no se ve lo que es perder el alma, el frenesí ciego de las generaciones arrebatadas por la libertad fué subiendo de grado hasta llegar al ateísmo, al materialismo y á la licencia de todos los vicios.

 Como las redes tendidas por el judaísmo á todas las naciones que aceptaron la revolución por ellos pérfidamente preparada para completar su obra no estaban á la vista de todos, la sociedad no se alarmaba mientras la enfermedad económica no atacaba á los bolsillos de la mayoría.

 No sabemos si todavía lo ven muchos; pero ya irán viendo con claridad que nuestras fortunas están por completo á merced del judaísmo. Nos ha prestado todo el dinero que han necesitado los Gobiernos liberales para pagar sus despilfarros; nos ha ofrecido ferrocarriles, Bancos, fábricas, armamentos y buques; nos ha rodeado de esplendores materiales; explota nuestras minas, juega en nuestras Bolsas, posee nuestras vías férreas, y, por consiguiente, es dueño de nuestro capital y de nuestras rentas.

 Con una jugada de Bolsa arruina ó enriquece, según conviene á sus intereses; se aumentan las contribuciones lo necesario para pagarle los réditos de lo mucho que acredita, y nuestras fincas serán vendidas en su provecho si se retrasan en el pago del impuesto, por exorbitante que sea. Sin el judaísmo no pueden hacer los Gobiernos de España empréstitos de alguna importancia. Con reclamar sus créditos pone en quiebra á cualquier nación, y con echar al mercado sus valores archivados arruina á todo un pueblo.

 ¡Para esto son liberales los que reniegan del nombre de tradicionalistas y odian la antigua legislación cristiana, la independencia gloriosa de la España católica!

 ¡Y todavía no lo ven ó no quieren confesarlo los que hoy son víctimas y esclavos del judaísmo, al que han prestado su concurso con llamarse liberales, ó con su indiferencia han dejado á los Gobiernos entregarnos al judaísmo!

 Conocido, pues, el origen de la enfermedad que nos aqueja, fácil es resumir la situación actual de España diciendo: Estamos bajo el poder del judaísmo, que tras la fe nos quitará el dinero.

 Para librarnos de esta esclavitud no hay más que un medio: adquirir una fuerza de que hoy carecemos, á fin de vencer al Faraón que nos esclaviza.

 Y esta fuerza vendrá, y no faltará el Moisés, que Dios enviará cuando suene la hora de humillar al judaísmo y libertar al pueblo de Dios, como demostraremos otro día.

El Correo Español (26 de febrero de 1892). «El enemigo verdadero», Luis María de Llauder

jueves, 27 de julio de 2017

La buena (y heroica) muerte de Felipe II

“Lo  más terrible de la muerte”

Año 1598


El rey parecía un moribundo cuando entró en Madrid el último día de 1592.  Las gentes que llenaban las calles para verle se asombraron el verle tan viejo y tan agotado. Era evidente, decían todos, que la jornada de Aragón había acabado con su Majestad. Los médicos, muy alarmados, le aconsejaron que si quería vivir algún tiempo era necesario que suprimiera alguna de sus actividades y adoptara un nuevo régimen de alimentación, de vida y de trabajo.  Hizo todo esto, pero sabiendo que le quedaban muy pocos años de vida, y cuando murió su confesor, fray Diego de Chaves, comenzó a prepararse concienzudamente para su propia muerte.  Con su característica minucia se dispuso a poner en regla sus asuntos. Hizo venir de Portugal al cardenal Alberto, uno de los pocos hombres en quien podía confiar, y le puso como freno a los Grandes y al Consejo, para evitar que estos tuvieran demasiada influencia sobre el joven príncipe Felipe durante su menor edad. El cardenal debería conferenciar a diario con el príncipe, asistir a las reuniones de su Consejo y discutir los asuntos con el rey y su heredero todos los viernes si su Majestad estaba en Madrid.

Felipe reorganizó cuidadosamente su gobierno en 1593, eligiendo entre los miembros de su Consejo de Estado un superconsejo interior de tres individuos. Tras cuatro años de observación cuidadosa nombró para este superconsejo, por su fidelidad y abnegación a Moura, Chinchón e Idiaquez.  Estos, con el cardenal Alberto para recibir embajadores y nuncios y vigilar los asuntos del príncipe en general, serían los que habían de aconsejarle al morir su padre.  Precisó los deberes de cada uno de ellos en una de aquellas instrucciones suyas, tan características, en las que anotaba hasta las horas en que deberían reunirse ; en invierno, de dos a cinco de la tarde, y en verano, de tres a seis, en el aposento del príncipe.  Su Majestad debería estar informado de todo cuanto ocurría.  El príncipe Felipe, por el cual se tomaban todas estas precauciones, tenía entonces quince años.  Ni  cuando vestía la armadura y la cota de malla de oro y plata, con las insignias del Toisón de Oro en torno del robusto cuello, alcanzaba a inspirar el joven Felipe aquella sensación de majestad que su padre, vestido sencillamente de negro, daba a su pueblo.  No era el príncipe el heredero ideal, pero era el único que había. Era, desde luego, mucho mejor que Don Carlos. El emperador le trataba con ternura, como a todos sus hijos, y luchaba para corregir algunas de las limitaciones de su naturaleza, aconsejándole y enseñándole de continuo.  Tuvo, por lo menos, la consoladora seguridad de que su sucesor sería un buen cristiano, un hombre justo y lo bastante humilde para recibir consejos.

