jueves, 27 de julio de 2017

La buena (y heroica) muerte de Felipe II

“Lo  más terrible de la muerte”

Año 1598


El rey parecía un moribundo cuando entró en Madrid el último día de 1592.  Las gentes que llenaban las calles para verle se asombraron el verle tan viejo y tan agotado. Era evidente, decían todos, que la jornada de Aragón había acabado con su Majestad. Los médicos, muy alarmados, le aconsejaron que si quería vivir algún tiempo era necesario que suprimiera alguna de sus actividades y adoptara un nuevo régimen de alimentación, de vida y de trabajo.  Hizo todo esto, pero sabiendo que le quedaban muy pocos años de vida, y cuando murió su confesor, fray Diego de Chaves, comenzó a prepararse concienzudamente para su propia muerte.  Con su característica minucia se dispuso a poner en regla sus asuntos. Hizo venir de Portugal al cardenal Alberto, uno de los pocos hombres en quien podía confiar, y le puso como freno a los Grandes y al Consejo, para evitar que estos tuvieran demasiada influencia sobre el joven príncipe Felipe durante su menor edad. El cardenal debería conferenciar a diario con el príncipe, asistir a las reuniones de su Consejo y discutir los asuntos con el rey y su heredero todos los viernes si su Majestad estaba en Madrid.

Felipe reorganizó cuidadosamente su gobierno en 1593, eligiendo entre los miembros de su Consejo de Estado un superconsejo interior de tres individuos. Tras cuatro años de observación cuidadosa nombró para este superconsejo, por su fidelidad y abnegación a Moura, Chinchón e Idiaquez.  Estos, con el cardenal Alberto para recibir embajadores y nuncios y vigilar los asuntos del príncipe en general, serían los que habían de aconsejarle al morir su padre.  Precisó los deberes de cada uno de ellos en una de aquellas instrucciones suyas, tan características, en las que anotaba hasta las horas en que deberían reunirse ; en invierno, de dos a cinco de la tarde, y en verano, de tres a seis, en el aposento del príncipe.  Su Majestad debería estar informado de todo cuanto ocurría.  El príncipe Felipe, por el cual se tomaban todas estas precauciones, tenía entonces quince años.  Ni  cuando vestía la armadura y la cota de malla de oro y plata, con las insignias del Toisón de Oro en torno del robusto cuello, alcanzaba a inspirar el joven Felipe aquella sensación de majestad que su padre, vestido sencillamente de negro, daba a su pueblo.  No era el príncipe el heredero ideal, pero era el único que había. Era, desde luego, mucho mejor que Don Carlos. El emperador le trataba con ternura, como a todos sus hijos, y luchaba para corregir algunas de las limitaciones de su naturaleza, aconsejándole y enseñándole de continuo.  Tuvo, por lo menos, la consoladora seguridad de que su sucesor sería un buen cristiano, un hombre justo y lo bastante humilde para recibir consejos.

……. Nunca habría una guerra religiosa en España mientras existiera la Inquisición. Otros países habrían de gemir muy pronto bajo el tormento inacabable de la guerra de los Treina Años.  Los católicos habían de sentir el azote de aquella lucha, hija de las ideas liberales ; todo el mundo la sufriría, excepto los autores del liberalismo.  “Puede asegurarse, dice alegremente el historiador judío Graetz, que los judíos no perdieron mucho con esta guerra devastadora ; mientras la población cristiana se empobrecía y tenía que reducirse casi a la nada….. , los judíos pudieron guardar algo.  El botín de muchas ciudades pasó a sus manos  y aunque les asignaron impuestos exorbitantes y les obligaron a pagar grandes sumas, siempre salieron ganando”.  Sería necesaria nada menos que una revolución francesa y un Napoleón para quebrantar la barrera levantada por Fernando e Isabel y dejar a los enemigos del Cristianismo en libertad de prepararse, poco a poco, para 1931 y 1936.

