sábado, 16 de diciembre de 2017

El régimen franquista no fue tradicionalista

En el pasado número de VERBO tuve ocasión de leer un erudito y bien estructurado artículo de Gonzalo Fernández de la Mora titulado España y el Fascismo. Tanto lo polémico del tema como la calidad de su tratadista me hicieron leerlo con avidez. Su lectura me ha inspirado varias acotaciones —aplausos y discrepancias— que me creo autorizado y aun obligado a resumir en estas mismas páginas, máxime viendo citado en apoyo de su conclusión mi libro Tradición o Mimetismo junto con el reciente de Raúl Morodo sobre los orígenes ideológicos del franquismo.


Anticiparé que en las dos primeras partes del artículo (Falange y Fascismo, y Régimen de Franco y Fascismo) experimenté una amplia comprensión y apoyo en lo que a su motivación e intencionalidad se refiere, aunque haya de expresar reservas en cuanto a las tesis sustentadas. Y que esta discrepancia se acentúa en lo que se refiere a la tercera parte o conclusión del trabajo, que podría titularse «Régimen Nacional y Tradicionalismo».

El término fascismo, al margen del completísimo análisis semántico que realiza Fernández de la Mora, ha llegado a significar en nuestros días «el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno» (al igual que la democracia ha pasado a significar «el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno»). Cuando hoy se quiere aludir al carácter cruel, criminoso, perverso de una persona o de un hecho se le califica, con toda naturalidad, de fascista.

Y, ciertamente, cuándo se aplica hoy con esta, resonancia el término fascista al Régimen de Franco la protesta surge espontánea, airada. Sobre todo si se considera qué la injuria se hace desde esta bendita democracia que padecemos, y que en los treinta y tres años de franquismo —una vez liquidada la guerra— se derramó menos sangre que en un solo mes de este glorioso «Estado de derecho». Incluso se siente impulsos de defender de ese dicterio al propio fascismo, aun en sus peores excesos de la guerra mundial. Habida cuenta de que comparar los llamados crimines del fascismo con los que ha cometido el marxismo en las cinco partes del mundo, es como comparar el lago de Sanabria con el Océano Atlántico.

Ahora bien, si resulta fácil eximir al Régimen de Franco del dictado de fascista en cuanto éste se emplee en ese sentido infamante, no lo es en absoluto si se dice fascista en su acepción originaria. Afirmar que el falangismo primero y el Régimen de Franco más tarde nada tuvieron en común con la inspiración fascista de los años treinta es ir demasiado lejos, con el riesgo subsiguiente de que «quien demuestra demasiado no demuestra nada». Por supuesto, si se apela al testimonio de sus propios autores o protagonistas ---José Antonio y Franco en estos casos— siempre se encontrarán protestas de originalidad y de no dependencia, pues que jamás se conoció protagonismo alguno que declare ser imitación o remedmio de lo que se hace en otras partes.

Si por fascismo entendemos —como notas más salientes— los movimientos políticos que subliman e hipostasían una realidad histórica —la Nación, el Estado, la Raza— y que rinden culto a la persona de un Jefe, Héroe o Conductor como encarnación de aquella realidad, resultará difícil excluir del mismo al falangismo y al régimen franquista, al menos en su primera época.

En cuanto al falangismo —y a su paralelo las JONS— no fue la originalidad la más saliente de sus cualidades, por más que no faltase a sus fundadores vis creadora y espíritu poético. Pero si se comparan con los fascismos de la época, encontraremos la misma exaltación nacionalista —que hipostasía a España como unidad absoluta—, idéntico imperativo revolucionario, la misma simbología de camisas de uno u otro color y de brazos en alto, el mismo culto casi religioso-pagano al Fundador y Jefe Nacional, etc. etc.

En sus primeros años previos a la guerra, los falangistas eran comúnmente conocidos en España como «los fascistas», por sus propios afines. Bien es verdad que la psicosis y la presión pro-fascista era muy fuerte en nuestra patria como reacción contra la descomposición política que presidía aquella democracia republicana. Ya hubo intentos anteriores de canalizar esa tendencia fascista —como el «Nacionalismo Español» del Dr. Albiñana—, y la misma Acción Popular (democracia cristiana) sufrió un alto grado de «fascistización» en sus Juventudes (JAP) que iniciaron un más o menos tímido culto al Jefe (1).

Del alzamiento Nacional de 1936 es de lo que no puede decirse sin grave error que fuera fascista. Como fenómeno histórico muy amplio y profundo unió en sí diversas motivaciones, una de las cuales fue la psicosis fascista representada por el falangismo. Pero un movimiento sin más de tres años de historia no puede explicar los sacrificios y el denuedo de aquella cruentísima lucha. Fueron motivos religiosos y nacionales muy profundos los que pueden explicar la compleja realidad del alzamiento y guerra de España.

Cosa distinta ha de decirse del Estado Nacional que nació de aquella coyuntura bajo la égida de Franco y por iniciativa principalmente de Serrano Súñer. Pretender que su montaje no tuviera inspiración fascista es algo que no puede sostener seriamente nadie que tenga edad para haberlo visto o conocido por vivencias muy cercanas. No hablemos del Partido Único ni del culto al Caudillo, institución casi única en aquellos primeros años, ni de la escenografía uniformada del Estado, ni de los saludos a la romana y de las auras imperiales. Refirámonos sólo a sus instituciones concretas: el Consejo de FET era el Gran Consejo Fascista, los flechas (milicias infantiles) eran los «bolillas» italianos, la Obra Sindical «Educación y Descanso» era el «Dopolavoro» italiano o la «Fuerza por la Alegría» alemana, el «Auxilio Social» era el «Auxilio de Invierno» alemán, etc. Cuando en 1939, recién acabada la guerra, el Conde Ciano visitó España en nombre del Duce, en su despedida en Barcelona pudo hablar, sin protesta de nadie, de «los dos países fascistas que guardan el Mediterráneo».

Toda esta concepción totalitaria del Estado y su expresión descaradamente fascista subsisten desde 1937 hasta 1946. Durante la guerra mundial el régimen no fue neutral sino «no beligerante» dentro de la órbita del Eje a cuya propaganda sirvió la prensa y la radio nacionales. Sólo cuando resultó derrotada Alemania —en el discurso de mayo de 1946— dio Franco marcha atrás en sus posiciones pro-fascistas para invocar aspectos católicos y no-racistas que podían marcar distancias con los regímenes desaparecidos.

En mi experiencia personal puedo espigar un recuerdo muy significativo que, casualmente, me es posible documentar. Al término de la guerra de España (abril de 1939) entré yo como oficial de un Tercio de Requetés en Valencia, zona en la que existieron siempre bastantes carlistas. El, nuevo Estado creó allí un diario titulado LEVANTE, como órgano oficial de FET, es decir, del Partido Único; periódico que prácticamente monopolizaba la prensa de la región. Su nivel de «fascismo» (de mística imperial y de culto caudillista) era tal, que me hacía ruborizar ante aquellas gentes que conocían por vez primera la anhelada España Nacional y que miraban atónitos aquella realidad política que, a sus ojos, advenía con nosotros. Tales eran las cotas de demencialidad fascista que guardé —y conservo hasta hoy— una muestra, en la certeza de que constituiría en el futuro una pieza antológica. Se trata de un artículo —uno entre mil— titulado Franco, Franco, Franco: ¡¡Arriba la Revolución!! Lo firmaba Maximiano García Venero y apareció en dicho diario el 8 de agosto de 1939. Algunos de sus párrafos más inspirados decían así:


«Este español es el César, el Capitán de España. Es el elegido: el superhombre de la filosofía nietscheana. Es el que interpreta la voluntad telúrica e histórica de la Patria, recobrada a sí misma, instintivamente, biológicamente, después de un paréntesis de semi-agonía, de medio-muerte. Franco no se alza. Lo que se yergue —por encima de Europa, sobre el Mundo— el 18 de julio de 1936 es la misma España. A través de un hombre. De un Caudillo. De un Capitán. De un César. (...)

«La protesta de España resúmese en la fuerza portentosa, genial, impar y decisiva de Francisco Franco, Capitán primero, y después, César. Napoleón era un instrumento de la fuerza francesa. Como Bismarck lo era de la fuerza prusiana. Franco no es el instrumento: Franco es la fuerza misma. Sin el Capitán y César, España sería hoy, política y nacionalmente, polvillo sideral en el Mundo, colonia o protectorado (...).

«España es Imperio. O no es nada. España es la expresión histórica del Mundo. Es la clave del Universo. Es la cifra más elevada de la Civilización. España —¡hermanos!— es el pueblo entre los pueblos, la suprema Unidad espiritual del Universo (...)

«Por lo que Franco ha hecho, hace y hará —¡hermanos!— en él se resume la consigna que España sirve desde hace tres años. Disciplina, Lealtad, Unificación, Alegría, Servicio y Sacrificio (…)

«Son estas las horas de la grave, densa y maravillosa vigilia del César, del Padre, del Caudillo, del Capitán, de Franco, que nos conduce en la Revolución Nacional-Sindicalista, como nos llevaría José Antonio. De quien es hermano nuestro César en la Inmensidad y grandeza de la Historia de nuestra España Imperial».

Y si esto no es fascismo, ¿qué es fascismo? De esta o similar literatura pretendióse nutrir a los espíritus de la generación que crecía en aquella dura post-guerra, más necesitada que ninguna otra de una orientación religiosa, histórica, política.

Por supuesto, toda la prensa del carlismo, sus círculos, sus emisoras, etc., quedaron incautadas por el Partido Único desde 1937, y puestos al servicio de esta exaltación delirante (2). Y no sólo la carlista sino todo órgano de expresión de tipo tradicionalista, aunque se moviera en un plano cultural o histórico; buen ejemplo de ello fue la supresión radical de la revista Acción Española. Tal ayuno político, duró por lo menos diez años, período suficientemente largo como para haber borrado las huellas del verdadero alzamiento y haber «perdido la paz».

Y aquí llegamos a la sorprendente afirmación con que Fernández de la Mora concluye su trabajo, y respecto a la cual he dicho que mi discrepancia es mayor. «El Estado nacido el 18 de julio de 1936 y reemplazado en 1978 —dice— no se explica ni como un fascismo ni desde el fascismo; se explica desde el tradicionalismo español que en la edad contemporánea representan Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Mella y Maeztu con su grupo de «Acción Española». Las raíces de esta concepción de la sociedad y del Estado pasan por los grandes juristas y pensadores españoles del siglo XVI y se remontan a los teóricos castellanos medievales».

¿Puede alguien descubrir en el Estado franquista —especialmente en su primera década—, dirigista, de una pieza en sus instituciones, antiforal, caudillista, una realización del tradicionalismo español? La conclusión parece inverosímil, pero encierra además un aserto de extraordinaria gravedad en sus consecuencias. Si se trata de historiar o de explicar ideológicamente un fracaso —porque fracaso ha de ser lo que así ha terminado, lo que, en expresión del propio autor, ha sido tan fácil desmontar con la simple desaparición de su Jefe—, ¿con qué fin se pretende involucrar en él nada menos que al tradicionalismo español desde su raíces medievales?

Voy a prescindir, sin embargo, de las innumerables razones que apoyan mi disconformidad con esa conclusión para fijarme en aquellas otras que podrían acercarme a ella, dado que, paradójicamente, Fernández de la Mora apela al testimonio de mi libro Tradición o Mimetismo (3) para avalar su tesis. En efecto, no puede negarse —y lo recojo en ese libro— que varias de la Leyes Fundamentales del Estado Nacional —sobre todo en su segunda redacción— recogen una inspiración tradicionalista, de modo especial en lo referente a la unidad religiosa, a la admisión de una «ortodoxia pública» y a la representación orgánica y corporativa. Principios generalmente no desarrollados por el franquismo y a menudo desvirtuados por una praxis contradictoria, pero que no dejaron de estar ahí y de ejercer una función al menos regulativa y levemente orientadora.