Nunca habría una guerra religiosa en España mientras existiera la Inquisición. Otros países habrían de gemir muy pronto bajo el tormento inacabable de la guerra de los Treina Años.  Los católicos habían de sentir el azote de aquella lucha, hija de las ideas liberales ; todo el mundo la sufriría, excepto los autores del liberalismo.  “Puede asegurarse, dice alegremente el historiador judío Graetz, que los judíos no perdieron mucho con esta guerra devastadora ; mientras la población cristiana se empobrecía y tenía que reducirse casi a la nada….. , los judíos pudieron guardar algo.  El botín de muchas ciudades pasó a sus manos  y aunque les asignaron impuestos exorbitantes y les obligaron a pagar grandes sumas, siempre salieron ganando”.  Sería necesaria nada menos que una revolución francesa y un Napoleón para quebrantar la barrera levantada por Fernando e Isabel y dejar a los enemigos del Cristianismo en libertad de prepararse, poco a poco, para 1931 y 1936.

Si todos los católicos hubieran sido tan decididos como Felipe II en la reforma de la vida católica y en la vigorosa defensa de la cultura católica contra sus enemigos, el cerco gradual que se organizaba para aislar a la Iglesia en el mundo moderno hubiera podido evitarse y aplazarse indefinidamente.  Felipe II, fueran los que fueran sus errores y limitaciones, salvó probablemente a Europa de ser por completo arrollada por el protestantismo. No es de extrañar que los protestantes, judíos y otros adversarios de la Iglesia Católica hayan hecho de él la bestia negra del siglo XVI, exagerando sus errores y acusándole de otros que no cometió, completamente extraños a su naturaleza. Fue él, tal vez más que ningún otro hombre de su tiempo, el que venció el monstruoso complot y aplazó varios siglos el conflicto decisivo.  Frente al espíritu que disuelve a Cristo, de cuyo espíritu el protestantismo fue una manifestación y un símbolo, este hombre, pacífico y afectivo, había puesto en acción todos sus recursos, su salud, su tranquilidad, su conveniencia ; todo cuanto podía en cuerpo y en espíritu, toda la fuerza de una voluntad tenacísima y, en fin, todo el poderío, la sangre y el tesoro del Imperio español. Aunque tuviera sus pecados personales y sus diferencias con Papas y prelados, había una cosa cierta : allí donde surgiese el conflicto entre la Iglesia de Cristo y sus enemigos, en la tierra o en el mar, en las cámaras de los Consejos o Parlamentos o  en la enseñanza y propagación de la doctrina católica por el ejemplo  o el sacrificio de los sacerdotes, fuera donde fuere, allí estaba siempre la influencia de Felipe II, y siempre de parte de la Iglesia. Sus enemigos fueron, casi invariablemente, los enemigos del nombre católico. A su lado rara vez se encontró alguno de los que no aceptaban literalmente las enseñanzas de Cristo.  No fue él el creador de este conflicto, bien definido en cada uno de los países de Europa cuando Felipe, a los veintinueve años, subió al trono de España.  Millones de ducados del Tesoro, y miles y miles de los mejores jóvenes de España dejaron sus cadáveres en los campos de batalla o en los hospitales de apestados. Ningún provecho material de ninguna clase reportaban los Países Bajos a España ; ninguna ventaja militar, económica o política que compensara aquel gasto abrumador. Todo esto es algo que no cuenta para Adam Smith, cuando habla de las interpretaciones económicas de la historia, o del profundo egoísmo de la naturaleza humana.   ¿Cómo se explicaría que toda una nación aguantara todo esto, durante generaciones enteras, y más aún, que lo aprobara y lo defendiera?   Los enemigos de España, obligados a abandonar la teoría de que los españoles eran ambiciosos de poder y avaros de dinero, dicen ahora que eran unos estúpidos, que no entendían nada de economía, que eran insensatos.

Pues bien, sí ; esto está ya más cerca de la verdad, a condición que “insensato” se considere en el sentido de S. Pablo, cuando describe al Cristianismo como el que se atreve a hacer locuras por la causa de Cristo : el mundo se reirá siempre de él.  Felipe II y los mejores españoles de su tiempo tenían defectos. Pero amaban a Cristo. A su modo, con sus yerros, luchaban por imitar la locura sublime de la Santidad y de la Crucifixión. Es absolutamente cierto, y ésta es la clave, el principio y el fin de toda posible comprensión del carácter de este rey, que Felipe II percibió claramente que Cristo, en este mundo, moraba en la Santa Apostólica y Católica Iglesia de Roma y no en otra parte, y que la salvación de los hombres dependía, ante todo, Cristo mismo lo dijo, de aceptar esta verdad.  Felipe siempre estuvo dispuesto a demostrar la sinceridad de su fe, arriesgando por ella sus tesoros, sus reinos, la paz de su espíritu, la salud de su cuerpo y la misma vida.  Sólo pesa sobre él la sombra de que hubo tanta inercia como prudencia en su decisión de no ir a los Países Bajos cuando su presencia hubiera podido llevar a buen término tantas cosas.  Esto era lo que pensaba cuando dijo que prefería no gobernar a gobernar a un pueblo de herejes.  Era su interpretación personal de aquello de Cristo  : “¿Qué ganará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su propia alma?”.  La historia de España, siglo tras siglo, es un ejemplo de esta magnífica generosidad cristiana. Y este mismo ejemplo es la parte central y significativa de la vida de Felipe II.  Por esta razón, los verdaderos españoles de su tiempo y los de tiempos después, vieron y han visto en él al prototipo hispano, y le han perdonado sus faltas y han llevado sus virtudes en su propio corazón.