Si todos los católicos hubieran sido tan decididos como Felipe II en la reforma de la vida católica y en la vigorosa defensa de la cultura católica contra sus enemigos, el cerco gradual que se organizaba para aislar a la Iglesia en el mundo moderno hubiera podido evitarse y aplazarse indefinidamente.  Felipe II, fueran los que fueran sus errores y limitaciones, salvó probablemente a Europa de ser por completo arrollada por el protestantismo. No es de extrañar que los protestantes, judíos y otros adversarios de la Iglesia Católica hayan hecho de él la bestia negra del siglo XVI, exagerando sus errores y acusándole de otros que no cometió, completamente extraños a su naturaleza. Fue él, tal vez más que ningún otro hombre de su tiempo, el que venció el monstruoso complot y aplazó varios siglos el conflicto decisivo.  Frente al espíritu que disuelve a Cristo, de cuyo espíritu el protestantismo fue una manifestación y un símbolo, este hombre, pacífico y afectivo, había puesto en acción todos sus recursos, su salud, su tranquilidad, su conveniencia ; todo cuanto podía en cuerpo y en espíritu, toda la fuerza de una voluntad tenacísima y, en fin, todo el poderío, la sangre y el tesoro del Imperio español. Aunque tuviera sus pecados personales y sus diferencias con Papas y prelados, había una cosa cierta : allí donde surgiese el conflicto entre la Iglesia de Cristo y sus enemigos, en la tierra o en el mar, en las cámaras de los Consejos o Parlamentos o  en la enseñanza y propagación de la doctrina católica por el ejemplo  o el sacrificio de los sacerdotes, fuera donde fuere, allí estaba siempre la influencia de Felipe II, y siempre de parte de la Iglesia. Sus enemigos fueron, casi invariablemente, los enemigos del nombre católico. A su lado rara vez se encontró alguno de los que no aceptaban literalmente las enseñanzas de Cristo.  No fue él el creador de este conflicto, bien definido en cada uno de los países de Europa cuando Felipe, a los veintinueve años, subió al trono de España.  Millones de ducados del Tesoro, y miles y miles de los mejores jóvenes de España dejaron sus cadáveres en los campos de batalla o en los hospitales de apestados. Ningún provecho material de ninguna clase reportaban los Países Bajos a España ; ninguna ventaja militar, económica o política que compensara aquel gasto abrumador. Todo esto es algo que no cuenta para Adam Smith, cuando habla de las interpretaciones económicas de la historia, o del profundo egoísmo de la naturaleza humana.   ¿Cómo se explicaría que toda una nación aguantara todo esto, durante generaciones enteras, y más aún, que lo aprobara y lo defendiera?   Los enemigos de España, obligados a abandonar la teoría de que los españoles eran ambiciosos de poder y avaros de dinero, dicen ahora que eran unos estúpidos, que no entendían nada de economía, que eran insensatos.

Pues bien, sí ; esto está ya más cerca de la verdad, a condición que “insensato” se considere en el sentido de S. Pablo, cuando describe al Cristianismo como el que se atreve a hacer locuras por la causa de Cristo : el mundo se reirá siempre de él.  Felipe II y los mejores españoles de su tiempo tenían defectos. Pero amaban a Cristo. A su modo, con sus yerros, luchaban por imitar la locura sublime de la Santidad y de la Crucifixión. Es absolutamente cierto, y ésta es la clave, el principio y el fin de toda posible comprensión del carácter de este rey, que Felipe II percibió claramente que Cristo, en este mundo, moraba en la Santa Apostólica y Católica Iglesia de Roma y no en otra parte, y que la salvación de los hombres dependía, ante todo, Cristo mismo lo dijo, de aceptar esta verdad.  Felipe siempre estuvo dispuesto a demostrar la sinceridad de su fe, arriesgando por ella sus tesoros, sus reinos, la paz de su espíritu, la salud de su cuerpo y la misma vida.  Sólo pesa sobre él la sombra de que hubo tanta inercia como prudencia en su decisión de no ir a los Países Bajos cuando su presencia hubiera podido llevar a buen término tantas cosas.  Esto era lo que pensaba cuando dijo que prefería no gobernar a gobernar a un pueblo de herejes.  Era su interpretación personal de aquello de Cristo  : “¿Qué ganará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su propia alma?”.  La historia de España, siglo tras siglo, es un ejemplo de esta magnífica generosidad cristiana. Y este mismo ejemplo es la parte central y significativa de la vida de Felipe II.  Por esta razón, los verdaderos españoles de su tiempo y los de tiempos después, vieron y han visto en él al prototipo hispano, y le han perdonado sus faltas y han llevado sus virtudes en su propio corazón.