Esto, sin embargo, no desmiente la impronta fascista o totalitaria del régimen, hecho histórico de toda evidencia. Fue más bien efecto de una curiosa carambola doctrinal y práctica, en parte recogida en las últimas líneas del artículo que comentamos. Todo fascismo —he dicho— reivindica una realidad histórica —Nación, Raza, Estado— para después sublimarla e hipostasiarla como elemento primigenio. Generalmente fueron preferidas reivindicaciones remotas, que —según un consejo de Maquiavelo— pueden despertar entusiasmos confusos pero sin atar al gobernante actual con normas jurídicas o cuestiones de legitimidad. La Italia de Mussolini pudo reivindicar como propia la tradición del Imperio Romano porque Roma se sitúa en su territorio. La Alemania de Hitler reivindicó el germanismo remoto, la raza aria, exaltados antes por Fichte, Nietzsche, etc.

En España no resultaba posible reivindicar ninguna tradición precristiana. Nuestra latinidad era tributaria de Roma; nuestras glorias remotas, como Numancia y Sagunto, eran meramente locales y contradictorias entre sí en el motivo de sus luchas. No existía entre nosotros otra tradición nacional política que la cristiana de la Reconquista y de la posterior unidad y expansión nacionales.

Por esto mismo, la edificación de un orden político en España, aunque fuera sobre bases fascistas (y por exigencia de ellas), había de recaer forzosamente en la tradición política cristiana, única en nuestro pasado nacional. De aquí que, sin abandonar nunca en la praxis la impronta totalitaria del Régimen, su alta legislación asumiese una inspiración tradicionalista. Sin embargo, nunca reivindicó el Régimen esa inspiración por el tradicionalismo español mismo, sino sólo en función de las propias exigencias del nacionalismo. Más aún: cuando esa tradición contrariaba abiertamente a los supuestos unitarios del totalitarismo —como en la cuestión foral— era eliminada sin más. Incluso, siguiendo aquella consigna de Maquiavelo, impresa en el subconsciente de todo autócrata, la exaltación de la tradición patria procuró centrarse en el reinado de los Reyes Católicos, suficientemente lejano, y no en la continuidad monárquica del antiguo régimen hasta la Revolución que hubiera creado unos imperativos sucesorios. (Recuérdese que se hizo oficial el escudo de los Reyes Católicos).

En mi libro Tradición o Mimetismo recojo, efectivamente, esa indirecta influencia del tradicionalismo en las Leyes Fundamentales del Régimen. Acepto esta influencia como favorable, en tanto constituyó una restauración de la ortodoxia pública cristiana frente al régimen de voluntad general de la democracia. Deploro, en cambio, que la falta de desarrollo de aquellos principios malograse la praxis del Régimen y contribuyera además al desprestigio ante la opinión común de aquellas inmovilizadas instituciones. Quizá mi intención era la contraria a la que parece inspirar a Raúl Morodo en su libro, que es más bien buscar las raíces de aquel régimen para salvar de sus errores a nuestra renacida y fructífera democracia.

Fue Menéndez Pelayo quien evocó «aquella España —la que el mundo conoce—, única cuyo solo recuerdo tiene virtud bastante para retrasar nuestra agonía». Quizá sea ese solo recuerdo de la tradición española en las Leyes Fundamentales lo que permitió al Régimen de Franco subsistir durante casi cuarenta años, haciendo posible en ellos la reconstrucción, al menos económica, de nuestra patria.


(1) Recordemos el grito ¡Jefe, Jefe, Jefe! en la concentración de Mestalla, y la famosa consigna «el Jefe no se equivoca nunca».

(2) Está realizando una completa historia de las relaciones del Tradicionalismo con el Régimen de Franco Manuel de Santa Cruz en su obra: Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español (1939-66), apartado 1288, Madrid, 1979, de la que han aparecido seis Volúmenes.

(3) Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1976.


Fuente: Sobre la significación del régimen de Franco, por Rafael Gambra. Revista VERBO, número 189-190 (1980).

martes, 28 de noviembre de 2017

Crónica: Inaugurado el Círculo Tradicionalista de Vigo Juan José Marcó del Pont

El pasado sábado 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina, virgen y mártir, tuvo lugar en Vigo la inauguración del Círculo Tradicionalista Juan José Marcó del Pont. Los integrantes del círculo se reunieron en una cafetería céntrica de la ciudad para acordar una hoja de ruta de objetivos a corto y medio plazo. 

El círculo, fiel al cuatrilema carlista, tiene como base la defensa de la Tradición católica, el magisterio de la Iglesia y la restauración de la Santa Misa de siempre en la ciudad de Vigo; la promoción de un Vigo tradicional y arraigado, así como del auténtico regionalismo gallego, católico, foral e hispánico y la defensa de la dinastía legítima, abanderada por S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón. 

Juan José Marcó del Pont:

Escudo de armas de Juan José Marcó del Pont
Juan José Marcó del Pont y Ángel, nacido en Vigo en 1766, fue consejero de Estado de Fernando VII, Ministro de Hacienda de Carlos V, Caballero de la Real Orden de Carlos III y de Isabel la Católica, Maestrante de Ronda e Intendente de los Reales Ejércitos.

Su vida, al igual que la de su padre y sus hermanos, es un ejemplo de adhesión a la unión sagrada del Altar y del Trono quebrantada por la revolución liberal. Durante la Guerra de la Independencia, ambos crean una fábrica de fusiles en el convento de Santo Domingo de Pontevedra para abastecer a sus compatriotas y Juan José participa activamente en las Cortes de Cádiz, defendiendo el Antiguo Régimen y oponiéndose a la invasión francesa. Ya a partir de 1815 se vincula de forma general a la Monarquía, en una relación que habría comenzado ya entre su padre y Carlos III. 

Pazo de Pousadouro en Redondela, que perteneció a la familia Marcó del Pont
Más adelante, la familia Marcó del Pont financia la Regencia de Urgel y financia también la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823 para restablecer la Monarquía, dándole las gracias el duque de Angulema, hijo de Carlos X de Francia.

En 1828 el Rey Fernando VII le pide que se haga cargo de la sucesión del trono del Infante Don Carlos María Isidro, lo que le lleva a considerar la derogación de la Pragmática Sanción como inaceptable y a apoyar al Rey Legítimo.

Participando activamente en la Guerra, en 1838 aparece definitivamente consagrado como Ministro de Hacienda, ya que Don Carlos V formó gobierno en parte con quienes habían servido a su hermano previamente y fueron después leales a la Causa.

 Château de Pimpéan
Exiliado en Francia, fallece en el Château de Pimpéan en 1848, se le entierra en la capilla donde actualmente se encuentra su sepultura y otorga testamento a favor de Don Carlos. 

jueves, 23 de noviembre de 2017

Catolicismo y la cuestión de la mujer

Uno de los tomos de la preciosa colección de «Enseñanzas Pontificias», publicado por los Monjes de Solesmes en 1958, tiene un nombre sorprendente: El Problema Femenino. Aunque no nos tendría que sorprender tanto, pues en el último siglo los Papas fueron prestando cada vez mayor atención a la crisis de la sociedad moderna, y la mujer es el quicio en que gira toda la sociedad. La sociedad está en crisis, y lo está la mujer, y la declaración pública y oficial de que la mujer está en problemas, está en que se estableció su Día. Si hubo Día del Trabajador, fue porque los trabajadores estaban en problemas, como pasa con el Día del Medio Ambiente y el día del Animal. Y lo mismo para el Día de la Mujer, 8 de marzo.

Y las cosas han empeorado tanto que el pasado 8 de marzo se sufrió el general desconcierto de una «huelga mundial de mujeres». ¿Qué puede pasar en una sociedad en que las mujeres entran en huelga, cómo se arregla? Todas sienten que algo no va, que la situación las enferma, pero a la hora de diagnosticar la enfermedad, el desconcierto es abismal. Se reclaman los derechos de la mujer, pero por poco que se investigue se hace evidente que ya nadie sabe bien qué es la mujer, ni cuál es su lugar. Para calmar los ánimos, a un presidente se le ocurrió elogiar las virtudes domésticas de la ama de casa, y se le volvieron furiosas por su discurso machista. Se renuncia al hogar, al matrimonio, a la maternidad. Es un hecho patente que la Iglesia restituyó a la mujer en su verdadera dignidad, pero ahora prenden fuego delante de la Catedral. Se llega al extremo de blasfemar contra el purísimo ideal de toda mujer, la Santísima Virgen María. O restauramos el ideal de la mujer cristiana, o todo se acaba.


1º La verdadera belleza femenina.

Es verdad que, como se ve en el Génesis, la mujer fue creada por Dios para el hombre, pero no para ser su sierva o esclava, sino como su auxiliar: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gen. 2 18). En términos más precisos, no es sierva del bien personal del hombre, sino auxiliar para el bien común de la familia y de la sociedad: para que el hombre no esté solo, porque por naturaleza es social. La mujer es el complemento del hombre en orden a la vida temporal, es su gran bien, porque por ella el hombre se prolonga y multiplica en la sociedad. Y por eso es su gloria y alegría. Lo dice San Pablo, al explicar por qué la mujer debe cubrir sus cabellos en la Iglesia: «El varón no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen de la gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón» (I Cor. 11 7).

Como Dios todo lo hace bien, y la mujer debía ser complemento del varón en una tarea tan grande como la transmisión de la vida y el establecimiento de la sociedad, la hizo amable al varón: atractiva. Pero con el uso de esta palabra se produce una nefasta confusión. Cuando se dice que la mujer es atractiva para el varón, inmediatamente se piensa en el atractivo físico. Pero la mujer no es un maniquí sino un ser humano, con cuerpo y alma, y con un cuerpo que debe estar subordinado al alma como lo secundario a lo principal. Dios hizo a la mujer como un complemento atractivo del varón principalmente por el alma, por lo espiritual. Y también en lo corporal, pero subordinado al espíritu, como instrumento de lo espiritual. La verdadera belleza de la mujer no está en sus formas femeninas, sino en sus virtudes femeninas, que son justamente el complemento de las virtudes del varón.

El orden virtuoso que la gracia debe ir poniendo en el hombre va de lo espiritual a lo corporal, y de lo interior a lo exterior. Primero debe poner sabiduría y prudencia en la inteligencia; luego justicia en la voluntad; después fortaleza en el apetito irascible, que es como la fuente en el alma de todas las pasiones que tienen que ver con los bienes dificultosos y los males agresivos, sobre todo de la ira (de allí su nombre); y por último, la gracia tiene que poner orden por la templanza en el apetito concupiscible, que es fuente de las pasiones del amor y del odio, del deseo y del gozo.

Por eso la última de las virtudes que se establecen en el alma es la castidad: el varón prudente, justo y fuerte tiene que tener siempre cuidado respecto de la castidad, porque estando seguro en las otras virtudes, no puede estarlo en ésta hasta que no ha alcanzado una perfecta santidad. Por eso San Pablo pone en conexión la santidad con la castidad: «Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, […] pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad» (I Tes. 4 3-7). Y recién con el reino de la castidad aparece la virtud al exterior, pues llega la obra de la santificación a su plenitud: de la castidad brota la modestia exterior, que manifiesta hacia afuera el esplendor de un alma ordenada.