Cupo en suerte a Felipe poseer los Países Bajos cuando las circunstancias hacían de aquel país el centro de las tormentas de todo el mundo, el foco, el punto crítico de la línea de batalla entre los ejércitos de Cristo y los del Anticristo.  Sean las que sean las causas, la mayoría de los conflictos en el mundo han sido sólo episodios disimulados de esta lucha esencial.  Es falso decir que España odiaba mirar hacia adelante y deseaba mirar hacia atrás. Sabía que no miraba hacia atrás cuando miraba a Cristo y a su Iglesia Católica. Por eso decía con añoranza fray José de Sigüenza, gran erudito y encargado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial : “aquellos buenos siglos antiguos, en que había tanta fe y tan poco dinero”.  El español católico es el que mira más allá del futuro, pues Cristo es eterno, y sólo lo eterno puede, en verdad, llamarse futuro.  ¿Por qué no llamar a las fuerzas opuestas a la modernidad con su verdadero nombre?  Son las voces del mundo que, según predijo Cristo, odiarán siempre a su Iglesia. Son las voces de los hijos del Anticristo. Pero de Cristo tenemos la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra nosotros.  El mundo moderno ha odiado la memoria de Felipe II porque toda su vida fue una defensa de los antiguos derechos del mundo, y no por sus defectos personales.  El rey sabía que le quedaba poco tiempo de vida y comenzó a aprovecharla más en aquel San Lorenzo que le sugería, en cada rincón, en la oscuridad del confesonario, en el coro, a la hora de vísperas, entre las tumbas de sus muertos, el otro mundo ;  y siempre, ante el altar.

Sin embargo, el mundo no había perdido completamente su poder de atracción para aquel cuerpo agotado y enfermo. Lo pasó muy bien asistiendo a la representación de una comedia en San Lorenzo, en la que figuraban los doctores de la Iglesia enseñando a San Pablo.  A primeros del año 1597 se estableció, por más sano, en un palacio nuevo que compró a un noble de los alrededores, en Campillo. Allí celebró la Ascensión y concibió la idea de reconstruir un gran camino desde su nueva residencia hasta San Lorenzo. Compró todas sus propiedades a los modestos labradores y campesinos de las cercanías, pagándolos al doble de su valor, y al dejarla sus dueños, algunos no sin lágrimas, los equipó a todos, de pies a cabeza, con ropa nueva y les dio para el viaje una buena gratificación.  Cayó entonces enfermo de gota y tuvo que enviar a su hijo, en representación suya, a una fiesta en San Lorenzo. Despachó tras él a un noble para recordarle que enviara vituallas y regalos de la mesa real a varios monjes.  Tuvo Felipe una de sus inesperadas mejorías y volvió a San Lorenzo. Con sus setenta años pasó el verano cazando. En septiembre recayó y se pensó que iba a morir. Después de este ataque de gota nunca más pudo volver a andar sin ayuda. Cuando llegaron las nuevas de la muerte de su segunda hija, la duquesa de Saboya, en Turín, fue a Madrid para asistir a los funerales públicos por su alma. Después del funeral atravesó todo Madrid acompañado del príncipe Felipe y seguido de toda la Corte en carrozas enlutadas. Al volver una calle oyó la campanilla del Santísimo Sacramento, que un sacerdote llevaba a casa de un moribundo. El rey manó detener los caballos de su coche mientras adoraba la Sagrada Forma, e hizo que el príncipe siguiera al sacerdote, sombrero en mano, hasta el lugar del Viático ; él esperó, con su pierna enferma extendida, rezando hasta que el príncipe regresó. Él mismo hubiera ido de haber podido andar ; siempre había sido su costumbre , y confiaba que el príncipe la seguiría cuando él desapareciera.

Pasó su último invierno en Madrid, lleno de miserias. Cuando llegó la primavera estaba tan débil que los médicos se negaron a que fuera a San Lorenzo.  A finales de junio se sintió mejor, y notificó a sus médicos que, les placiera o no, iba a El Escorial para morir allí. Moura se arrojó a sus pies y le imploró, llorando, que no lo hiciera. Pero Felipe estaba decidido, como él mismo decía, a dejar sus huesos en su casa. El último día de junio salió en una silla de manos del palacio de Madrid. Hizo etapas muy cortas, y casi muriéndose en el camino, llegó el 6 de julio a San Lorenzo, siendo transportado a su antiguo aposento, que daba al altar mayor de la Basílica.  Pocos días después se hacía pasear por todo el palacio y por los jardines. Ansiaba volver a ver los viejos rincones y las cosas nuevas.  Pero se cansó mucho, y el día 22, fiesta de Santa María Magdalena, tuvo otra recaída y padeció una de las fiebres altísimas que solían acometerle cuando hacía mucho ejercicio. Pidió que los médicos le dijeran francamente si estaba ya cercano su fin. Los médicos lo creían así, pero ocultaron su pronóstico duranre unos días, hasta que su confesor, fray Diego de Yepes, les advirtió que Su Majestad deseaba saber la verdad y afrontarla, y que lo mejor sería que se la dijeran. Entonces declararon que no tenían esperanzas. Fray Diego se lo comunicó al rey el 1 de agosto. Felipe dijo : “Gracias sean dadas a Dios”. Parecía en verdad satisfecho y animoso. Ordenó a fray Diego que le examinara muy severamente su vida entera desde su infancia, e hizo una confesión general que duró tres días enteros.