Cupo en suerte a Felipe poseer los Países Bajos cuando las circunstancias hacían de aquel país el centro de las tormentas de todo el mundo, el foco, el punto crítico de la línea de batalla entre los ejércitos de Cristo y los del Anticristo.  Sean las que sean las causas, la mayoría de los conflictos en el mundo han sido sólo episodios disimulados de esta lucha esencial.  Es falso decir que España odiaba mirar hacia adelante y deseaba mirar hacia atrás. Sabía que no miraba hacia atrás cuando miraba a Cristo y a su Iglesia Católica. Por eso decía con añoranza fray José de Sigüenza, gran erudito y encargado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial : “aquellos buenos siglos antiguos, en que había tanta fe y tan poco dinero”.  El español católico es el que mira más allá del futuro, pues Cristo es eterno, y sólo lo eterno puede, en verdad, llamarse futuro.  ¿Por qué no llamar a las fuerzas opuestas a la modernidad con su verdadero nombre?  Son las voces del mundo que, según predijo Cristo, odiarán siempre a su Iglesia. Son las voces de los hijos del Anticristo. Pero de Cristo tenemos la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra nosotros.  El mundo moderno ha odiado la memoria de Felipe II porque toda su vida fue una defensa de los antiguos derechos del mundo, y no por sus defectos personales.  El rey sabía que le quedaba poco tiempo de vida y comenzó a aprovecharla más en aquel San Lorenzo que le sugería, en cada rincón, en la oscuridad del confesonario, en el coro, a la hora de vísperas, entre las tumbas de sus muertos, el otro mundo ;  y siempre, ante el altar.

Sin embargo, el mundo no había perdido completamente su poder de atracción para aquel cuerpo agotado y enfermo. Lo pasó muy bien asistiendo a la representación de una comedia en San Lorenzo, en la que figuraban los doctores de la Iglesia enseñando a San Pablo.  A primeros del año 1597 se estableció, por más sano, en un palacio nuevo que compró a un noble de los alrededores, en Campillo. Allí celebró la Ascensión y concibió la idea de reconstruir un gran camino desde su nueva residencia hasta San Lorenzo. Compró todas sus propiedades a los modestos labradores y campesinos de las cercanías, pagándolos al doble de su valor, y al dejarla sus dueños, algunos no sin lágrimas, los equipó a todos, de pies a cabeza, con ropa nueva y les dio para el viaje una buena gratificación.  Cayó entonces enfermo de gota y tuvo que enviar a su hijo, en representación suya, a una fiesta en San Lorenzo. Despachó tras él a un noble para recordarle que enviara vituallas y regalos de la mesa real a varios monjes.  Tuvo Felipe una de sus inesperadas mejorías y volvió a San Lorenzo. Con sus setenta años pasó el verano cazando. En septiembre recayó y se pensó que iba a morir. Después de este ataque de gota nunca más pudo volver a andar sin ayuda. Cuando llegaron las nuevas de la muerte de su segunda hija, la duquesa de Saboya, en Turín, fue a Madrid para asistir a los funerales públicos por su alma. Después del funeral atravesó todo Madrid acompañado del príncipe Felipe y seguido de toda la Corte en carrozas enlutadas. Al volver una calle oyó la campanilla del Santísimo Sacramento, que un sacerdote llevaba a casa de un moribundo. El rey manó detener los caballos de su coche mientras adoraba la Sagrada Forma, e hizo que el príncipe siguiera al sacerdote, sombrero en mano, hasta el lugar del Viático ; él esperó, con su pierna enferma extendida, rezando hasta que el príncipe regresó. Él mismo hubiera ido de haber podido andar ; siempre había sido su costumbre , y confiaba que el príncipe la seguiría cuando él desapareciera.