Ahora bien, no hace falta demasiada penetración sicológica para saber que en el varón predominan las pasiones propias del irascible, mientras que en la mujer las propias del concupiscible. El varón tiene pasiones más prontas e impetuosas, propias para el combate, y con objetos más complejos, porque el bien difícil o arduo propio de estas pasiones es como un bien envuelto de mal, de la dificultad de alcanzarlo. En cambio en la mujer predominan los afectos más simples del concupiscible, el amor y el odio. Por eso –digámoslo– la mujer es un pésimo enemigo. Porque el varón puede combatir a su enemigo, herirlo y hasta matarlo, y sin embargo distingue su valor, e inmediatamente después del combate puede brindar con su adversario –si sigue vivo– con leal amistad de la paz. En cambio la mujer no siente tanto ira con sus enemigos, sino odio, que es muy distinto: o ama u odia, todo o nada, no anda con distinciones. Con ella la guerra –si la declara– es siempre de exterminio: no termina hasta que no desapareció el enemigo. En los conflictos matrimoniales, el esposo ve en la mujer un adversario con el que luchar para pactar la paz; en cambio la mujer ve en el esposo el mal, y es verdad que no cabe pactar con el mal, sino sólo quitarlo de la propia vida.

Pero si el varón entiende la ira y más fácilmente adquiere las virtudes que tienen que ver con la fortaleza, la mujer entiende el amor y tiene como una facilidad natural para las virtudes que lo moderan, en especial la castidad. Y estas virtudes son las últimas, las que se manifiestan más hacia afuera, las que vuelven espiritualmente hermosa a la persona, como la modestia o fineza exterior. Por eso la fisonomía espiritual de una buena mujer es más manifiesta y más hermosa que la del buen varón. Tiene más hermosa apariencia una virtuosa madre de familia, refugio de los afligidos, que un virtuoso militar que le parte la cabeza a los enemigos de la Iglesia. La belleza de la mujer está, pues, en su facilidad para adquirir las virtudes dependientes de la templanza, como la mansedumbre y la humildad, pero principalmente la más exigente de todas: la castidad. Por eso la Mujer por excelencia tiene como nombre propio la Virgen, y siempre había sido la castidad el ornamento más hermoso de la mujer cristiana, sinónimo de su belleza.

Y para todo aquel que aún guarda un poco de sentido común, es evidente que las virtudes femeninas son justamente el complemento y auxilio de las del varón, porque por el carácter impetuoso de las pasiones del varón, hecho para la guerra, la castidad se le hace muy problemática, y es la mujer la que lo contiene y modera, la que le comunica este complemento de las virtudes bellas, ayudándolo a ser casto, y más manso y humilde de corazón.

La castidad de la familia cristiana, y por lo tanto la santidad, dependen muy especialmente de la buena mujer. Ella debe ser el muro de contención que conserva en la pureza al esposo y a los hijos, la que amansa el ejercicio de la autoridad del padre de familia, y la que conserva en la obediencia al resto de la familia. Por eso, en la medida en que la mujer es verdadera mujer, la familia y la sociedad encaja en sus verdaderos quicios, y se alcanza la felicidad temporal, que proviene de un orden pleno. La buena mujer es causa de la alegría familiar y social, como la Santísima Virgen es causa de la alegría de toda la Iglesia. Y si hoy la sociedad se hunde en la depresión y en la tristeza, es porque la mujer tiene un problema.

2º El problema de la mujer moderna.

La mujer entra en problemas cuando deja de entender que lo propio de ella es ser espiritualmente atractiva, lo que se da especialmente por la castidad, y quiere ser atractiva por lo corporal. Cuando –como le fue pasando cada vez más a la mujer moderna– su ideal ya no es la mujer pura sino la mujer sexy, entra en una espiral viciosa que pasa del deseo a la exasperación, y de allí a la violación de la naturaleza y autodestrucción de la sociedad.

Cuando el hombre ama a su mujer por su honestidad cristiana, todas las demás dimensiones se subliman y dignifican: los sentimientos se hacen más estables y delicados; aun si no fuera linda se vuelve bella, porque la fisonomía transparenta las profundidades del alma; y la misma sexualidad adquiere su verdadera dimensión humana y cristiana, pues es unión de cuerpos y de almas. Esta mujer no sufre celos ni se angustia porque pase el tiempo.

La mujer que atrapa al varón por la atracción física prepara su desgracia, porque todas sus dimensiones se carnalizan. No importa que sea dulce, sino sugestiva; la honestidad pasa a ser bobería. La mujer sexy es una mujer invertida; tan es así que ya ni el rostro es lo que se le mira. Es una mujer que no domina su vida, porque la virtud se adquiere por el mérito de la buena voluntad, mientras que la forma física depende del puro azar, y ante el paso del tiempo aquélla permanece y crece, mientras que ésta muy pronto se desvanece.

Es cierto que la mujer sexy despierta inmediatamente la atención de todos, mientras que la mujer pura tarda en conquistar el interés de uno, porque aquella es mercadería en vidriera, mientras que ésta es tesoro escondido. Pero la relación con el varón la ofende, porque la pasión, divorciada del atractivo espiritual, se vuelve egoísta y despreciativa. Y es así como comienza el conflicto: para manejar al varón, esta mujer sólo cuenta con el acelerador del deseo para atraerlo, y con el freno de sus resistencias para lograr el respeto. Pero en lugar de amansar al varón, como le pasa a la mujer pura, lo exaspera, pues se le vuelve el más arduo de los bienes y el más agresivo de los males.

El gravísimo problema está en que ya no se trata de la conducta personal de algunas o muchas mujeres, sino de todo una subversión social que se ha transformado en legislación internacional. La mujer tiene derecho a introducirse y mezclarse en todas partes, y mostrarse como quiera; su imagen provocativa todo lo invade, multiplicada por millones de pantallones y pantallitas. Y ¡ay de aquel varón que ose propasarse! Hoy ya no hace falta ser profeta para señalar cuáles son las vertientes que se originan: o el hombre se enloquece de ira, o renuncia a su hombría. Femicidio o afeminamiento, ¿qué puede haber de más destructivo para una sociedad?


3º Restaurar la mujer en Cristo.

«No es bueno que el hombre esté solo». No era bueno que Adán estuviera solo, y se le dio como auxiliar a Eva. Pero la Serpiente la sedujo y por ella envenenó a Adán, y Satanás sigue siempre la misma estrategia. Mas tampoco era bueno que Jesucristo estuviera solo, y se le dio como auxiliar a María, que aplastó la cabeza de Satanás. Por Ella Nuestro Señor restauró su Iglesia, y Jesucristo también sigue siempre la misma estrategia. La restauración de la sociedad cristiana pasa muy especialmente por la restauración de la mujer.

Que nuestras mujeres no se dejen seducir por el falso ideal de la mujer moderna, que ya vemos cómo arrastra la sociedad a un pozo sin salida. «Engañosa es la gracia, fugaz la belleza; la mujer que teme a Dios, ésa es de alabar» (Prov. 31 30). La Mujer ideal es la Santísima Virgen. Así llama siempre Nuestro Señor a su Madre en los Evangelios: Mujer. Imiten a la Santísima Virgen, sean femeninas a su manera.

Se le hace muy difícil a una jovencita cultivar ese ideal cuando no lo ve de cerca, ni siente que nadie lo aprecie. Pero si nuestras jóvenes comienzan a conocer verdaderas mujeres cristianas, mujeres fuertes, mucho más femeninas y más amadas, entonces se animarán a imitarlas. Y si tenemos verdaderas mujeres, tendremos verdaderos varones, y habrá familias y habrá sacerdotes. Para restaurar todas las cosas en Cristo hay que empezar por la mujer.


Fuente: Hojitas de Fe, nº 189, Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crónica de la concentración en Vigo por la unidad de España

El día 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, los carlistas de Vigo nos unimos a una concentración en defensa de la unidad de España que tuvo lugar en la plaza del Ayuntamiento de la ciudad.


Fuimos convocados por WhatsApp por un anónimo para las 19:00 p.m. y a esa hora estábamos preparados con la bandera de España del Sagrado Corazón y con nuestra recién acabada pancarta que habíamos preparado para la ocasión. En esta pancarta se leía el tan augusto y tradicional lema carlista: «Todo por la Patria y la Patria por Dios».



Con esta idea e intención y, teniendo en cuenta las recomendaciones de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, así como de su Secretaría Política, habíamos preparado un discurso cuyo contenido estaba compuesto por fragmentos de los textos políticos de Vázquez de Mella (de rabiosa actualidad) y del comunicado del Señor. La base del breve texto (que a continuación ponemos a disposición) era la defensa de la verdadera catalanidad, de la armonía regionalista y del federalismo histórico de las Españas, como cauce y equilibro de la indivisible unidad Patria en el respeto absoluto a las libertades y peculiaridades de cada reino, principado y señorío hispánico:

   Hoy es siete de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario y por ello conmemoramos el aniversario de la heroica batalla de Lepanto. Tal fecha nos lleva a la gloriosa historia de España; una historia de Conquista y Reconquista, una Historia que forja su base en la Cruz y que une a pueblos y culturas diversas en la Verdad mayúscula. Porque espíritu nacional no es contrario al regional, sino que es la síntesis de los espíritus regionales. ¡Ay de aquel que, queriendo favorecer el espíritu de una nación, trate de mermar los atributos y caracteres de los espíritus regionales que, al comunicarse y unirse, la han engendrado!

   Tenemos una vida peculiar, propia, que cada región en mayor o menor grado conserva. Y tiene cada región rasgos comunes con todas las demás. Hay una historia colectiva común y otra propia, particular. Hay que afirmar íntegramente las dos. Debemos afirmar el espíritu regional en toda su pureza; pero también hemos de ser conscientes que, si se arrancase una sola historia regional, la común de España queda mutilada y se hace incomprensible.

   Cataluña es parte fundamental e inseparable de la Corona de Aragón, que integra la Monarquía española. Es una región españolísima. Cualquier argumentación en contrario ignora la realidad y contradice la historia. No caigamos en la negación de la catalanidad para conseguir una exaltación de España. Haciendo éso, sólo conseguimos caer en la trampa del separatismo enfermizo e histérico. Cataluña es región clave y protagonista de nuestra Historia y su sola afirmación implica de por sí una afirmación de España. Catalanidad es Hispanidad.

¡Viva Cataluña española!

¡Viva España!

Debido al pretendido carácter anónimo y apolítico de la concentración y a que el que la convocó no hizo acto de presencia, el silencio en la manifestación era, no sólo patente, sino palmario. Impulsados por la inquietud de una buena señora, que era ajena a la Santa Causa, nos dispusimos a abanderar el encuentro con la lectura de nuestro discurso frente a todos los concentrados. 

Ante el silencio y curiosidad de la multitud allí congregada nuestro compañero Jaime, custodiado por los demás compañeros, leyó el discurso, que, en justicia, hace honor al ideario que recibimos y por el que luchamos y al mismo tiempo es muy oportuno al momento que atraviesa nuestra patria. Tras los aplausos que siguieron al discurso y conminados por la fortaleza de otra buena señora improvisamos al final un breve reconocimiento a la labor de la Guardia Civil, la Policía Nacional y el Ejército español, al que añadimos los correspondientes vivas a cada uno.

Finalizado el acto, muchas personas se nos acercaron interesadas en conocer acerca de la Causa y  tuvimos ocasión de compartir impresiones sobre la grave situación de España.

viernes, 8 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (IV)

¿PUEDEN LOS CATÓLICOS?

La Francia católica atacada por los masones, dibujo de Achille Lemot 
para el periódico Le Pèlerin, 12 de octubre de 1902.