Tenía cuatro llagas fistulizadas en el dedo índice de la mano derecha, otras tres en el tercer dedo y otra en el dedo grueso del pie derecho. Sobre todo esta última le abrasaba de dolor continuamente y no se aliviaba con ningún remedio. Tenía además en la rodilla un absceso producido por la gota, tan doloroso que el menor movimiento le causaba sufrimientos de agonía. Todo ello le obligaba a estar echado sobre la espalda, inmóvil y como clavado en la cama, en cuya postura estuvo cincuentra y tres días. Las heridas se infectaron, y despedían un olor pesrtilente. Su confesor no acertaba a compararlas más que con las úlceras que Moisés hizo caer en Egipto sobre los trasgresores de la Ley de Dios, o con las que quemaron los huesos y consumieron la carne del triste Job. Le dolían la cabeza y los ojos, y no podía dormir.



(Ahora continua el relato, fuente de W. Thomas Walsh,  Fray José de Sigüenza,1544-1606, monje jerónimo del Real Monasterio, que a la muerte del rey tenía pues 54 años, y como él mismo dice “fue testigo de vista” de lo que narra)  :



La más prolija e importuna dolencia que le afligió fue la gota. Duróle más de catorce años, y los siete postreros causó este mal dolores agudísimos porque aquella división que va haciendo el humor corrompido en las articulaciones y coyunturas de manos y pies, partes sensibles por extremo, por ser de poca carne, todo nervios y huesos, que como se desencasan, atormentan despiadadamente, como lo muestran los gritos de los que lo padecen, aunque no los conociéramos en nuestro Rey, pues no fueron poderosos estos dolores continuos y de tantos años para descomponer el grande sufrimiento y modestia de este siervo de Dios. Testigos fuimos de tan singular paciencia los que asistimos continuamente en su servicio.  Para que a la postre se fuese purificando más claro, en los dos años y medio antes de su fin avivó Dios las brasas de su crisol ; quiso que se emprendiese en sus huesos una fiebre habitual que le afligía continuamente, consumiendole las carnes, hasta que no le dejó sino el pellejo y los huesos, y tan sin fuerzas, que de allí adelante le fue forzoso andar en una silla y verse como a enterrar cada día. Juntóse con esta fiebre una muy mala compañera, un principio de hidropesía, hinchándosele el vientre, muslos y piernas, que bastara por sí solo este rabioso accidente a descomponer al hombre más asentado del mundo, por la implacable sed que causa en las entrañas ; pasión que aflige más que todas cuantas nos acometen ; y lo peor es que con ninguna cosa cobra más fuerza como con lo que más se apetece, que es el agua, y así el tormento que padecía de sed y sequedad un Rey tan delicado, criado en tanto regalo y concierto de vida y durarle tanto tiempo, bastara a derribar la paciencia más encarecida de cuantas leemos en hombres…..  Y así pasó estos dos años y medio con grandísimo martirio, levantando los ojos de su esperanza a su Dios y Señor, implorando el auxilio y el favor de sus santos. Sujetábase a las reglas y preceptos de la medicina con tanta puntualidad que no parecía Rey cuya voluntad y apetitos no tiene superior . Es forzoso decir que todos estos males fueron regalos enviados por Dios, o digámoslo así, piedras preciosas para adorno de la corona de otro Reino mayor.

Últimamente, cargaron, como dije, las calenturas dobles, que en dejando la una, comenzaba la otra. Martillos redoblados sobre el yunque de tan magnífico corazón como el de Felipe, que, como conocía bien el brazo divino que los meneaba, humilde y callado recibía los golpes. Comenzó a acometerle una espantable escuadra de miserias, que ninguna, ni todas juntas pudieron mellarle la paciencia, ni fueron parte que saliese de su boca palabra que supiese a impaciencia. En lo que pienso que hizo alguna ventaja al pacientísimo Job, pues si lo miramos a lo menos en la corteza, le oímos se queja gravemente, arguye a ratos con Dios y aun tiene tedio de sí mismo y de su vida. Diré a lo menos que el santo Job fue ejemplo de la paciencia natural antigua y no más de sombra o figura de la que habían de tener los que se llamasen cristianos.  Después de haberle fatigado las fiebres siete días contínuos, asado y consumido del fuego maligno que le tenía ya en los huesos, arrojó en el muslo, un poco encima de la rodilla derecha, una apotegma de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy grandes ;  aunque los médicos procuraron resolverla con los mejores remedios que supieron, ninguno fue bastante, pues a mi juicio, (dice Sigüenza), no venían estas llagas por la sola fuerza del mal corrompido, sino enviados de aquella mano que usa de todo lo criado como instrumento de su voluntad.