Pasó su último invierno en Madrid, lleno de miserias. Cuando llegó la primavera estaba tan débil que los médicos se negaron a que fuera a San Lorenzo.  A finales de junio se sintió mejor, y notificó a sus médicos que, les placiera o no, iba a El Escorial para morir allí. Moura se arrojó a sus pies y le imploró, llorando, que no lo hiciera. Pero Felipe estaba decidido, como él mismo decía, a dejar sus huesos en su casa. El último día de junio salió en una silla de manos del palacio de Madrid. Hizo etapas muy cortas, y casi muriéndose en el camino, llegó el 6 de julio a San Lorenzo, siendo transportado a su antiguo aposento, que daba al altar mayor de la Basílica.  Pocos días después se hacía pasear por todo el palacio y por los jardines. Ansiaba volver a ver los viejos rincones y las cosas nuevas.  Pero se cansó mucho, y el día 22, fiesta de Santa María Magdalena, tuvo otra recaída y padeció una de las fiebres altísimas que solían acometerle cuando hacía mucho ejercicio. Pidió que los médicos le dijeran francamente si estaba ya cercano su fin. Los médicos lo creían así, pero ocultaron su pronóstico duranre unos días, hasta que su confesor, fray Diego de Yepes, les advirtió que Su Majestad deseaba saber la verdad y afrontarla, y que lo mejor sería que se la dijeran. Entonces declararon que no tenían esperanzas. Fray Diego se lo comunicó al rey el 1 de agosto. Felipe dijo : “Gracias sean dadas a Dios”. Parecía en verdad satisfecho y animoso. Ordenó a fray Diego que le examinara muy severamente su vida entera desde su infancia, e hizo una confesión general que duró tres días enteros.



Tenía cuatro llagas fistulizadas en el dedo índice de la mano derecha, otras tres en el tercer dedo y otra en el dedo grueso del pie derecho. Sobre todo esta última le abrasaba de dolor continuamente y no se aliviaba con ningún remedio. Tenía además en la rodilla un absceso producido por la gota, tan doloroso que el menor movimiento le causaba sufrimientos de agonía. Todo ello le obligaba a estar echado sobre la espalda, inmóvil y como clavado en la cama, en cuya postura estuvo cincuentra y tres días. Las heridas se infectaron, y despedían un olor pesrtilente. Su confesor no acertaba a compararlas más que con las úlceras que Moisés hizo caer en Egipto sobre los trasgresores de la Ley de Dios, o con las que quemaron los huesos y consumieron la carne del triste Job. Le dolían la cabeza y los ojos, y no podía dormir.



(Ahora continua el relato, fuente de W. Thomas Walsh,  Fray José de Sigüenza,1544-1606, monje jerónimo del Real Monasterio, que a la muerte del rey tenía pues 54 años, y como él mismo dice “fue testigo de vista” de lo que narra)  :



La más prolija e importuna dolencia que le afligió fue la gota. Duróle más de catorce años, y los siete postreros causó este mal dolores agudísimos porque aquella división que va haciendo el humor corrompido en las articulaciones y coyunturas de manos y pies, partes sensibles por extremo, por ser de poca carne, todo nervios y huesos, que como se desencasan, atormentan despiadadamente, como lo muestran los gritos de los que lo padecen, aunque no los conociéramos en nuestro Rey, pues no fueron poderosos estos dolores continuos y de tantos años para descomponer el grande sufrimiento y modestia de este siervo de Dios. Testigos fuimos de tan singular paciencia los que asistimos continuamente en su servicio.  Para que a la postre se fuese purificando más claro, en los dos años y medio antes de su fin avivó Dios las brasas de su crisol ; quiso que se emprendiese en sus huesos una fiebre habitual que le afligía continuamente, consumiendole las carnes, hasta que no le dejó sino el pellejo y los huesos, y tan sin fuerzas, que de allí adelante le fue forzoso andar en una silla y verse como a enterrar cada día. Juntóse con esta fiebre una muy mala compañera, un principio de hidropesía, hinchándosele el vientre, muslos y piernas, que bastara por sí solo este rabioso accidente a descomponer al hombre más asentado del mundo, por la implacable sed que causa en las entrañas ; pasión que aflige más que todas cuantas nos acometen ; y lo peor es que con ninguna cosa cobra más fuerza como con lo que más se apetece, que es el agua, y así el tormento que padecía de sed y sequedad un Rey tan delicado, criado en tanto regalo y concierto de vida y durarle tanto tiempo, bastara a derribar la paciencia más encarecida de cuantas leemos en hombres…..  Y así pasó estos dos años y medio con grandísimo martirio, levantando los ojos de su esperanza a su Dios y Señor, implorando el auxilio y el favor de sus santos. Sujetábase a las reglas y preceptos de la medicina con tanta puntualidad que no parecía Rey cuya voluntad y apetitos no tiene superior . Es forzoso decir que todos estos males fueron regalos enviados por Dios, o digámoslo así, piedras preciosas para adorno de la corona de otro Reino mayor.