 Sentado que la funesta acción social del judaísmo no puede ser destruída por la revolución violenta, por la reacción de las clases proletarias perjudicadas por esta acción ó por obra del Catolicismo; demostrado que el anarquismo se prepara para llevarla á cabo, pero temerosos de la sangre y ruinas que ha de ocasionar tan fuerte sacudida social, nos preguntamos: ¿puede la acción católica poner fin al imperio del judaísmo, evitando así la tremenda crisis revolucionaria? A darle respuesta vamos á dedicar este artículo.

 Esta, en principio, es. decididamente afirmativa. La acción católica tiene fuerza y virtud para lograr este triunfo contra su pérfido enemigo, que lo es al mismo tiempo de la sociedad, la cual no puede sufrir por más tiempo su pesado yugo.

 Si no fuera posible no se esforzaría tanto la voz de la Iglesia por excitar á los católicos á que luchen por conseguirlo. De tal suerte, que sólo con obedecer á las enseñanzas de la Iglesia y poner en práctica sus amonestaciones, quedarían resueltas todas las cuestiones religiosas, políticas y sociales planteadas por el judaísmo, y que han destruido el orden moral y material de los pueblos.

 Toda la cuestión está, pues, en saber si el remedio será puesto en ejecución ó no, y si se encontrarán los elementos necesarios para crear con ellos una fuerza efectiva, práctica, que produzca el cambio que ha de realizarse en cada nación para conseguir el triunfo.

 Dejando por hoy la situación en que, respecto á este punto, se hallan los demás pueblos amenazados ó perturbados, vamos á fijarnos solamente en nuestra patria.

 Es indudable que España es la nación de Europa que cuenta con mayor número de católicos, donde la fe y el sentimiento religioso conservan más hondas raíces, aun en medio del espantoso indiferentismo que se ha producido en ella.

 Por esta razón debería ser el pueblo donde menos elementos revolucionarios habría de encontrarse; y así es. Lo que hay es que cada anarquista, cada revolucionario vale por dos ó tres, comparados con los de otras naciones. La razón es fácil de comprender.

 En España el que no teme á Dios, el que no encuentra un freno en su conciencia, no teme á la ley ni á la fuerza, porque ve que á la primera no la respeta nadie, y á la segunda le gusta hacerle frente, por efecto de los hábitos de lucha que han quedado después de ocho siglos de guerrear contra los moros, contra los invasores de nuestra patria y contra los enemigos de su honra ó de sus tradiciones, dentro y fuera de la Península.

 El español se apasiona por sus ideales; cuando penetran en su inteligencia, en seguida se apoderan de su corazón y arde en deseos de reducirlos á la práctica, sin discurrir, sin temer, sólo aprovechando la oportunidad que se le presente de obrar.

 En lo cual se distingue de los demás pueblos, en los cuales el respeto á la ley se ha infiltrado en las costumbres públicas por efecto de la seguridad de que su acción no puede burlarse, en los cuales la cabeza discurre con frialdad y la acción es calculada, y por consiguiente no siempre efectiva.

 Por esto en España es imposible la República ordenada y todo Gobierno popular dentro de la revolución, porque falta esta calma que contiene y este freno que evita los desbordamientos irreflexivos.

 Pues bien: en España existen mejores disposiciones para trabar la batalla definitiva que en ninguna otra nación, porque aquí todos los elementos de acción viven siempre con el fusil cargado y el gatillo levantado; los demagogos dispuestos alanzarse á la menor debilidad en el poder, y los católicos á salvar las tradiciones y los intereses patrios.

 ¿Quién diría que en el fondo todos aspiran á lo mismo? Pues es la verdad, porque todos se proponen matar lo que es causa de su desgracia, de los males de la nación, y sólo se distinguen en el fin, que para unos es de destrucción social contra toda autoridad, y en los otros de regeneración social por medio de la autoridad divina y humana.

 En las demás naciones los campos opuestos se hallan en muy distintas condiciones. Los anarquistas no encuentran en frente de sí un principio contrario; el Catolicismo no representa en ellas una fuerza social; los católicos son individualidades, grupos parlamentarios á lo más, pero no una comunión organizada, dirigida, armada y aguerrida. En esas naciones la demagogia no encuentra más que la fuerza material que la contenga, pero no una afirmación contraria radicalmente; luchan liberales contra liberales, nunca revolucionarios contra católicos. El vencedor, pues, no puede salvar nada.

 En España el parlamentarismo organiza y produce más daño que en ninguna otra nación, porque se implantó en terreno que le era adverso; ha vivido por la violencia, con la tiranía de sus explotadores, y no puede resistir á la hostilidad y repugnancia que encuentra en la masa de la nación. Muere y no dejará sucesión, porque no vivirá ninguno de los retoños que se reproduzcan, pues no los podrá resistir la nación; á la sombra de este árbol funesto no nacerá la hierba siquiera; no podrán vivir ni las almas ni los cuerpos.

 En las demás naciones el liberalismo ha nacido y crecido espontáneamente, porque el terreno se estaba preparando desde hace siglos para recibirlo; por esto cuando muere en una forma se reproduce en otra, y vive y vivirá, porque el suelo, que es poco católico, no le rechaza mientras conserve la prosperidad material y sea posible la vida siquiera del cuerpo á su sombra; lo cual también concluirá en su día, aunque más lejano.

 Y hemos entrado en este orden de consideraciones antes de estudiar cómo la acción católica puede lograr el triunfo sobre la obra del judaísmo prescindiendo de la acción del anarquismo, para demostrar que el problema que en otras naciones ofrece largas, porque ni el liberalismo está pereciendo en ellas, ni hay que pensar en que la acción católica tenga fuerzas todavía para dar la batalla definitiva, en España es problema de urgente resolución, que se desenvolverá por sí mismo y nos lo encontraremos el mejor día en mitad de la calle hablando por boca de la anarquía y de la crisis social.

 Dado que en España el problema es completo, pues abarca el orden moral y el material, ya que ha dejado á la sociedad sin creencias y sin dinero, y la salvación consiste en devolverle uno y otro, dándole virtudes, sin las cuales es imposible la moralidad en ningún terreno, y prosperidad, sin la cual no puede vivir; dado que el problema tiene tales condiciones que sólo el Catolicismo puede resolverlo, queda dicho con esto que sólo con establecer un Gobierno católico que viviera coa principios opuestos á los del liberalismo, siguiendo la tradición española, es decir, plantando el árbol gubernamental que el suelo de nuestra España apetece, por ser el natural suyo, quedaría destruida la obra del judaísmo en nuestra patria, como se seca el estanque al que se cortan las corrientes que lo alimentan.

 Y esto se comprenderá fácilmente desde el momento en que se estudie lo que sería un Gobierno de esta clase.

 El usurero no tiene que hacer en una casa rica; donde hace su negocio es en la casa pobre, á la cual saca de ahogos hasta que le ha chupado toda su sustancia y la ha puesto á vivir de limosna ó en el caso de emigrar.

 Pues bien: un Gobierno no parlamentario ni liberal, sino verdaderamente representativo, en que los Gobiernos no vivan de las mayorías ni necesiten alimentar el caciquismo, ni enriquecer á los amigos, ni cubrir sus inmoralidades, puede hacer economías, reprimir irregularidades, evitar despilfarros, cosa que ningún Gobierno parlamentario puede lograr, siendo prueba de ello el que desde que existe el sistema no lo ha hecho, y cada día le es más imposible hacerlo.

 Un Gobierno de esta clase forzosamente ha de ser económico; lo cual han confesado siempre los liberales al decir que su sistema es mejor aunque es más caro. Siendo más económico, no sólo habría de saldar el presupuesto sin déficit, sino que habría de disminuir los impuestos, que reformaría moralizándolos, y habría de atender al fomento de la riqueza pública con la construcción de vías de comunicación, canales y tantas otras facilidades que exige el estado de adelanto en que se hallan las demás naciones.

 No teniendo que hacer empréstitos ¿no cerraríamos la puerta al judaismo, que es el usurero de las naciones? Nada tendría que hacer aquí. ¿Qué inportaría que quisiera hacer subir ó bajar a Bolsa, si el Gobierno la pondría al tipo más alto á que puede llegar, con la seguridad de que los intereses están asegurados con la prosperidad y desahogo de la Hacienda publica?

 Cuando el papel del Estado no diera, como en Inglaterra, ni el 3 por 100, ¿no quedaría resuelto por sí misiio el problema capital de la economía moderna, que es el desequilibrio entre la renta que producen la propiedad y la industria, y lo que se saca de los valores de la Bolsa, que ha hecho improductivos tantos capitales y arruinado las fuentes de riqueza pública y privada?

 ¿No tendríamos resuelta la cuestión de los cambios con el desarrollo que tendría la producción nacional auxiliada con los capitales que ahora huyen de ella, y que volverían desde el momento que rindiera más la propiedad y el trabajo que los valores públicos?

 ¿No tendríamos resuelta la cuestión obrera, es decir, aliviada la suerte del trabajador, que es la víctima de todos estos desequilibrios económicos, los cuales le dejan sin trabajo y, por consiguiente, sin lo que necesita para satisfacer sus racionales necesidades?

 Y que estas economía serían consecuencia natural y forzosa del cambio de sistema, se comprenderá, demás de lo dicho, con que muchas de las cargas que el Estado liberal ha acaparado para dominarlo todo, unas volverían á tener vida propia, y otras, con la descentralización, se satisfarían con menor gasto por las provincias y Municipios. ¿No se ha visto cómo las Provincias Vascongadas, las más pobres quizá de España, entregadas á sí mismas, estaban provistas de las mejores y más numerosas carreteras de España, la enseñanza pública era modelo, nada faltaba á las iglesias, la industria prosperaba y el bienestar las hacía unos oasis en medio de la aridez y penuria del resto de España?

 El Gobierno que consiguiera que entrase en las arcas del Tesoro lo que legalmente ha de entrar, esto es, que todos tributaran, que nada se ocultara por los caciques, que no hubiera arreglos y otros tratos, ni negocios escandalosos, ni otros agios, ¿no atraería á las arcas del Tesoro unos ingresos que le darían desahogo hasta para amortizar Deuda consolidada?

 Pues bien: un Gobierno católico, ajeno por completo al sistema liberal, rebajando las gabelas que harían gravosísimo el rigor en el cumplimiento de leyes tributarias tan gravosas como las actuales, que hiciera que no se defraudara en los ingresos ni en las salidas, ¡qué sobrantes más enormes no tendría!

 Resuelta la cuestión económica, ó sea la material, quedaría sólo la moral para destruir la acción del judaísmo... Pero como este punto no puede desarrollarse en este artículo, ya sobrado extenso, lo dejamos para otro día.

El Correo Español (18 de marzo de 1892). «¿Pueden los católicos?», Luis María de Llauder

jueves, 7 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (III)

¿CÓMO PUEDE SER VENCIDO?


Nos referimos al judaísmo, en cuyo estudio hemos de continuar hoy, pues tiene importancia tal, que de él depende la suerte definitiva del mundo moderno.

 El judaísmo, por medio del liberalismo, se ha apoderado de los pueblos, sustituyendo á la civilización cristiana la civilización materialista, con lo cual se ha hecho dueño de las conciencias y de los bolsillos de las generaciones presentes y futuras.

 Este poder lo ha conseguido y lo sostiene por medio de la prensa racionalista, impía, radical y pornográfica, de la cual son fomentadores y directores; por medio de la masonería, que constituye una fuerza política y social que les hace superiores á los Gobiernos, y por medio del parlamentarismo, que le da los empréstitos y los negocios, con los cuales tiene encadenada á su voluntad la suerte económica de los pueblos, su Hacienda pública, su Bolsa, sus especulaciones y su capital.