Sentíalo así el buen Felipe, y levantando los ojos, decía con la boca y con el corazón aquellas ternísimas palabras que dijo su Rey y Señor en el Huerto : “Pater, non mea, sed tu voluntas fiat”, que, por haberlas repetido tan innumerables veces, creo le eran singular alivio de todas sus miserias.  Fue forzoso abrir con el hierro esta apostema, y todos temieron no se quedase muerto en el tormento. Abríosela al fin el cirujano de Su Majestad el día de la Transfiguración del Señor con la mayor sutileza que fue posible ; sacóle gran cantidad de materia, porque el muslo estaba hecho una bolsa de podre que llegaba poco menos que hasta el hueso. Por ser tanta, se abrieron otras dos bocas por donde expelía tanta cantidad que parecía milagro no morir resuelto en ella en un sujeto tan consumido.  No se oyó de la boca de este Príncipe ni grito ni palabra desentonada, ni se vieron otros extremos de los que se permite cualquier hombre.  Antes que se le abriesen se había confesado y aparejado para morir, y le mandó a su confesor, fray Diego de Yepes, que en el entretanto estaba en el tormento le leyese la Pasión de San Mateo. Cuando llegó a la Oración del Huerto, le mandó que reparase, para con más viva atención poner su espíritu en Dios y resignarse todo en sus manos, y para sentir de veras en sus entrañas la aflicción del inocentísimo Cordero ; medio eficacísimo para tener en poco la suya y olvidarse de sí mismo, y pasar aquel tormento como si no fuera suyo; después de abierta la apostema, mandó a todos hiciesen gracias a Nuestro Señor.  Con esto quedó muy consolado. No pasó de una vez este tormento, porque cada vez que le curaban era necesario extraerle la materia ; salían, entre mañana y tarde, dos escudillas de podre, ocasión de gravísimos dolores.

De estas curas le sobrevino a nuestro Rey otro trabajo grande, que aún para pensarlo es penoso. Como estaba tan lastimado con esta herida y abertura, quedó tan dolorido y sensible, que no era posible menearse ni revolverse en la cama. Era forzoso estar de espalda de noche y de día, sin mudarse de un lado ni de otro. Así se convirtió aquella cama real poco menos que en muladar podrido, y digo poco, porque no era sino harto peor, de donde salían continuos olores malísimos que atormentaban a nuestro nuevo Job. En cincuenta y tres días que duró esta enfermedad, ni se le pudo mudar la ropa que tenía debajo, ni menearle ni levantarle un poco para limpiarle los excrementos de la necesidad natural, y mucha parte de la materia que le salía de las apostemas y llagas tenían al sufridísimo Rey en una sentina hedionda sepultado en vida. Y quien considerase el aseo y limpieza que tuvo siempre en todas las cosas, que una raya en la pared, ni una mancha en el suelo, ni polvo, ni telaraña no sufría, y le viere ahora en tan asqueroso estado, sin quejarse ni mostrar impaciencia, ni decir malas palabras, podrá decir que es negocio de más que humano sentimiento y sufrimiento. El más prolijo martirio que pudo padecer persona de semejante calidad, ni me acuerdo de haberlo leído. Siempre me ha parecido que fue esta una de las más rigurosas pruebas de su paciencia, extraordinario ejemplo que nos dejó de su sufrimiento este señor.  Otras muchas veces, cuando le curaban, vencido de los agudos dolores, mandaba que parasen, y las más rompía en alabanzas divinas, ofreciendo a Dios su trabajo, y muchas, aunque callando con la boca, los ojos y el semblante mostraban el sacrificio que dentro de su corazón hacía de sí mismo al Señor. De estar echado de esta manera, se le vinieron a hacer llagas en las espaldas y en los asientos, porque ni aun esas partes careciesen de su pena.

Podremos ya de aquí en adelante tener cartilla y arte para enseñar a bien morir con solo leer lo que este santo Rey hizo y dijo en su enfermedad y en su muerte, y podrán aprender todos en tan buen maestro lo que apenas nos han enseñado muchos religiosos santos. A primeros de agosto su confesor le dijo el peligro en que estaba. Se lo agradeció mucho, como quien le había dado una nueva alegre. Determinó luego hacer una confesión general, pidiéndole a su confesor le ayudase en esto con mucho cuidado, resignándose luego en sus manos y sujetándose con entera voluntad y determinación firmísima de hacer, para satisfacción de sus culpas, todo lo que le dijese. No se contentó con decirle eso de boca ; diólo por escrito a D. Cristobal de Mora, y le mandó que en su presencia se lo leyese al confesor. Dijo así :  “Padre, vos estáis en lugar de Dios, y protesto delante de su acatamiento que haré lo que dijéreis que he menester para mi salvación, y así por vos estará lo que yo no hiciere, porque estoy aparejado para hacerlo todo”.  Y esto contenía el escrito.  Certifican algunos caballeros de su cámara, dignos de toda fe, que Su Majestad pidió a Nuestro Señor encarecidamnete le hiciese merced que a la hora de su muerte cesasen sus dolores, para que con más entero juicio y sin que el alma tuviese necesidad de acudir a las cosas del cuerpo ni sus males la embarazasen, pudiese contemplar sus divinas misericordias, y abrazarse con él y tratar su salvación. Últimamente el Prior de San Lorenzo le leyó la recomendación del alma que está en el Manual romano, devota y de tantas consideraciones lleno ; advirtióla bien y dio señas de alegría con ella. Las últimas palabras que pronunció y con que partió de este mundo fue decir, como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa Iglesia Romana ; y besando mil veces el crucifijo, se fue acabando poco a poco y salió aquella santa alma y se fue, según lo dicen tantas pruebas, a gozar del Reino soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe II, hijo del Emperador Carlos V, en la misma casa y templo que había edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, cuando el alba rompía por el Oriente, trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz, a 13 de septiembre, en las octavas de la Natividad de Nuestra Señora, Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año 1598.  En el mismo día que catorce años antes había puesto la postrera piedra de toda la fábrica de esta casa.  Comenzó a edificar este Monasterio el 23 de abril de 1563. Gozóle, después de haber puesto la postrera piedra el año 1584, catorce años justos, que es otra particular merced del cielo.  Lo primero que se hizo por los caballeros de su cámara fue irlo a decir a su hijo, Felipe, III de este nombre.