Últimamente, cargaron, como dije, las calenturas dobles, que en dejando la una, comenzaba la otra. Martillos redoblados sobre el yunque de tan magnífico corazón como el de Felipe, que, como conocía bien el brazo divino que los meneaba, humilde y callado recibía los golpes. Comenzó a acometerle una espantable escuadra de miserias, que ninguna, ni todas juntas pudieron mellarle la paciencia, ni fueron parte que saliese de su boca palabra que supiese a impaciencia. En lo que pienso que hizo alguna ventaja al pacientísimo Job, pues si lo miramos a lo menos en la corteza, le oímos se queja gravemente, arguye a ratos con Dios y aun tiene tedio de sí mismo y de su vida. Diré a lo menos que el santo Job fue ejemplo de la paciencia natural antigua y no más de sombra o figura de la que habían de tener los que se llamasen cristianos.  Después de haberle fatigado las fiebres siete días contínuos, asado y consumido del fuego maligno que le tenía ya en los huesos, arrojó en el muslo, un poco encima de la rodilla derecha, una apotegma de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy grandes ;  aunque los médicos procuraron resolverla con los mejores remedios que supieron, ninguno fue bastante, pues a mi juicio, (dice Sigüenza), no venían estas llagas por la sola fuerza del mal corrompido, sino enviados de aquella mano que usa de todo lo criado como instrumento de su voluntad.

Sentíalo así el buen Felipe, y levantando los ojos, decía con la boca y con el corazón aquellas ternísimas palabras que dijo su Rey y Señor en el Huerto : “Pater, non mea, sed tu voluntas fiat”, que, por haberlas repetido tan innumerables veces, creo le eran singular alivio de todas sus miserias.  Fue forzoso abrir con el hierro esta apostema, y todos temieron no se quedase muerto en el tormento. Abríosela al fin el cirujano de Su Majestad el día de la Transfiguración del Señor con la mayor sutileza que fue posible ; sacóle gran cantidad de materia, porque el muslo estaba hecho una bolsa de podre que llegaba poco menos que hasta el hueso. Por ser tanta, se abrieron otras dos bocas por donde expelía tanta cantidad que parecía milagro no morir resuelto en ella en un sujeto tan consumido.  No se oyó de la boca de este Príncipe ni grito ni palabra desentonada, ni se vieron otros extremos de los que se permite cualquier hombre.  Antes que se le abriesen se había confesado y aparejado para morir, y le mandó a su confesor, fray Diego de Yepes, que en el entretanto estaba en el tormento le leyese la Pasión de San Mateo. Cuando llegó a la Oración del Huerto, le mandó que reparase, para con más viva atención poner su espíritu en Dios y resignarse todo en sus manos, y para sentir de veras en sus entrañas la aflicción del inocentísimo Cordero ; medio eficacísimo para tener en poco la suya y olvidarse de sí mismo, y pasar aquel tormento como si no fuera suyo; después de abierta la apostema, mandó a todos hiciesen gracias a Nuestro Señor.  Con esto quedó muy consolado. No pasó de una vez este tormento, porque cada vez que le curaban era necesario extraerle la materia ; salían, entre mañana y tarde, dos escudillas de podre, ocasión de gravísimos dolores.