 Como hemos dicho otras veces, esta opresión se hace ya intolerable. Se rebelan contra ella las conciencias rectas, los espíritus nobles, que sienten el vacío de la idea católica y que echan á menos aquel lazo sublime que une amorosamente al hombre con Dios, y que de la insuficiencia de lo natural lo eleva, consolándolo, á lo sobrenatural y eterno.

 Y se rebelan contra la obra del judaísmo los que han perdido las riquezas que el judaísmo ha acaparado, y se ahogan en la necesidad que empiezan á sentir. A este número pertenecen clases enteras, como el proletariado, la clase media y las clases altas que no han hecho alianza con el judaísmo poniéndose á su servicio.

 De aquí el doble camino emprendido por las corrientes modernas: una corriente hacía Dios y los principios tradicionales destruídos por el judaísmo para lograr su entronizamiento, y otra contra Dios, extremando la idea sembrada por el judaísmo en busca del remedio en las teorías antisociales y ateas, corriente encarnada en el anarquismo, el socialismo, el nihilismo y todo cuanto puede saciar el odio, la envidia, la codicia y la sed de goce sembrados en todos los descontentos y desdeñados del festín de la civilización moderna.

 Hé aquí las dos corrientes que han de ahogar al judaísmo y poner fin á su explotación social.

 La corriente católica, por su naturaleza, será más lenta en su acción, porque sus armas son pacíficas y no cuenta con la fuerza externa que tiene el judaísmo para debilitar su acción. Verdad es que la Gracia de Dios puede en un instante cambiar los corazones y producir mudanzas que favorezcan la rapidez de su acción. Bien deseamos que así suceda, y las oraciones del pueblo cristiano pueden conseguirlo; pero esto entra en las esferas de lo sobrenatural, y no nos es dado entrar en los secretos de la Providencia.

 Humanamente hablando, tardará más tiempo en producirse una corriente católica de fuerza tal que se imponga á la fuerza del judaísmo y la destruya ó la neutralice, del que puede esperar esta otra fuerza social que perece de necesidad moral y material y exige un pronto remedio.

 Todas las señales dicen que la acción revolucionaria se anticipará á la acción católica.

 Los pueblos más dominados por el judaísmo están en vísperas de la bancarrota, de no poder pagar sus deudas, ni siquiera los intereses de ellas; los presupuestos desequilibrados es imposible que se equilibren de una manera estable y fecunda, porque igualarlos suprimiendo obligaciones y atenciones necesarias es vivir artificialmente y sostener una mentira que no puede durar.

 El anarquismo se extiende, se organiza, se manifiesta, sin que ningún Gobierno se atreva á impedirlo, y apresura la explosión de su terrible venganza.

 Preguntándonos ahora: ¿cómo puede ser vencido el judaismo?, encontramos una respuesta doble: por el anarquismo y por el Catolicismo. Uno y otro pueden darle el golpe de muerte.

 El socialismo, que es una forma templada, y hasta puede ser gubernamental del anarquismo, tiene una doble misión que que nadie más que él puede desempeñar: la de destruir y la de castigar.

 Para poner fin á la funesta obra del judaísmo es preciso derribar las fortalezas desde las que impera; y para ello es preciso que venga un periodo revolucionario, violento, en que un poder imperante diga:

 —¿Por qué hemos de pagar nosotros los despilfarres de la burguesía, y reconocer mansamente los empréstitos y las deudas contraídas á nuestro nombre, es decir, á cargo de las generaciones venideras, extenuándonos para satisfacer intereses de cantidades que no se han empleado en nuestro beneficio ni en el de la nación, sino en agios y especulaciones de burgueses políticos y de banqueros enriquecidos con la sangre de la nación?

 Esto, que han de decir un día las generaciones presentes ó futuras, no hay quien en una situación normal lo diga; es preciso que venga un huracán social que lo haga, y éste ¿no lo vemos venir en el ciclón anarquista?

 Pero además de la abolición de las deudas son necesarias economías radicales y supresión de gastos y obligaciones creadas por el parlamentarismo, que tampoco puede hacer un Gobierno normal, y que sólo una situación violenta y revolucionaria puede realizar.

 Así como el liberalismo hizo por medio de revoluciones, antes que por medios ordenados, la destrucción del edificio social antiguo y cristiano, de la misma manera sólo una gran sacudida social puede destruir el edificio de la civilización moderna, en el cual se guarece el judaísmo.

 Los que temen, y con razón, este sacudimiento social, esta gran revolución que ha de preceder á la regeneración cristiana de la sociedad, única que puede salvarla, háganse cargo de que es necesaria é inevitable para el día en que la Providencia deje de consentir la rebelión moderna, representada y sostenida por el liberalismo y quiera volver á imperar en el mundo civilizado, como tiene derecho á ello y lo ha realizado hasta hace poco, habiéndole redimido con la sangre de Jesucristo.

 Y tengan en cuenta que si viene esta revolución como un hecho necesario es por culpa y voluntad de los católicos. Si se encargaran ellos de dar esta batalla y destruir la obra del judaísmo no dejaría la Providencia á los terribles ejecutores de esta obra el hacerse al mismo tiempo los instrumentos de la Justicia divina, castigando á los unos por el daño que han hecho, á los otros por el que han dejado hacer, y á los demás por no querer hacer los sacrificios que son necesarios para dar la batalla á los enemigos de Dios y de la patria.

 ¿Podrían los católicos dar y ganar esta batalla?

 Lo examinaremos otro día.

El Correo Español (14 de marzo de 1892). «¿Cómo puede ser vencido?», Luis María de Llauder

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (II)

¿QUIÉN LO VENCERÁ?

Sí; ¿quién vencerá al judaísmo, que tiene hoy esclavizado al pueblo de Dios?

 El judaísmo representa una idea; no puede vencerlo, pues, más que otra idea. Es, además, una fuerza; no puede dominarlo, pues, más que otra fuerza. Así es cómo se ha de presentar la cuestión.

 La idea que el judaísmo representa es la idea anticatólica; la idea, pues, que ha de luchar contra él no puede ser otra que, la idea católica.


 Que esta idea católica hoy está vencida en el orden del derecho público de las naciones, en las costumbres, en casi todas las manifestaciones de la vida social; sea. Pero téngase en cuenta que cuanto dure este vencimiento, tanto durará el poder y la tiranía del judaísmo.

 Hoy domina éste por medio de la masonería y del liberalismo. Pues mientras dure esta dominación durarán los males sociales que produce.

 Pero como los males no pueden permanecer estacionarios, siquiera porque la resistencia del enfermo va agotándose, tienen forzosamente que disminuir ó aumentar. Disminuir, los hechos demuestran que esto no es ni puede ser; tienen, por consiguiente, que aumentar.

 Y como á una acción social corresponde una reacción, siempre que aquélla sea violenta, de aquí que la acción deletérea y corrosiva del liberalismo ha de producir una reacción tanto más fuerte cuanto más nociva aquélla sea.

 Esta reacción toma dos formas: una es la reacción hija de la acción, y otra la reacción opuesta á la acción. O sea la anarquista y la católica. Y he aquí cómo hoy se nos presenta otra vez la lucha en el terreno religioso como el alma, el fondo de la cuestión social.

 El Catolicismo fué arrojado de la sociedad por el liberalismo, y ahora se nos presenta otra vez el Catolicismo en lucha contra todos los enemigos de la sociedad, como única salvación que le queda.

 De esto resulta que hoy el judaísmo se encuentra entre dos enemigos que quieren destruirlo: el anarquismo, por él creado, y el Catolicismo, superior y no aplastado, aunque aherrojado por él.

 El primero es enemigo según la carne, esto es, según la lógica y orden natural de los hechos; el otro es enemigo según Dios, esto es, enemigo superior. Desde el momento en que el judaísmo ha separado á los hombres de la obediencia al Evangelio, dejándoles sin esperanzas en una vida mejor, y no ha podido darles la felicidad sobre la tierra que otros poseen y única que les han enseñado á buscar, ha debido crearse enemigos envidiosos y desesperados en el pueblo y en los ambiciosos sin freno.

 A este pueblo le ha tomado hasta aquí por instrumento; ahora el instrumento quiere trabajar por su cuenta; quiere lograr por si mismo lo que halagándole y engañándole le habían prometido los que gobiernan el mundo en nombre de las conquistas de la razón humana libre é independiente.

 La anarquía era imposible que dejara de salir del liberalismo. Los explotados y degradados por el judaísmo, con auxilio de la falsa libertad ó del libertinaje que les concedió, no podían dejar de ser anarquistas.

 Y por más que los perspicaces hubieran de adivinarlo,no por esto se detuvieron, creyendo que esto tardaría en suceder y que no les faltarían medios para ir dominando la explosión del anarquismo.

 Pero el otro enemigo del judaísmo, que es enemigo según Dios, es decir, suscitado por Jesucristo, que ha dicho que la Iglesia triunfaría de todos sus perseguidores, éste va desarrollándose y preparándose para salvar á la sociedad después que el otro enemigo haya ejercido sus funciones de venganza y exterminio.

 No sabemos si habrá todavía quien diga que esto del anarquismo no es temible, y que á lo más puede producir sólo conflictos y explosiones pasajeras. Para los que tan escasos de raciocinio se hallan es inútil escribir.

 Nosotros decimos, y la historia consignará el valor de nuestros juicios, que si el anarquismo no hubiera venido por generación natural del liberalismo y del satanismo, vendría por obra de Dios, quien suscitaría la fuerza humana que ha de destruir la obra del judaísmo.

 Cuando llegó la hora de poner fin al degradado Imperio romano, no había anarquismo con fuerzas suficientes para obrar esta destrucción; y en falta de él la Providencia suscitó á los bárbaros del Norte, que por la fuerza destruyeron la obra del paganismo romano.

 Cuando la Providencia quiso acabar más tarde con el Imperio de Oriente, á falta de enemigos naturales con poder suficiente para derribarlo, consintió que este enemigo fuera el mahometismo, que todavía conserva las conquistas que entonces hizo.

 A un pueblo degradado por el paganismo lo hizo dominar por un pueblo bárbaro. Y porque este pueblo bárbaro abrió los ojos y el corazón á la ley del Catolicismo, civilizó á Europa y la hizo grande hasta darle el imperio del mundo.

 A un Imperio cismático lo hizo destruir por otro pueblo herético; y porque este pueblo no ha querido abrigar la verdad del Evangelio, continúa todavía en la degradación y en el embrutecimiento.

 Pues bien: de esta misma manera, á una sociedad como la actual, paganizada por el judaísmo, la Providencia le prepara la invasión de masas aún más paganizadas y más revolucionarias que las que crearon al liberalismo, para que destruya á éste y tras él desaparezca el judaísmo. Esto está ya en ejecución, y por consiguiente debe estar á la vista de todos.

 La reacción católica, que se manifiesta por la importancia cada vez mayor que adquiere el Pontificado romano, por el eco cada día más fuerte que responde á la voz de la Iglesia y por la actividad que se nota en su vida social, indica claramente que la Providencia no quiere dejar á la raza latina en poder del anarquismo, sino que prepara su obra de regeneración para cuando éste haya concluido su tarea demoledora.

 Si el anarquismo no destruyera las fortalezas del judaísmo, ¿quién podría destruirlas sin la intervención directa de la Providencia?

 El carlismo, única fuerza que queda en Europa contraria á la revolución creada por el judaísmo, ha intentado varias veces darle la batalla y ha acometido la empresa de vencerle; pero no pudo conseguirlo porque el mismo judaísmo proporcionó todos los elementos necesarios para rechazarlo, desde el dinero, que es el nervio de la guerra y el dominador de las conciencias enfermas, hasta las influencias diplomáticas, el auxilio de la prensa y las simpatías y las ceguedades de gentes que se creen de orden.