sábado, 1 de julio de 2017

Sobre las nuevas ideologías de moda



En este nuevo milenio, especialmente a raíz de la última gran crisis económica del capitalismo, han surgido, en el espectro político de la autodenominada "disidencia", una serie de pensamientos y corrientes que, aparentemente novedosos, han irrumpido con cierta fuerza en los últimos años, algunos incluso en el último año, dada la velocidad con la que cambian, aparecen y desaparecen las nuevas tendencias políticas por la Red. Y precisamente esa es la principal característica de estos grupos; que son corrientes difusas, que tienen pocas cosas en común, son muy variables en puntos fundamentales y, muchas veces, no existen más allá de los foros y los submundos creados por Internet. 

Es en la Red donde habitan y se desarrollan, donde crecen y mutan con extraordinaria velocidad. ¿Se quedarán simplemente en esos mundillos sin pasar a la realidad física? ¿Es la Red el preámbulo de los movimientos políticos que veremos después en la calle? ¿Directamente se ha anulado la acción política real, de carne y hueso y ésta se orquestará desde un teclado? Ésas son algunas de las preguntas que podrían realizarse a tenor de lo que vemos en estas tendencias. El tiempo dirá la influencia y el peso que tendrán en el futuro, mientras tanto, pasemos a analizarlas.

Así pues, de todas estas tendencias que han surgido en Internet, realizamos a continuación un análisis crítico de aquéllas con las que algunos tradicionalistas pueden verse tentados a "coquetear" o incluso orientarse; pues, con la excusa de "pragmatismo" o "posibilismo", ven a estas ideas como una suerte de transición hacia la sociedad tradicional. Esto es absolutamente falso, porque la Historia (siempre maestra) ha demostrado que las "novedades" no suponen un atajo para la restauración del viejo orden cristiano, sino que más bien, son un nido de heterodoxias y confusiones que únicamente sirven para restar fuerzas a la verdadera lucha contrarrevolucionaria que, en las Españas, sólo puede ser el carlismo.

Sin más, haremos una breve crítica desde el tradicionalismo a las tres tendencias más destacadas de este ámbito:

- Identitarismo: Surge en Francia al calor de la Nueva Derecha; recibe influencia, en grado diverso, tanto de la posmoderna Nouvelle Droite de Pauwels y de Alain de Benoist, como del radical anticristianismo iniciático de Guénon y de las pretenciosas elucubraciones esotéricas de Giulio (alias "Julius") Evola. Es decir, se trata de la corriente política más destacada de esta línea de pensamiento, aunque cabe señalar que, no siendo la única, sí es la más representativa. Recordemos que la Nueva Derecha es en gran medida una especie de nacionalsocialismo renovado y, más aún que éste, neopagano y fuertemente anticristiano. Un romanticismo que algunas veces se ha hecho llamar (causando no pocas confusiones) "tradicionalismo"; pero que en realidad nada tiene que ver con el verdadero tradicionalismo (católico, monárquico y contrarrevolucionario) y sí tiene mucho que ver con el nacionalismo liberal de siempre, decorado con la idealización romántica, matizado con falsos regionalismos y tribalismos y con una especie de nostalgia medieval o de la Cristiandad. Y aquí es cuando más suele confundir a nuestros simpatizantes, puesto que, como señalamos, el identitarismo nace de la Nueva Derecha francesa (que a su vez es un lavado de cara del nacionalsocialismo) y, por lo tanto, es neopagano, europeísta y anticristiano. Pero, como también señalamos, estas nuevas tendencias política se caracterizan por su heterodoxia y el identitarismo no es ajeno a ella, por lo que se puede hacer pasar por cristiano. 

Esta ideología nace, como hemos dicho, con la Nueva Derecha, aunque también se utiliza el término de "metapolítica", todavía más ambiguo y confuso, porque estas corrientes se consideran, en ocasiones, continuadoras renovadas del tradicionalismo real, al que ven trasnochado e inaplicable hoy y buscan, por lo tanto, que se convierta en una especie de corriente política dentro de eso que denominan "Think tank". 

- Libertarismo (o anarcocapitalismo): Aunque esta tendencia es más antigua e incluso podríamos remontarla a los propios orígenes del liberalismo, es relativamente novedosa en España y, dadas las asociaciones y movimientos que han surgido en los últimos años y a la aparición de ciertas corrientes de este pensamiento que crean confusión en algunos amigos de la Tradición, es importante dedicarle un espacio para alertar a nuestros simpatizantes. 