De estas curas le sobrevino a nuestro Rey otro trabajo grande, que aún para pensarlo es penoso. Como estaba tan lastimado con esta herida y abertura, quedó tan dolorido y sensible, que no era posible menearse ni revolverse en la cama. Era forzoso estar de espalda de noche y de día, sin mudarse de un lado ni de otro. Así se convirtió aquella cama real poco menos que en muladar podrido, y digo poco, porque no era sino harto peor, de donde salían continuos olores malísimos que atormentaban a nuestro nuevo Job. En cincuenta y tres días que duró esta enfermedad, ni se le pudo mudar la ropa que tenía debajo, ni menearle ni levantarle un poco para limpiarle los excrementos de la necesidad natural, y mucha parte de la materia que le salía de las apostemas y llagas tenían al sufridísimo Rey en una sentina hedionda sepultado en vida. Y quien considerase el aseo y limpieza que tuvo siempre en todas las cosas, que una raya en la pared, ni una mancha en el suelo, ni polvo, ni telaraña no sufría, y le viere ahora en tan asqueroso estado, sin quejarse ni mostrar impaciencia, ni decir malas palabras, podrá decir que es negocio de más que humano sentimiento y sufrimiento. El más prolijo martirio que pudo padecer persona de semejante calidad, ni me acuerdo de haberlo leído. Siempre me ha parecido que fue esta una de las más rigurosas pruebas de su paciencia, extraordinario ejemplo que nos dejó de su sufrimiento este señor.  Otras muchas veces, cuando le curaban, vencido de los agudos dolores, mandaba que parasen, y las más rompía en alabanzas divinas, ofreciendo a Dios su trabajo, y muchas, aunque callando con la boca, los ojos y el semblante mostraban el sacrificio que dentro de su corazón hacía de sí mismo al Señor. De estar echado de esta manera, se le vinieron a hacer llagas en las espaldas y en los asientos, porque ni aun esas partes careciesen de su pena.

Podremos ya de aquí en adelante tener cartilla y arte para enseñar a bien morir con solo leer lo que este santo Rey hizo y dijo en su enfermedad y en su muerte, y podrán aprender todos en tan buen maestro lo que apenas nos han enseñado muchos religiosos santos. A primeros de agosto su confesor le dijo el peligro en que estaba. Se lo agradeció mucho, como quien le había dado una nueva alegre. Determinó luego hacer una confesión general, pidiéndole a su confesor le ayudase en esto con mucho cuidado, resignándose luego en sus manos y sujetándose con entera voluntad y determinación firmísima de hacer, para satisfacción de sus culpas, todo lo que le dijese. No se contentó con decirle eso de boca ; diólo por escrito a D. Cristobal de Mora, y le mandó que en su presencia se lo leyese al confesor. Dijo así :  “Padre, vos estáis en lugar de Dios, y protesto delante de su acatamiento que haré lo que dijéreis que he menester para mi salvación, y así por vos estará lo que yo no hiciere, porque estoy aparejado para hacerlo todo”.  Y esto contenía el escrito.  Certifican algunos caballeros de su cámara, dignos de toda fe, que Su Majestad pidió a Nuestro Señor encarecidamnete le hiciese merced que a la hora de su muerte cesasen sus dolores, para que con más entero juicio y sin que el alma tuviese necesidad de acudir a las cosas del cuerpo ni sus males la embarazasen, pudiese contemplar sus divinas misericordias, y abrazarse con él y tratar su salvación. Últimamente el Prior de San Lorenzo le leyó la recomendación del alma que está en el Manual romano, devota y de tantas consideraciones lleno ; advirtióla bien y dio señas de alegría con ella. Las últimas palabras que pronunció y con que partió de este mundo fue decir, como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa Iglesia Romana ; y besando mil veces el crucifijo, se fue acabando poco a poco y salió aquella santa alma y se fue, según lo dicen tantas pruebas, a gozar del Reino soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe II, hijo del Emperador Carlos V, en la misma casa y templo que había edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, cuando el alba rompía por el Oriente, trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz, a 13 de septiembre, en las octavas de la Natividad de Nuestra Señora, Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año 1598.  En el mismo día que catorce años antes había puesto la postrera piedra de toda la fábrica de esta casa.  Comenzó a edificar este Monasterio el 23 de abril de 1563. Gozóle, después de haber puesto la postrera piedra el año 1584, catorce años justos, que es otra particular merced del cielo.  Lo primero que se hizo por los caballeros de su cámara fue irlo a decir a su hijo, Felipe, III de este nombre.


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