 Libre de este enemigo, quedó de nuevo dominante el judaísmo. Mas hoy se presenta otro enemigo enfrente de él; enemigo que no se dirige expresamente contra el judaísmo, sino contra esa masa inmensa de burgueses que rodean el Trono donde impera el judaísmo y donde reparte sus beneficios sobre los que le sirven y defienden. Con lo que se encuentran todos esos burgueses, enemigos jurados del carlismo, con una cosa que no esperaban: con que estos otros enemigos de los carlistas, llamados el socialismo y el anarquismo, en lugar de agradecerles el habernos impedido el triunfo, se vuelven contra ellos, y puñal y cartucho de dinamita en mano les piden el reparto de cuanto poseen y además su sangre para saciar en ella sus rencorosas venganzas.

 ¿Con qué fuerzas cuentan los burgueses para defender á los judíos que les han esclavizado y para defenderse ellos mismos?

 ¿Con la fuerza material?

 ¡Bah! Los anarquistas cuentan contra ellos con tres fuerzas, y bien valen más tres fuerzas que una.

 Estas son: la fuerza moral, que les asiste contra los que los han engañado, corrompido y dado el ejemplo que quieren seguir; la fuerza del número, que es una fuerza material de alto poder, y la fuerza que reciben de Dios, que les hace instrumentos de sus venganzas.

 Duerman, pues, tranquilos los burgueses, y sigan odiando á los carlistas, sin pensar en quién les defenderá; que los que gobiernan, cuando se vean impotentes, con echar á correr al Extranjero ya procurarán salvarse.....

 Por hoy no decimos más.

El Correo Español (2 de marzo de 1892). «¿Quién lo vencerá?», Luis María de Llauder

martes, 5 de septiembre de 2017

El enemigo verdadero (I)

Reproducimos a continuación desde Carlismo Galicia una serie de artículos del periodista y político tradicionalista Luis María de Llauder, que analiza, desde la óptica de los problemas de su tiempo (que son también los de hoy, aunque mucho más degenerados) quién es el verdadero enemigo de la Cristiandad (hoy mínima y representada por el carlismo). 

Desde un inicial análisis de los problemas más rudimentarios y próximos, va hilando hasta llegar al punto de inflexión donde da con el verdadero enemigo que, desde la muerte de Cristo, de forma directa en su intención pero casi siempre indirecta en su ejecución, por la espalda y utilizando innumerables veces la conspiración; ha tratado de dinamitar la civilización cristiana. 

Sin duda hoy, en la crisis más grave que ha vivido la Cristiandad, tanto en lo temporal como en lo espiritual, son esta serie de artículos de Luis María de Llauder de rabiosa actualidad. Ya que contamos con la confirmación histórica de lo que nos alertaba el notable periodista carlista.


EL ENEMIGO VERDADERO


Salgan Uds. por estas calles y plazas diciendo que esta sociedad tiene las entrañas enfermas y que por esto se está disolviendo, y el que le oiga se tentará el cuerpo y seguirá su camino diciendo:—¡Pse!.... ¡que le hemos de hacer!

 Pero digan Uds.:—¡Esto está mal, no se gana un cuarto!—y ya tienen Uds. conversación para rato, con caras largas y exclamaciones interminables.

 Es que hemos llegado á un tiempo en que se prefiere estar enfermo de alma y cuerpo que de bolsillo. Aunque este achaque es ya antiguo, pues se contrajo cuando el liberalismo vendió su alma y su cuerpo para llenarse los bolsones; esto es, desde su origen y nacimiento, desde que empezó á perderse la fe.

 Lo malo es que hoy, después de tantas bajezas, crímenes é indignidades como ha cometido el liberalismo para lograr esto último, repartir el dinero, despojando á los legítimos poseedores de sus bienes, trastornando las leyes morales de la riqueza y alterando las relaciones ordenadas de las clases sociales, se encuentra enfermo y miserable; porque todo su trabajo ha dado por resultado único empobrecer á la clase alta y media, envilecer á la proletaria y crear un feudalismo del dinero, en cuyo obsequio ha redundado todo el provecho material de la revolución.

 Cuantos extremos se hacen hoy en esta lucha por la vida, esto es, por llenar los bolsillos, se estrellan ante la impotencia. El árbol de las manzanas de oro que plantó la revolución está ya esterilizado por el público; los frutos que, aun cuando menguados, sigue dando, los cogen los jardineros que lo cultivan y tienen cerrada la verja del jardín, y se los reparten amigable ó violentamente.

 Quiere el ciudadano trabajar, y no puede vender lo que produce ó no encuentra en qué emplearse; quiere vivir del producto de sus rentas ó del sudor de su rostro, y se encuentra con que el dios Estado, ó los ministros liberales en su nombre, le exige la mayor parte de lo que gana, y con lo que le resta no puede vivir; quiere dedicarse á una industria ó comercio, y un tratado internacional, una ley ó real orden, que con tanta frecuencia vienen á trastornar los intereses creados, le arruinan; quiere lanzarse á este nuevo mercado abierto por la civilización moderna á los valores fiduciarios y á esa riqueza más ó menos ficticia representada por hojas de papel, y viene el agio, la inmoralidad, lo imprevisto á derribar las fortunas con la misma rapidez con que se levantaron.

 Hoy el pueblo económico viene reduciendo sus términos; para el que tiene consiste en preguntarse: ¿cómo conservaré lo que tengo de modo que pueda vivir con ello?; y para el que no tiene en esta otra: ¿dónde hallaré la manera de vivir? Y no decimos vivir honradamente, porque hasta la manera de vivir deshonradamente se va agotando por el gran número de los que se hacen la competencia en este terreno.

 Un día es la cuestión obrera representada por el anarquismo; otro día es la cuestión de los cambios, otro la de los tratados, otro la de la Bolsa, otro la de los empréstitos, y otro la de los impuestos, las que tienen el privilegio de inquietar los ánimos, porque todas vienen á traducirse por una crisis doble: la del Tesoro público y la de los bolsillos españoles.

 ¿No sería ya hora de empezar á buscar la causa de esta mortal enfermedad para llegar á su destrucción y emprender los únicos caminos de salvación que quedan, si es que los hay practicables?

 Porque nosotros barruntamos que no hay más que uno; precisamente el que á todos causa espanto: la revolución social; pero no una revolución de mentirijillas, sino una revolución radical, profunda, que no deje nada del funesto edificio creado por el error moderno, por el liberalismo. La razón de esto es fácil de comprender.

 ¿Quién ha introducido y entronizado este error en los pueblos? El judaísmo, por medio de la masonería.

 El judaísmo, en su guerra tradicional contra Jesucristo, fué vencido por la civilización cristiana. Para triunfar tenía que destruir esta civilización y crear otra que satisficiera su inflexible anhelo.

 Porque el judaísmo tiene una idea constante: la de poseer la tierra. Pero tiene que luchar contra la maldición del cielo que recibió al cometer el Deicidio; de ahí que sus triunfos no puedan ser definitivos, y en esto está nuestra única esperanza. Hoy se ha hecho demasiado fuerte contra Dios para que no tenga que sentir el poder de su brazo el día en que haya de dejar de ser el castigo de los pueblos que han caído bajo su yugo por haber cedido á sus halagos.

 El judaísmo es enemigo del nombre cristiano; pero no sólo del alma, sino del bolsillo de los cristianos. Quiere perder sus almas y arrebatarles sus riquezas.

 Para lograr lo primero empezó haciendo escribir contra la Religión y halagando al hombre, recordándole sus derechos y entusiasmándole por la libertad. Poco á poco fueron así perdiendo almas; y como en este mundo no se ve lo que es perder el alma, el frenesí ciego de las generaciones arrebatadas por la libertad fué subiendo de grado hasta llegar al ateísmo, al materialismo y á la licencia de todos los vicios.

 Como las redes tendidas por el judaísmo á todas las naciones que aceptaron la revolución por ellos pérfidamente preparada para completar su obra no estaban á la vista de todos, la sociedad no se alarmaba mientras la enfermedad económica no atacaba á los bolsillos de la mayoría.

 No sabemos si todavía lo ven muchos; pero ya irán viendo con claridad que nuestras fortunas están por completo á merced del judaísmo. Nos ha prestado todo el dinero que han necesitado los Gobiernos liberales para pagar sus despilfarros; nos ha ofrecido ferrocarriles, Bancos, fábricas, armamentos y buques; nos ha rodeado de esplendores materiales; explota nuestras minas, juega en nuestras Bolsas, posee nuestras vías férreas, y, por consiguiente, es dueño de nuestro capital y de nuestras rentas.

 Con una jugada de Bolsa arruina ó enriquece, según conviene á sus intereses; se aumentan las contribuciones lo necesario para pagarle los réditos de lo mucho que acredita, y nuestras fincas serán vendidas en su provecho si se retrasan en el pago del impuesto, por exorbitante que sea. Sin el judaísmo no pueden hacer los Gobiernos de España empréstitos de alguna importancia. Con reclamar sus créditos pone en quiebra á cualquier nación, y con echar al mercado sus valores archivados arruina á todo un pueblo.

 ¡Para esto son liberales los que reniegan del nombre de tradicionalistas y odian la antigua legislación cristiana, la independencia gloriosa de la España católica!

 ¡Y todavía no lo ven ó no quieren confesarlo los que hoy son víctimas y esclavos del judaísmo, al que han prestado su concurso con llamarse liberales, ó con su indiferencia han dejado á los Gobiernos entregarnos al judaísmo!

 Conocido, pues, el origen de la enfermedad que nos aqueja, fácil es resumir la situación actual de España diciendo: Estamos bajo el poder del judaísmo, que tras la fe nos quitará el dinero.

 Para librarnos de esta esclavitud no hay más que un medio: adquirir una fuerza de que hoy carecemos, á fin de vencer al Faraón que nos esclaviza.

 Y esta fuerza vendrá, y no faltará el Moisés, que Dios enviará cuando suene la hora de humillar al judaísmo y libertar al pueblo de Dios, como demostraremos otro día.

El Correo Español (26 de febrero de 1892). «El enemigo verdadero», Luis María de Llauder

jueves, 27 de julio de 2017

La buena (y heroica) muerte de Felipe II

“Lo  más terrible de la muerte”

Año 1598


El rey parecía un moribundo cuando entró en Madrid el último día de 1592.  Las gentes que llenaban las calles para verle se asombraron el verle tan viejo y tan agotado. Era evidente, decían todos, que la jornada de Aragón había acabado con su Majestad. Los médicos, muy alarmados, le aconsejaron que si quería vivir algún tiempo era necesario que suprimiera alguna de sus actividades y adoptara un nuevo régimen de alimentación, de vida y de trabajo.  Hizo todo esto, pero sabiendo que le quedaban muy pocos años de vida, y cuando murió su confesor, fray Diego de Chaves, comenzó a prepararse concienzudamente para su propia muerte.  Con su característica minucia se dispuso a poner en regla sus asuntos. Hizo venir de Portugal al cardenal Alberto, uno de los pocos hombres en quien podía confiar, y le puso como freno a los Grandes y al Consejo, para evitar que estos tuvieran demasiada influencia sobre el joven príncipe Felipe durante su menor edad. El cardenal debería conferenciar a diario con el príncipe, asistir a las reuniones de su Consejo y discutir los asuntos con el rey y su heredero todos los viernes si su Majestad estaba en Madrid.