El libertarismo no es más que un liberalismo radical, un individualismo absoluto que, sin embargo y dada la relación Estado-Mercado desde el nacimiento y triunfo del propio liberalismo, se desentiende de esta inseparable alianza y busca la desaparición del Estado para sustituirla por una especie de sociedad ultracapitalista. A bote pronto, parece una ideología que no debería preocuparnos porque nada tiene que ver con le tradicionalismo y no hay aparente peligro de que un tradicionalista termine apoyando a estos movimientos. Pero lo que sucede es que dentro del libertarismo hay muchas familias y, entre ellas, hay una especie de libertarismo conservador, llamado paleolibertarismo, que llega a la conclusión (acertada, por otra parte) de que la sociedad tradicional fue la más libre. Si a esto le añadimos que, como son conservadores, no ven como un horror una sociedad religiosa y jerárquica, por lo que suelen sentirse más o menos identificados con las formas sociopolíticas de la Cristiandad. El problema y el principal punto de diferencia es que estas personas consideran que, como el Antiguo Régimen no tenía Estado, era una suerte de sociedad capitalista (anterior al nacimiento del capitalismo). Cuando, realmente, la propia sociedad estamental, los cuerpos intermedios y la catolicidad del Antiguo Régimen que castigaba la usura, impedían el florecimiento de ese capitalismo sin Estado. Al contrario, el Antiguo Régimen se caracterizó por castigar al avaro por judaizante (además de gravísimo pecado), al tiempo que promovía el gremialismo y otra serie de aduanas y frenos que la sociedad tradicional establecía y que impedía el nacimiento del capitalismo. 

Así pues, el libertarismo, aunque se diga "paleolibertario", no tiene en absoluto nada que ver con el tradicionalismo desde la base misma de su ideología, puesto que, en el caso de que defienda el Antiguo Régimen, lo hará solamente porque tiene la errónea concepción de que una sociedad sin Estado implicaría una sociedad capitalista y lo defenderá porque, a su juicio, era un sistema "libre" en el que podría especular a sus anchas. 

Luego, poca relación tiene esto con la concepción económica de la Tradición, mucho más cercana a un socialismo sin Estado que a un capitalismo sin Estado. Con los matices lógicos que esto conllevaría, pues es evidente que la sociedad tradicional no era socialista tal y como entendemos hoy el socialismo, pero sí era profundamente social y comunitaria, en absoluto individualista y especuladora. El propio Vázquez de Mella decía que, si el marxismo no hubiera utilizado la palabra "socialismo", ésta sería usada por el tradicionalismo que, por la usurpación de este término por el estatismo igualitario marxista, prefirió nombrar a la concepción económica tradicional como "sociadelista".

- Derecha alternativa (Alt-Right): La derecha alternativa es la última y más reciente tendencia política de estas dos anteriores. Ha dado el salto a la fama tras la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses y es también la nueva tendencia política más amplia y heterodoxa por la cantidad y diversidad de tendencias que engloba. Simplificando un poco, diríamos que tiene elementos de los dos pensamientos políticos anteriores, es decir, del identitarismo y del libertarismo. Sus principales banderas de enganche las hemos visto en el apoyo que han prestado a la candidatura de Trump, es decir, la lucha contra la globalización y el "establishment" (poder político dominante). 

Como hemos señalado, se trata de una línea política altamente heterodoxa y difícil de definir, pero para simplificar, podríamos decir que se caracterizan, por lo general, por tener un mensaje notoriamente racista, llegando a extremos darwinistas y supremacistas. También por una especie de capitalismo de Estado (pues son contrarios a la globalización pero no al sistema capitalista en general) y, en ocasiones, a simpatizar con posturas libertarias. 

Es destacable la anglofilia de las personas que se adhieren a la derecha alternativa, empezando porque la denominan Alt-Right insertando barbarismos anglicistas en el idioma castellano. No hay nada más que comentar a la ridiculez de que un español defienda al imperio anglosajón a costa de la discriminación a nuestros hermanos españoles de ultramar, empezando por los novohispanos. 

En la España ibérica esta tendencia es apoyada por personas procedentes de la derecha liberal clásica, por antiguos nacionalsocialistas y por enfermizos racistas que han visto en la derecha alternativa un caldo de cultivo para extender sus enrevesadas y ridículas teorías. 

Pero, como hemos dicho, entre la derecha alternativa hay tantas tendencias que es muy difícil establecer una línea común. Inlcuso el identitarismo y el libertarismo, anteriormente desarrollados, se podrían incluir dentro de esta tendencia política, pues la derecha alternativa está todavía en desarrollo y aún es difícil establecer con claridad su línea de pensamiento. Así pues, existen corrientes como los "neorreaccionarios", que salen tanto de la derecha alternativa como del paleolibertarismo y que suponen un añadido más a la confusión creada en estos últimos años. Un término más en la sopa de etiquetas y definiciones políticas que representan estas nuevas modas.