Felipe reorganizó cuidadosamente su gobierno en 1593, eligiendo entre los miembros de su Consejo de Estado un superconsejo interior de tres individuos. Tras cuatro años de observación cuidadosa nombró para este superconsejo, por su fidelidad y abnegación a Moura, Chinchón e Idiaquez.  Estos, con el cardenal Alberto para recibir embajadores y nuncios y vigilar los asuntos del príncipe en general, serían los que habían de aconsejarle al morir su padre.  Precisó los deberes de cada uno de ellos en una de aquellas instrucciones suyas, tan características, en las que anotaba hasta las horas en que deberían reunirse ; en invierno, de dos a cinco de la tarde, y en verano, de tres a seis, en el aposento del príncipe.  Su Majestad debería estar informado de todo cuanto ocurría.  El príncipe Felipe, por el cual se tomaban todas estas precauciones, tenía entonces quince años.  Ni  cuando vestía la armadura y la cota de malla de oro y plata, con las insignias del Toisón de Oro en torno del robusto cuello, alcanzaba a inspirar el joven Felipe aquella sensación de majestad que su padre, vestido sencillamente de negro, daba a su pueblo.  No era el príncipe el heredero ideal, pero era el único que había. Era, desde luego, mucho mejor que Don Carlos. El emperador le trataba con ternura, como a todos sus hijos, y luchaba para corregir algunas de las limitaciones de su naturaleza, aconsejándole y enseñándole de continuo.  Tuvo, por lo menos, la consoladora seguridad de que su sucesor sería un buen cristiano, un hombre justo y lo bastante humilde para recibir consejos.

Nunca habría una guerra religiosa en España mientras existiera la Inquisición. Otros países habrían de gemir muy pronto bajo el tormento inacabable de la guerra de los Treina Años.  Los católicos habían de sentir el azote de aquella lucha, hija de las ideas liberales ; todo el mundo la sufriría, excepto los autores del liberalismo.  “Puede asegurarse, dice alegremente el historiador judío Graetz, que los judíos no perdieron mucho con esta guerra devastadora ; mientras la población cristiana se empobrecía y tenía que reducirse casi a la nada….. , los judíos pudieron guardar algo.  El botín de muchas ciudades pasó a sus manos  y aunque les asignaron impuestos exorbitantes y les obligaron a pagar grandes sumas, siempre salieron ganando”.  Sería necesaria nada menos que una revolución francesa y un Napoleón para quebrantar la barrera levantada por Fernando e Isabel y dejar a los enemigos del Cristianismo en libertad de prepararse, poco a poco, para 1931 y 1936.

Si todos los católicos hubieran sido tan decididos como Felipe II en la reforma de la vida católica y en la vigorosa defensa de la cultura católica contra sus enemigos, el cerco gradual que se organizaba para aislar a la Iglesia en el mundo moderno hubiera podido evitarse y aplazarse indefinidamente.  Felipe II, fueran los que fueran sus errores y limitaciones, salvó probablemente a Europa de ser por completo arrollada por el protestantismo. No es de extrañar que los protestantes, judíos y otros adversarios de la Iglesia Católica hayan hecho de él la bestia negra del siglo XVI, exagerando sus errores y acusándole de otros que no cometió, completamente extraños a su naturaleza. Fue él, tal vez más que ningún otro hombre de su tiempo, el que venció el monstruoso complot y aplazó varios siglos el conflicto decisivo.  Frente al espíritu que disuelve a Cristo, de cuyo espíritu el protestantismo fue una manifestación y un símbolo, este hombre, pacífico y afectivo, había puesto en acción todos sus recursos, su salud, su tranquilidad, su conveniencia ; todo cuanto podía en cuerpo y en espíritu, toda la fuerza de una voluntad tenacísima y, en fin, todo el poderío, la sangre y el tesoro del Imperio español. Aunque tuviera sus pecados personales y sus diferencias con Papas y prelados, había una cosa cierta : allí donde surgiese el conflicto entre la Iglesia de Cristo y sus enemigos, en la tierra o en el mar, en las cámaras de los Consejos o Parlamentos o  en la enseñanza y propagación de la doctrina católica por el ejemplo  o el sacrificio de los sacerdotes, fuera donde fuere, allí estaba siempre la influencia de Felipe II, y siempre de parte de la Iglesia. Sus enemigos fueron, casi invariablemente, los enemigos del nombre católico. A su lado rara vez se encontró alguno de los que no aceptaban literalmente las enseñanzas de Cristo.  No fue él el creador de este conflicto, bien definido en cada uno de los países de Europa cuando Felipe, a los veintinueve años, subió al trono de España.  Millones de ducados del Tesoro, y miles y miles de los mejores jóvenes de España dejaron sus cadáveres en los campos de batalla o en los hospitales de apestados. Ningún provecho material de ninguna clase reportaban los Países Bajos a España ; ninguna ventaja militar, económica o política que compensara aquel gasto abrumador. Todo esto es algo que no cuenta para Adam Smith, cuando habla de las interpretaciones económicas de la historia, o del profundo egoísmo de la naturaleza humana.   ¿Cómo se explicaría que toda una nación aguantara todo esto, durante generaciones enteras, y más aún, que lo aprobara y lo defendiera?   Los enemigos de España, obligados a abandonar la teoría de que los españoles eran ambiciosos de poder y avaros de dinero, dicen ahora que eran unos estúpidos, que no entendían nada de economía, que eran insensatos.

Pues bien, sí ; esto está ya más cerca de la verdad, a condición que “insensato” se considere en el sentido de S. Pablo, cuando describe al Cristianismo como el que se atreve a hacer locuras por la causa de Cristo : el mundo se reirá siempre de él.  Felipe II y los mejores españoles de su tiempo tenían defectos. Pero amaban a Cristo. A su modo, con sus yerros, luchaban por imitar la locura sublime de la Santidad y de la Crucifixión. Es absolutamente cierto, y ésta es la clave, el principio y el fin de toda posible comprensión del carácter de este rey, que Felipe II percibió claramente que Cristo, en este mundo, moraba en la Santa Apostólica y Católica Iglesia de Roma y no en otra parte, y que la salvación de los hombres dependía, ante todo, Cristo mismo lo dijo, de aceptar esta verdad.  Felipe siempre estuvo dispuesto a demostrar la sinceridad de su fe, arriesgando por ella sus tesoros, sus reinos, la paz de su espíritu, la salud de su cuerpo y la misma vida.  Sólo pesa sobre él la sombra de que hubo tanta inercia como prudencia en su decisión de no ir a los Países Bajos cuando su presencia hubiera podido llevar a buen término tantas cosas.  Esto era lo que pensaba cuando dijo que prefería no gobernar a gobernar a un pueblo de herejes.  Era su interpretación personal de aquello de Cristo  : “¿Qué ganará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su propia alma?”.  La historia de España, siglo tras siglo, es un ejemplo de esta magnífica generosidad cristiana. Y este mismo ejemplo es la parte central y significativa de la vida de Felipe II.  Por esta razón, los verdaderos españoles de su tiempo y los de tiempos después, vieron y han visto en él al prototipo hispano, y le han perdonado sus faltas y han llevado sus virtudes en su propio corazón.

Cupo en suerte a Felipe poseer los Países Bajos cuando las circunstancias hacían de aquel país el centro de las tormentas de todo el mundo, el foco, el punto crítico de la línea de batalla entre los ejércitos de Cristo y los del Anticristo.  Sean las que sean las causas, la mayoría de los conflictos en el mundo han sido sólo episodios disimulados de esta lucha esencial.  Es falso decir que España odiaba mirar hacia adelante y deseaba mirar hacia atrás. Sabía que no miraba hacia atrás cuando miraba a Cristo y a su Iglesia Católica. Por eso decía con añoranza fray José de Sigüenza, gran erudito y encargado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial : “aquellos buenos siglos antiguos, en que había tanta fe y tan poco dinero”.  El español católico es el que mira más allá del futuro, pues Cristo es eterno, y sólo lo eterno puede, en verdad, llamarse futuro.  ¿Por qué no llamar a las fuerzas opuestas a la modernidad con su verdadero nombre?  Son las voces del mundo que, según predijo Cristo, odiarán siempre a su Iglesia. Son las voces de los hijos del Anticristo. Pero de Cristo tenemos la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra nosotros.  El mundo moderno ha odiado la memoria de Felipe II porque toda su vida fue una defensa de los antiguos derechos del mundo, y no por sus defectos personales.  El rey sabía que le quedaba poco tiempo de vida y comenzó a aprovecharla más en aquel San Lorenzo que le sugería, en cada rincón, en la oscuridad del confesonario, en el coro, a la hora de vísperas, entre las tumbas de sus muertos, el otro mundo ;  y siempre, ante el altar.

Sin embargo, el mundo no había perdido completamente su poder de atracción para aquel cuerpo agotado y enfermo. Lo pasó muy bien asistiendo a la representación de una comedia en San Lorenzo, en la que figuraban los doctores de la Iglesia enseñando a San Pablo.  A primeros del año 1597 se estableció, por más sano, en un palacio nuevo que compró a un noble de los alrededores, en Campillo. Allí celebró la Ascensión y concibió la idea de reconstruir un gran camino desde su nueva residencia hasta San Lorenzo. Compró todas sus propiedades a los modestos labradores y campesinos de las cercanías, pagándolos al doble de su valor, y al dejarla sus dueños, algunos no sin lágrimas, los equipó a todos, de pies a cabeza, con ropa nueva y les dio para el viaje una buena gratificación.  Cayó entonces enfermo de gota y tuvo que enviar a su hijo, en representación suya, a una fiesta en San Lorenzo. Despachó tras él a un noble para recordarle que enviara vituallas y regalos de la mesa real a varios monjes.  Tuvo Felipe una de sus inesperadas mejorías y volvió a San Lorenzo. Con sus setenta años pasó el verano cazando. En septiembre recayó y se pensó que iba a morir. Después de este ataque de gota nunca más pudo volver a andar sin ayuda. Cuando llegaron las nuevas de la muerte de su segunda hija, la duquesa de Saboya, en Turín, fue a Madrid para asistir a los funerales públicos por su alma. Después del funeral atravesó todo Madrid acompañado del príncipe Felipe y seguido de toda la Corte en carrozas enlutadas. Al volver una calle oyó la campanilla del Santísimo Sacramento, que un sacerdote llevaba a casa de un moribundo. El rey manó detener los caballos de su coche mientras adoraba la Sagrada Forma, e hizo que el príncipe siguiera al sacerdote, sombrero en mano, hasta el lugar del Viático ; él esperó, con su pierna enferma extendida, rezando hasta que el príncipe regresó. Él mismo hubiera ido de haber podido andar ; siempre había sido su costumbre , y confiaba que el príncipe la seguiría cuando él desapareciera.

Pasó su último invierno en Madrid, lleno de miserias. Cuando llegó la primavera estaba tan débil que los médicos se negaron a que fuera a San Lorenzo.  A finales de junio se sintió mejor, y notificó a sus médicos que, les placiera o no, iba a El Escorial para morir allí. Moura se arrojó a sus pies y le imploró, llorando, que no lo hiciera. Pero Felipe estaba decidido, como él mismo decía, a dejar sus huesos en su casa. El último día de junio salió en una silla de manos del palacio de Madrid. Hizo etapas muy cortas, y casi muriéndose en el camino, llegó el 6 de julio a San Lorenzo, siendo transportado a su antiguo aposento, que daba al altar mayor de la Basílica.  Pocos días después se hacía pasear por todo el palacio y por los jardines. Ansiaba volver a ver los viejos rincones y las cosas nuevas.  Pero se cansó mucho, y el día 22, fiesta de Santa María Magdalena, tuvo otra recaída y padeció una de las fiebres altísimas que solían acometerle cuando hacía mucho ejercicio. Pidió que los médicos le dijeran francamente si estaba ya cercano su fin. Los médicos lo creían así, pero ocultaron su pronóstico duranre unos días, hasta que su confesor, fray Diego de Yepes, les advirtió que Su Majestad deseaba saber la verdad y afrontarla, y que lo mejor sería que se la dijeran. Entonces declararon que no tenían esperanzas. Fray Diego se lo comunicó al rey el 1 de agosto. Felipe dijo : “Gracias sean dadas a Dios”. Parecía en verdad satisfecho y animoso. Ordenó a fray Diego que le examinara muy severamente su vida entera desde su infancia, e hizo una confesión general que duró tres días enteros.



Tenía cuatro llagas fistulizadas en el dedo índice de la mano derecha, otras tres en el tercer dedo y otra en el dedo grueso del pie derecho. Sobre todo esta última le abrasaba de dolor continuamente y no se aliviaba con ningún remedio. Tenía además en la rodilla un absceso producido por la gota, tan doloroso que el menor movimiento le causaba sufrimientos de agonía. Todo ello le obligaba a estar echado sobre la espalda, inmóvil y como clavado en la cama, en cuya postura estuvo cincuentra y tres días. Las heridas se infectaron, y despedían un olor pesrtilente. Su confesor no acertaba a compararlas más que con las úlceras que Moisés hizo caer en Egipto sobre los trasgresores de la Ley de Dios, o con las que quemaron los huesos y consumieron la carne del triste Job. Le dolían la cabeza y los ojos, y no podía dormir.



(Ahora continua el relato, fuente de W. Thomas Walsh,  Fray José de Sigüenza,1544-1606, monje jerónimo del Real Monasterio, que a la muerte del rey tenía pues 54 años, y como él mismo dice “fue testigo de vista” de lo que narra)  :



La más prolija e importuna dolencia que le afligió fue la gota. Duróle más de catorce años, y los siete postreros causó este mal dolores agudísimos porque aquella división que va haciendo el humor corrompido en las articulaciones y coyunturas de manos y pies, partes sensibles por extremo, por ser de poca carne, todo nervios y huesos, que como se desencasan, atormentan despiadadamente, como lo muestran los gritos de los que lo padecen, aunque no los conociéramos en nuestro Rey, pues no fueron poderosos estos dolores continuos y de tantos años para descomponer el grande sufrimiento y modestia de este siervo de Dios. Testigos fuimos de tan singular paciencia los que asistimos continuamente en su servicio.  Para que a la postre se fuese purificando más claro, en los dos años y medio antes de su fin avivó Dios las brasas de su crisol ; quiso que se emprendiese en sus huesos una fiebre habitual que le afligía continuamente, consumiendole las carnes, hasta que no le dejó sino el pellejo y los huesos, y tan sin fuerzas, que de allí adelante le fue forzoso andar en una silla y verse como a enterrar cada día. Juntóse con esta fiebre una muy mala compañera, un principio de hidropesía, hinchándosele el vientre, muslos y piernas, que bastara por sí solo este rabioso accidente a descomponer al hombre más asentado del mundo, por la implacable sed que causa en las entrañas ; pasión que aflige más que todas cuantas nos acometen ; y lo peor es que con ninguna cosa cobra más fuerza como con lo que más se apetece, que es el agua, y así el tormento que padecía de sed y sequedad un Rey tan delicado, criado en tanto regalo y concierto de vida y durarle tanto tiempo, bastara a derribar la paciencia más encarecida de cuantas leemos en hombres…..  Y así pasó estos dos años y medio con grandísimo martirio, levantando los ojos de su esperanza a su Dios y Señor, implorando el auxilio y el favor de sus santos. Sujetábase a las reglas y preceptos de la medicina con tanta puntualidad que no parecía Rey cuya voluntad y apetitos no tiene superior . Es forzoso decir que todos estos males fueron regalos enviados por Dios, o digámoslo así, piedras preciosas para adorno de la corona de otro Reino mayor.

Últimamente, cargaron, como dije, las calenturas dobles, que en dejando la una, comenzaba la otra. Martillos redoblados sobre el yunque de tan magnífico corazón como el de Felipe, que, como conocía bien el brazo divino que los meneaba, humilde y callado recibía los golpes. Comenzó a acometerle una espantable escuadra de miserias, que ninguna, ni todas juntas pudieron mellarle la paciencia, ni fueron parte que saliese de su boca palabra que supiese a impaciencia. En lo que pienso que hizo alguna ventaja al pacientísimo Job, pues si lo miramos a lo menos en la corteza, le oímos se queja gravemente, arguye a ratos con Dios y aun tiene tedio de sí mismo y de su vida. Diré a lo menos que el santo Job fue ejemplo de la paciencia natural antigua y no más de sombra o figura de la que habían de tener los que se llamasen cristianos.  Después de haberle fatigado las fiebres siete días contínuos, asado y consumido del fuego maligno que le tenía ya en los huesos, arrojó en el muslo, un poco encima de la rodilla derecha, una apotegma de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy grandes ;  aunque los médicos procuraron resolverla con los mejores remedios que supieron, ninguno fue bastante, pues a mi juicio, (dice Sigüenza), no venían estas llagas por la sola fuerza del mal corrompido, sino enviados de aquella mano que usa de todo lo criado como instrumento de su voluntad.

Sentíalo así el buen Felipe, y levantando los ojos, decía con la boca y con el corazón aquellas ternísimas palabras que dijo su Rey y Señor en el Huerto : “Pater, non mea, sed tu voluntas fiat”, que, por haberlas repetido tan innumerables veces, creo le eran singular alivio de todas sus miserias.  Fue forzoso abrir con el hierro esta apostema, y todos temieron no se quedase muerto en el tormento. Abríosela al fin el cirujano de Su Majestad el día de la Transfiguración del Señor con la mayor sutileza que fue posible ; sacóle gran cantidad de materia, porque el muslo estaba hecho una bolsa de podre que llegaba poco menos que hasta el hueso. Por ser tanta, se abrieron otras dos bocas por donde expelía tanta cantidad que parecía milagro no morir resuelto en ella en un sujeto tan consumido.  No se oyó de la boca de este Príncipe ni grito ni palabra desentonada, ni se vieron otros extremos de los que se permite cualquier hombre.  Antes que se le abriesen se había confesado y aparejado para morir, y le mandó a su confesor, fray Diego de Yepes, que en el entretanto estaba en el tormento le leyese la Pasión de San Mateo. Cuando llegó a la Oración del Huerto, le mandó que reparase, para con más viva atención poner su espíritu en Dios y resignarse todo en sus manos, y para sentir de veras en sus entrañas la aflicción del inocentísimo Cordero ; medio eficacísimo para tener en poco la suya y olvidarse de sí mismo, y pasar aquel tormento como si no fuera suyo; después de abierta la apostema, mandó a todos hiciesen gracias a Nuestro Señor.  Con esto quedó muy consolado. No pasó de una vez este tormento, porque cada vez que le curaban era necesario extraerle la materia ; salían, entre mañana y tarde, dos escudillas de podre, ocasión de gravísimos dolores.

De estas curas le sobrevino a nuestro Rey otro trabajo grande, que aún para pensarlo es penoso. Como estaba tan lastimado con esta herida y abertura, quedó tan dolorido y sensible, que no era posible menearse ni revolverse en la cama. Era forzoso estar de espalda de noche y de día, sin mudarse de un lado ni de otro. Así se convirtió aquella cama real poco menos que en muladar podrido, y digo poco, porque no era sino harto peor, de donde salían continuos olores malísimos que atormentaban a nuestro nuevo Job. En cincuenta y tres días que duró esta enfermedad, ni se le pudo mudar la ropa que tenía debajo, ni menearle ni levantarle un poco para limpiarle los excrementos de la necesidad natural, y mucha parte de la materia que le salía de las apostemas y llagas tenían al sufridísimo Rey en una sentina hedionda sepultado en vida. Y quien considerase el aseo y limpieza que tuvo siempre en todas las cosas, que una raya en la pared, ni una mancha en el suelo, ni polvo, ni telaraña no sufría, y le viere ahora en tan asqueroso estado, sin quejarse ni mostrar impaciencia, ni decir malas palabras, podrá decir que es negocio de más que humano sentimiento y sufrimiento. El más prolijo martirio que pudo padecer persona de semejante calidad, ni me acuerdo de haberlo leído. Siempre me ha parecido que fue esta una de las más rigurosas pruebas de su paciencia, extraordinario ejemplo que nos dejó de su sufrimiento este señor.  Otras muchas veces, cuando le curaban, vencido de los agudos dolores, mandaba que parasen, y las más rompía en alabanzas divinas, ofreciendo a Dios su trabajo, y muchas, aunque callando con la boca, los ojos y el semblante mostraban el sacrificio que dentro de su corazón hacía de sí mismo al Señor. De estar echado de esta manera, se le vinieron a hacer llagas en las espaldas y en los asientos, porque ni aun esas partes careciesen de su pena.

Podremos ya de aquí en adelante tener cartilla y arte para enseñar a bien morir con solo leer lo que este santo Rey hizo y dijo en su enfermedad y en su muerte, y podrán aprender todos en tan buen maestro lo que apenas nos han enseñado muchos religiosos santos. A primeros de agosto su confesor le dijo el peligro en que estaba. Se lo agradeció mucho, como quien le había dado una nueva alegre. Determinó luego hacer una confesión general, pidiéndole a su confesor le ayudase en esto con mucho cuidado, resignándose luego en sus manos y sujetándose con entera voluntad y determinación firmísima de hacer, para satisfacción de sus culpas, todo lo que le dijese. No se contentó con decirle eso de boca ; diólo por escrito a D. Cristobal de Mora, y le mandó que en su presencia se lo leyese al confesor. Dijo así :  “Padre, vos estáis en lugar de Dios, y protesto delante de su acatamiento que haré lo que dijéreis que he menester para mi salvación, y así por vos estará lo que yo no hiciere, porque estoy aparejado para hacerlo todo”.  Y esto contenía el escrito.  Certifican algunos caballeros de su cámara, dignos de toda fe, que Su Majestad pidió a Nuestro Señor encarecidamnete le hiciese merced que a la hora de su muerte cesasen sus dolores, para que con más entero juicio y sin que el alma tuviese necesidad de acudir a las cosas del cuerpo ni sus males la embarazasen, pudiese contemplar sus divinas misericordias, y abrazarse con él y tratar su salvación. Últimamente el Prior de San Lorenzo le leyó la recomendación del alma que está en el Manual romano, devota y de tantas consideraciones lleno ; advirtióla bien y dio señas de alegría con ella. Las últimas palabras que pronunció y con que partió de este mundo fue decir, como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa Iglesia Romana ; y besando mil veces el crucifijo, se fue acabando poco a poco y salió aquella santa alma y se fue, según lo dicen tantas pruebas, a gozar del Reino soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe II, hijo del Emperador Carlos V, en la misma casa y templo que había edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, cuando el alba rompía por el Oriente, trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz, a 13 de septiembre, en las octavas de la Natividad de Nuestra Señora, Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año 1598.  En el mismo día que catorce años antes había puesto la postrera piedra de toda la fábrica de esta casa.  Comenzó a edificar este Monasterio el 23 de abril de 1563. Gozóle, después de haber puesto la postrera piedra el año 1584, catorce años justos, que es otra particular merced del cielo.  Lo primero que se hizo por los caballeros de su cámara fue irlo a decir a su hijo, Felipe, III de este nombre.