Los tradicionalistas no podemos caer en la trampa de ver en estas nuevas ideologías y corrientes políticas algún tipo de atajo o mal menor para la restauración de la Cristiandad. No hay "ventanas de Overton" ni posibilismos que valgan. Dejémonos de experimentos que a nada conducen y centrémonos en difundir nuestro ideario sin contaminaciones ni pactos que suponen el sacrificio del ideal. No olvidemos que estos grupos son competencia directa de la Causa y que, como decía Eugenio d'Ors: "lo que no es tradición, es plagio".

Por último, aunque lo hemos citado en Carlismo Galicia en la entrada de "Restaurar la Cristiandad", es conveniente recordar lo que dijo San Pío X en la carta sobre los errores de «Le Sillon» (Notre charge apostolique):

«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».

lunes, 26 de junio de 2017

Poema carlista en gallego


No fue Evaristo Martelo Paumán el único escritor gallego que dejaría su huella contrarrevolucionaria o carlista, pero demuestra este extracto del Himno Militar Galego que el carlismo en Galicia siempre tuvo consciencia de su misión, en las guerras y en la paz, de ahí que la esperanza del triunfo y su afán de emular a los momentos decisivos de nuestra historia y de ahí que la Santa Causa estuviera también presente en la literatura del Rexurdimento:

IV
Por ley de raza, da historia a fada
o albor pregóada redención,
na triste España dexenerada
Pelayo é o símbolo; nosa a misión.

V
Bandeira santa do Sacramento
¿á quen divina non porás ley
cando berremos con forte alento
brandendo as fóuces, Dios, patria e Rey?

VI
Afora os negros do chan sagrado,
afora os corvos, Anglo e Francés,
n´este cristiano reino arrombado,
fé dos valentes, proba quen és

jueves, 22 de junio de 2017

La mentalidad gnóstica que contagia a algunos católicos tradicionalistas

Otro error, y este especialmente recurrente, a lo largo de la historia de la Iglesia y que afecta, pervirtiéndolas, directamente a las categorías cristianas de esperanza, de creación…y por tanto de tiempo e historia, y que lleva a un desprecio de la dimensión política del hombre, es el gnosticismo, sea este puro o diluido en una mentalidad que funciona como tentación permanente de interpretación gnóstica del cristianismo, contraria siempre a la recta visión católica.


El gnóstico vive el presente desligándose de los devenires accidentales inherentes a la creación imperfecta. Para su pensamiento la escena terrestre, la temporalidad, esta originada por un alejamiento, por una ruptura con una perfección inicial. Ya no espera nada de ella. Su teleiosis significará ruptura total con la historia aparente de la creación sensible (negación práctica del Dios creador). El gnóstico, después de experimentar la desorientación, el desconcierto, de sentirse vomitado en el mundo, no confía en la grandeza de la libertad ni dramatiza las opciones libres, cree que independientemente de su hacer, pertenece al grupo de los elegidos. El gnóstico no necesita esperar del futuro, lo que de antemano ha conseguido por la gnosis. Su error se encuentra en el desprecio de la naturaleza y en una no recta interpretación de la creación. Frente a esta tentación nunca del todo superada de influencia gnóstica, la teología católica enseña la presencia de Dios en la creación y en la historia, y una presencia no meramente ejemplar, paradigmática ( a la luz de la cual uno se hace perfecto actuando conforme a las enseñanzas recibidas); enseña, que la realidad escatológica no será un regreso a lo que ya éramos primigeniamente, sino una espera de realización perfecta dependiente de la gracia y que afectará a la realidad creatural histórica.

El gnóstico es aquel que siente una profunda necesidad de liberarse de un mundo y de una historia que le es adversa. La historia o es absurda o es negativa en si misma, entre sus términos preferidos se encuentra el de “peregrino”. Se experimenta exiliado, extranjero en la escena terrena y por tanto en la historia y en la política que es la construcción de esta.

Su única manera de salir de este laberinto es rechazar el entorno, rechazar el mundo porque este es imperfecto, le falta consistencia y autenticidad. Lo importante es el Yo, y no el mundo y su historia del cual se des-religa. La salvación no se encuentra fuera del yo, en el mundo, y en la historia, sino en el interior de uno mismo. Todo intento de unificar el sujeto y el objeto, por buscar el equilibrio entre el yo y el mundo, por propugnar la armonía creatural, por construir la historia, el Reino de Dios (conceptos propios del cristianismo) es inútil para la mentalidad gnóstica. Hay que des-encarnar al hombre, robándole por ejemplo su dimensión histórica.

Para los católicos la historia, en cambio, no es la consecuencia de una caída, sino la posibilidad para que el hombre llegue a la plena madurez y lugar de la construcción de la Ciudad de Dios, mediante la instauración de todas las cosas en Cristo.

Es del todo evidente la influencia gnóstica en el actual anti-politicismo de muchos católicos, y de la mayoría de las instancias jerárquicas de la Iglesia, empeñadas en negar la encarnación temporal del evangelio en todas las realidades humanas. Clara influencia del protestantismo, y del jansenismo, doctrinas que defienden la radical perversión de la naturaleza humana tras el pecado y por ello desarrollan una erronea doctrina sobre el orden natural, que conlleva el deprecio de la política como "el arte del bien común".

Frente a todas estas seducciones, siempre camufladas de "espiritualismos" "angelismos" "moralismos" "purismos" etc etc. El católico debe reafirmar la máxima tomista de que "la gracia no destruye la naturaleza, sinó que la perfecciona y la presupone".